Yo tengo paro

Tamaulipas /

En un día común y corriente, de pronto en una avenida cualquiera del sur de Tamaulipas se registra un percance vial.

Nada extraordinario.

Dos vehículos detenidos. Claxonazos. Tráfico atorado. Gente mirando desde la banqueta. Un motociclista atravesando entre los carros para alcanzar a ver qué pasó.

El calor pegando desde el pavimento.

Entonces comienza el ritual mexicano del accidente menor:

El “fue tu culpa”, el “yo traía preferencia”, el “háblale al seguro”.

Hasta ahí todo normal.

Pero desde hace años, en muchas regiones del país, la discusión ya no termina solamente en daños materiales.

Hay un momento exacto donde el ambiente cambia. Se siente. Se endurece.

Alguien baja la voz.

Alguien se acerca demasiado.

Y aparece la frase.

“Yo tengo paro”.

Y en ese instante el choque deja de ser choque. Se convierte en otra cosa. En una disputa desigual donde ya no importa quién tiene razón, sino quién logra provocar más miedo.

Lo más inquietante es que muchas veces no hay absolutamente nada detrás de la amenaza. Ni conexiones reales. Ni grupos criminales esperando instrucciones por teléfono. Ni camionetas negras acercándose a la escena.

A veces basta insinuarlo.

Porque en estados golpeados durante años por la violencia, el crimen organizado dejó algo más profundo que las balaceras o las noticias rojas: dejó una cultura del miedo cotidiano.

El famoso “tener paro” terminó convirtiéndose en una especie de moneda social. Hay quien presume amistades, fotografías, conocidos o vínculos lejanos como antes otros presumían influencias políticas o apellidos importantes.

Y eso revela algo mucho más grave que un simple pleito callejero.

Revela el vacío.

El deterioro de instituciones que durante demasiado tiempo dejaron de transmitir certeza, autoridad o confianza.

Cuando la gente percibe que la ley no alcanza, que las autoridades están rebasadas o infiltradas, el poder comienza a mudarse de lugar.

Entonces aparecen ciudadanos que creen que pueden resolver cualquier conflicto mediante intimidación. Algunos porque realmente tienen conexiones. Otros porque descubrieron que el simple rumor ya funciona.

Y quizá ahí está una de las heridas más silenciosas de la violencia en Tamaulipas. No solamente los expedientes, los desaparecidos o las estadísticas. También la normalización de la amenaza como lenguaje cotidiano.


  • Víctor Hugo Martínez

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