La ofensiva militar encabezada por Trump contra el gobierno de Venezuela marca un parteaguas histórico en la relación entre Estados Unidos y América Latina. Un punto de inflexión que nos retorna de manera vertiginosa al imperialismo clásico del siglo pasado, donde los golpes militares orquestados desde Washington eran comunes en la región.
Hay un aspecto, sin embargo, que diferencia notablemente al neoimperialismo trumpista de aquel del siglo pasado: su excusa.
A diferencia del imperialismo clásico que EU solía justificar como una lucha ideológica contra el comunismo, el actual se enmarca –al menos retóricamente– como una lucha contra el narcotráfico. En particular, contra el Cártel de los Soles de Venezuela y su supuesto líder, Nicolás Maduro.
La diferencia importa para México, quizá más que para cualquier otro país, pues nuestra ubicación geográfica –frontera con el mayor consumidor de sustancias ilegales del mundo– nos ha llevado a padecer de presencia criminal por siglos.
Por obvias razones, si en algún lugar aplica la excusa del nuevo imperialismo, es en México.
Esto ha llevado a no pocos a concluir que México podría sufrir una suerte similar a la de Venezuela. A algunos, como el PAN y el PRI, a justificarlo. Y a otros, como las voces radicales dentro de Morena, a sugerir que México debe alistarse para la defensiva.
Ambos extremos son errados. La realidad es que México dista mucho de ser Venezuela. Y es crítico comprender por qué.
La razón está más allá de las excusas y en lo que es, esencialmente, la motivación real del imperialismo estadounidense en todas sus versiones: la búsqueda de utilidad económica.
Estados Unidos controla, avanza e invade, no porque tenga una intención romántica por democratizar Venezuela (tema que lo tiene sin cuidado), ni porque quiera controlar la migración (la cual ya ha controlado con reducciones del 80%), sino porque desea recursos, mercado y utilidad. Las acciones militares de Trump en Venezuela están transparentemente motivadas por las utilidades que generará la extracción de petróleo.
Irónicamente, el que Estados Unidos esté motivado por la utilidad económica deja a México en una posición de fortaleza, pues una buena parte de la estabilidad de la economía estadounidense está irremediablemente atada a México, su principal socio comercial, y ahora, su principal aliado en la substitución manufacturera de China.
Un golpe a México sería un golpe directo a la línea de flotación de la economía estadounidense y a su estrategia de reindustrialización, que depende, en gran medida, de que México produzca bienes de bajo valor para alimentar la manufactura de Estados Unidos de insumos.
No hay incentivo alguno para convertir a México en Venezuela, ni para desestabilizar a Sheinbaum, mientras ésta sea capaz de mantener un gobierno popular y estable que colabore con Estados Unidos en aspectos clave.
El reto para Sheinbaum es mantener una colaboración estratégicamente diseñada para aumentar la dependencia que Estados Unidos tiene de México, al tiempo en que reduce la que nosotros tenemos de EU. En próximas colaboraciones bosquejaré los ingredientes que considero debe tener este tipo de colaboración.
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