Carta a Mike Ness

Monterrey /
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Querido Mike:

El lunes 28 de septiembre fue mi cumpleaños.

Un día más o menos difícil. Llegar a los 49 no es fácil de soportar. Paliaba la ansiedad al recordar el regalo de cumpleaños que mi gran pareja me había adelantado meses atrás: dos boletos de admisión general para Social Distortion en el Masonic Center de San Francisco.

Social Distortion, verte y oírte, y verte distorsionar la guitarra,sería el cumpleaños perfecto.

La tarde de ese mismo lunes, después de subir por una colina tan empinada que las caderas me recordaron mi bienvenida a la vejez (no hay otra forma de llegar al Masonic), una señorita con chaleco amarillo nos detuvo antes de cruzar la calle…

—¿Son de los que vienen al evento de esta noche?

—¿Qué evento? —pregunté, temiendo lo peor.

—El de Social Distortion.

—Sí… ¿Por qué?

Las piernas como gelatina y los intestinos asesinos fueron una premonición de lo peor, pero, como no soy supersticioso, respiré hondo. Mis tripas estaban en lo correcto: el concierto se había pospuesto. No voy a mentirte: me encabroné por unos segundos. De pronto, mi cumpleaños se venía abajo con la misma frustración que un Cialis pirata. Me acordé de una de tus canciones: “Nadie sabe exactamente la razón por la que, pero tú tienes mala suerte”. “Bad Luck” es una de mis canciones indispensables de la discografía de Social Distortion, de mi sobrevivencia, mi oración en el credo de mi desvergüenza. No obstante, cuando supe la razón de la inesperada cancelación, me arrepentí de inmediato de mis malos pensamientos: una infección en el pecho. Yo sé lo que es eso. Fui un mocoso debilucho que desarrollaba bronquitis hasta por beber una miserable Coca-Cola más o menos helada. Hoy sigo sin saber qué es una gripa normal.

Nos fuimos a hundir la decepción en alcohol, en el Top of the Mark, el bar ubicado en el último piso del hotel Mark Hopkins, uno de los edificios más altos de San Francisco. “Llegas a la cima y luego caes”, sigues cantando en “Bad Luck”. Por suerte, no esperamos mucho para que nos dieran dos banquillos en el diminuto bar con vistas a las antenas del mirador de Twin Peaks.

Ahí llegó también un cuarteto de tus fanáticos. Los reconocí de inmediato por el tipo de peinados, con copetes hechos a base de cera. Cincuentones como yo, canosos, con barbas de candado, barbones,de brazos peludos, irresistibles.

Si, soy puto.

Mi adorado esposo me pidió un Martini Gibson como premio de consolación. Me supo a gloria, pero seguía bajoneado. No era sólo el vacío de no poder verte. Pensar que en 360 días llegarás a la mitad de tu siglo resulta intimidante. ¿En qué momento pasó? Siento que fue ayer cuando te vi por primera vez en la MTV, en ese show llamado 120 Minutes, cuando anunciaron, precisamente, el video de “Bad Luck”. Saliste en blanco y negro con una camiseta de tirantes y pantalones de pinzas, y ese maldito copete, esas patillas, esos riffs de garra masculina, pero melódicos, que de alguna manera paliaban la angustia y el aburrimiento adolescente. Tuve exactamente la misma sensación que cuando descubrí a Black Flag con Henry Rollins, una mezcla de desobediencia y erección. Perdón que te lo diga, pero ver a Rollins y a ti fue algo así como una primera experiencia porno gay. Cosa de nacer en Torreón, supongo. No voy a perder el tiempo explicándote dónde está y cómo es Torreón. Sólo te diré que es una ciudad en medio del desierto, rodeada de fábricas y tolvaneras a la que apenas si llegaba el porno buga. Verte en ese video, en medio de partidas de billar, me provocó deliciosos sentimientos confusos. Escucharte hasta el punto de maltratar la cinta magnética me hizo darme cuenta que estaba condenado de por vida a una cruda atracción a los hombres. “Cursed female” de Porno for Pyros hizo el resto. Salí del clóset. Desde entonces, mi fanatismo por tu banda ha configurado la forma en que entiendo y vivo mi homosexualidad. Como ese video de “Bad Luck” con notas de rock and roll estiradas con vaselina y aceite de carburador y las nalgas de hombres alzadas alrededor de una mesa de billar. Creo que tal cosa hoy se entiende como una programación tóxica a la que debes renunciar o, por lo menos, de la cual sentirte culpable, de acuerdo con el posmodernismo actual, obsesionado con el purismo individual, que no es muy distinto del puritanismo. Encargué el casete “Somewhere Between Heaven and Hell” en la tienda de discos a unas cuadras de mi casa. Tardó dos meses en llegar, pero valió la pena la espera.

“Somewhere Between Heaven and Hell” es mi álbum favorito, pero sé muy bien que “White Light, White Heat, White Trash” es el más logrado; “Sex, Love and Rock ‘n’ Roll” me pone caliente como los videos de James Roscoe, el gay pornstar que creo se ha retirado de la industria y el homónimo de 1990 es el único que tengo en acetato.

Debes saber que mi nombre en Instagram es distorsiongay, en una suerte de tributo, agradecimiento y apropiación homoerótica. Sé que el nombre de Distorsión alude al ruido que sale del pedal de la guitarra y que, según leí en una entrevista, lo usabas para encubrir tus nociones primitivas con las cuerdas. Para mí, la Distorsión Social significaba todo un sistema de subversión social: distorsionar las convenciones y las expectativas que te imponen sin tu consentimiento, a cambio de sentirnos útiles. Los gays mordimos ese anzuelo con peligrosa ingenuidad en nuestro afán de huir del estigma del sida, que nos sigue pesando como un miembro fantasma.

Antes del concierto que pospusiste se me fueron las horas buscando videos de Social Distortion en YouTube. Parecían tiempos más sencillos, en los que el placer era más importante que confesar cualquier urgencia en redes sociales y luego volverte neurótico por las estadísticas de tu perfil. Podías disfrutar de perder el tiempo sin arrepentirte.Hoy seguimos perdiendo el tiempo mientras creemos que dominamos cualquier teoría posmoderna hecha de plástico hueco y reciclado tan solo por leer hilos del antes Twitter o escuchar conclusiones artificiales en TikTok.. La nostalgia me dio vértigo. Hoy sospechamos de todo, pero no como método de conocimiento, sino como una autoridad moral volátil para desmantelar cualquier satisfacción. Pareciera que el placer hoy es tan condenable como en los años más oscuros.

Siempre soñé con verte en vivo. Y el sueño por fin se cumplió hace un par de años. Te vi en el Masonic Center de Detroit. Me derretí con los hombres fanáticos de Social Distortion con su fijación por el rockabilly, las camisas industriales Dickies, los copetes, los jeans ajustados.

La última vez que te vi fue en San Francisco, en el Fillmore. Fue mi último moshpit. Por poco tuve una desviación de cadera.

Me encantó tu nuevo disco, aunque la portada es terrible. Pero ya sabes cómo somos los putos: nos clavamos en el diseño para mantener ese mito de que somos sensibles para el arte. Mi canción favorita es “Tonight”; no puedo escucharla sin llorar. Sé por lo que has pasado. Tengo a alguien muy cercano que está dando la misma batalla contra el cáncer. Como tú, han nacido para pelear, matar y matarse en una celebración de vida.

Espero poder verte pronto.

Cuídate, te necesitamos. Gracias por la distorsión social.

Wences


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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