Veo con preocupación que un número no insignificante de personas han decidido refugiarse en el negacionismo como convicción política. Esto es, en negar la validez, autenticidad o legitimidad de cualquier dato que indique un avance para México durante los sexenios de Morena.
El negacionismo no solo consume a actores partidistas. Incrementalmente carcome también a voces y mentes otrora lúcidas del análisis, la academia e incluso la sociedad civil.
A diferencia de la crítica pertinente y la sana sospecha hacia las acciones del gobierno, el negacionismo se distingue porque no se fundamenta en evidencia, datos o información, sino en una premisa sencilla: asumir que cualquier cosa que hace el gobierno debe ser perversa, estúpida o ambas.
Los ejemplos del negacionismo abundan.
Son las personas que creen que los homicidios no han disminuido porque los desaparecidos deben ser contabilizados como muertes. Todo sin aceptar que, incluso, si se contabilizaran así (algo estadísticamente equivocado), la tasa de homicidios habría bajado. Y lo mismo si se sumaran los “otros delitos contra la vida” y los homicidios culposos.
Los negacionistas también están convencidos de que la pobreza no disminuyó de 2018 a 2024. Y lo están a pesar de que múltiples datos y ejercicios estadísticos independientes muestran aumentos en los ingresos de los hogares más pobres. Hay quien pone en duda la medición solo porque “la hace el INEGI”, aun si el INEGI es una de las oficinas censales más reconocidas del mundo.
Quizá la vertiente más oscura del negacionismo es la que no solo niega la realidad, sino que la sustituye por una fantasía. Tal es el caso del debate sobre la sobrerrepresentación. Lo cierto es que la fórmula de repartición de curules por partido está estipulada en la Constitución y no ha cambiado en años. Los negacionistas, sin embargo, se han convencido de la fantasía de que la regla debió haber cambiado en 2024 por la simple razón de que no les gustó el resultado.
El negacionismo reinterpreta la realidad a conveniencia. Por ejemplo, recientemente, muchos analistas económicos han acusado al Banco de México de pérdida de autonomía por el simple hecho de que disienten sobre la disminución de tasas. Todo a pesar de que hay muchas e importantes razones para disminuirla (incluyendo razones preventivas).
El problema con el negacionismo es que superficialmente parece ser una forma efectiva de criticar al gobierno, pero termina siendo lo opuesto.
El negacionismo es una postura inherentemente desfavorable para quien la detenta pues le impide realizar las únicas dos actividades que culminan en victorias políticas en democracias: comprender a la mayoría de la población y construir una plataforma atractiva para ellos.