Será que me identifiqué más con el tufo de axila de macho sin desodorante que pulula en el South Market o SoMa, el distrito de bodegas industriales y talleres mecánicos de San Francisco, donde se encuentran los bares gays de temática leather cuya rudeza aumenta conforme los letreros se desvanecen y las entradas se vuelven más estrechas y misteriosas, como la puerta del Powerhouse, un diminuto arco cubierto por una cortina de tiras azul cielo y negras que dan la bienvenida a uno de los clubes gays leathers más férreos e intensos de la calle Folsom; suelen programar cosas que van de Masters at work hasta KMFDM e incluso Atari Teenage Riot y junto a la cabina del dj hay un par de esas butacas para bolear zapatos donde los fetichistas pueden hincarse y lamer zapatos a sus anchas. El Powerhouse tiene un angosto patio trasero que funciona como área de fumar y cuarto oscuro al mismo tiempo. La primera vez que entré había un trío de batos montando un improvisado espectáculo de sexo oral mientras un par de chicas fumaban y bebían cerveza. Le pregunté a un desconocido por qué había mujeres en lo que debía ser el cuarto oscuro, a lo que respondió: ¿y por qué no? Quedé como un pinche gay ranchero rebasado por el pensamiento de avanzada del primer mundo. Más tarde me di cuenta que había sido víctima de uno de esos gays que les gusta pavonear su solidaridad con las mujeres desde una soberbia que les ofrece la ilusión de sentirse más progresista que el resto de los mortales, porque conforme caía en los sex clubs para homosexuales de modalidad gruesa, descubrí que las chicas simplemente no podían ingresar.
Los cuartos oscuros, saunas o sex clubs son un logro de nuestra aceptación gay, sin culpas, que nos permite ejercer placer sin estar sometidos a un escarnio y su funcionamiento es honesto y directo, haces lo que quieres con quien quieras, sin presiones o acosos.
Se ha hablado mucho y acaloradamente de acoso en los últimos días, de hombres a mujeres y un poco a la inversa. He leído diversas opiniones, quienes creen que los piropos son parte del ligue y aquellos que lo consideran acoso. Me han preguntado al respecto. La verdad es que solo tengo la sensatez para encoger los hombros. Es un debate muy buga para mí. No tengo nada que decir al respecto: las chicas no me atraen físicamente y no soy una chica, no puedo siquiera imaginar lo que debe ser que te griten piropos por la calle sin haberlos pedido porque cuando algún cabrón, homofóbico y desconocido me grita puto y me siento ofendido, me regreso a deformarle las encías a puño cerrado y sigo con lo mío. Puede que eche mano de un privilegio, pero tirarme al piso y andar lloriqueando como protesta contra el machismo y la homofobia no es lo mío, me da pereza y prefiero guardar mis lágrimas para cualquier capítulo de Mad Men o para cuando al fin logré ver a Los Lobos en vivo.
Lo que sí puedo opinar es sobre los gays que hablan sobre el acoso a las mujeres, quienes pretenden entrar a discusión, con un sonsonete de joto-sabelotodo explicando machismos o cómo las chicas deben comportarse, reaccionar o demandar.
Recientemente me comentó una gran amiga, María Rodríguez, profesora de la UNAM: “A veces, una jota es un hombre que más frecuentemente agrede a las mujeres. Desde que caricaturiza actitudes ‘femeninas’ lo que sea que sea eso. Yo veo más misoginia atroz en jotas que en varones homos y trans”.
¿Será que la jotería encierra una misoginia de clóset? Algunos gays ya han protestado al respecto, descalificando a mi amiga, diciendo que exagera, similar a los machos que dicen que exageran cuando una chica demanda a un cabrón por decirle guapa, como si su opinión no contara. Sin llegar a una conclusión, la reflexión de María me parece oportuna.
Si bien he leído textos interesantes de algunos homosexuales contra el acoso femenino, también noto lo que a mi parecer es una solidaridad invasiva, similar al piropo no pedido, tratando de hacer una forzada analogía entre misoginia y homofobia; curiosamente muchos de esos gays prefieren acomodarse en la vulnerabilidad de las chicas, que defenderlas del acosador usando su privilegio masculino que para bien o mal, lo cargan en la testosterona.
Soy un ranchero al que su abuelo le enseñó a mantener cierta distancia. A veces pienso que no opinar en estos casos, no tanto, y dejar a las mujeres y solo a ellas discutir sobre lo que les molesta y halaga, es una contribución de los gays contra el acoso.
Twitter: @wencesbgay
stereowences@hotmail.com