En el cine existe una regla no escrita: las segundas partes casi nunca superan a la original. Hay excepciones, por supuesto.
Algunas secuelas consiguen incluso mejorar la historia, corregir errores y llevar a sus protagonistas a un escenario más interesante.
Otras simplemente repiten la fórmula esperando que el público vuelva a comprar el boleto.
La política tiene también sus segundas partes.
Mónica Villarreal Anaya, en Tampico, y Erasmo González Robledo, en Ciudad Madero, ya dieron el primer paso para intentar protagonizar la siguiente entrega de sus respectivas administraciones.
Se han registrado como aspirantes a Coordinadores Municipales de los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional.
Traducido al lenguaje menos burocrático: van por la reelección.
Ambos alcaldes tienen algo que mostrar.
Sus administraciones han tenido aciertos, obras, decisiones y resultados que merecen ser puestos sobre la mesa, pero también tendrán que cargar con aquello que no haya funcionado.
Reconocer lo primero no obliga a ignorar lo segundo. Al final, gobernar no consiste en ganar una elección, sino en entregar cuentas.
Y aquí aparece el verdadero protagonista de esta historia: el ciudadano.
Morena tendrá sus procedimientos, sus encuestas, sus acuerdos y sus equilibrios internos.
Los grupos políticos harán sus cálculos y cada aspirante jugará sus cartas. Pero ninguna dirigencia partidista puede sustituir el juicio de los tampiqueños y maderenses.
Serán ellos quienes decidan si la primera parte merece una segunda temporada.
Porque también existe otra vieja costumbre de la política mexicana.
Cuando un gobernante ya no puede continuar en el cargo, suele aparecer la tentación de dejar a alguien que garantice la continuidad del grupo, del proyecto o simplemente de los intereses construidos durante el ejercicio del poder.
La práctica no nació con Morena.
Viene de mucho antes y ha sobrevivido al cambio de colores partidistas, incluso con personajes que ayer militaban en otras siglas y hoy forman parte de la llamada transformación.
Por eso, más allá de las decisiones de las cúpulas, las alianzas, los reacomodos y las contras que inevitablemente aparecerán, la última palabra tendrá que permanecer donde corresponde: en las urnas.