“¿Quién es el hombre de las fotos?”, preguntó el familiar lejano. Apenas tengo recuerdos de él, de cuando nos visitaba en Torreón desde no sé dónde.
Mi esposo, respondí por el cajón de mensajes directos.
Casados, con casa y carro. ¡Felicidades! Ya sólo les faltan los hijos para que sean felices.
Su comentario me provocó arcadas por lo tedioso de su intención, como esas personas que no aprietan la mano al saludar o las que brindan y dicen: “Salud” con un vaso de refresco. ¿Qué clase de insulto es ese? Es igual o peor que las cervezas sin alcohol. ¿Quién le dijo a este mequetrefe que no somos felices? Que estamos incompletos ante la ausencia de paternidad.
Fui cortante en la respuesta; le recordé que Cioran decía que no hay nada más inmoral que ser padre. Comparaba la paternidad casi con un crimen. Mientras comprábamos los anillos para la boda, Jim y yo acordamos que en la despensa no podían faltar porno, una botella de poppers y un buen lubricante a base de silicón, porque odiamos los de base agua, son muy bugas. ¿Qué son los poppers? Volvió a preguntar. Sentí pena por él.
Recuerdo que en los años en que el fantasma del matrimonio igualitario empezó a husmear en la mente del activismo gay mexicano, fui invitado a un programa de radio por un artículo que publiqué en el suplemento de MILENIO Semanal sobre mi negativo punto de vista. Por supuesto que entendía la necesidad de la igualdad legislativa. Mi rechazo tenía que ver con cómo el acceso al matrimonio podría volverse en nuestra contra. Una de las invitadas era una especie de socióloga-sexóloga amiga de los gays, progresista, muy de mente abierta según se describía ella misma. La amiga de los gays dijo algo como que estudios científicos demostraban que el acceso al matrimonio contribuía a la disminución de los índices de desmadre y promiscuidad del colectivo gay.
Por observaciones como esas es que el matrimonio me causa conflicto, rebatí. Todavía ni aprobaban las sociedades de convivencia y ya nos echaban en cara la promiscuidad. Usándola como moneda moral.
El matrimonio igualitario fue un éxito. Por fin se podían solicitar créditos hipotecarios, redactar herencias. Algunos partidos políticos negociaron el voto gay con la misma ambición con que las aerolíneas explotaban la fotografía de dos hombres en la playa.
No fue suficiente. La lucha se extendió al derecho a la adopción. Y la posibilidad de la gestación subrogada permitió que dos hombres pudieran formar su propia descendencia. Hace unas semanas mi padre, que se transformó en un conservador de mierda en cuestión de semanas, sugirió que nos apuráramos a tener hijos para que la sangre Bruciaga siguiera persistiendo. Hoy, los gays pueden formar una familia tradicional como cualquier buga. Como aquella canción de Bad Religion, “The hopeless housewife” sobre la espeluznante monotonía conyugal.
Y 25 años después de aquel programa de radio, me casé. Tuve la suerte de conocer al gran Jim. Para nosotros, el matrimonio es una aventura de subversión, adrenalina, compromiso y complicidad que tratamos de definir en nuestros propios términos. No es fácil. Después de todo se trata de dos hombres surfeando una institución donde absolutamente todas las coordenadas de su práctica son trazadas desde las perspectivas bugas. Esto incluye su sistema de tiranía de roles, la fútil obsesión por las apariencias, el consumismo y los meses sin intereses para evadir los miedos, y su indispensable doble moral para balancear hipocresías y represiones.
Hace poco, en un toquín punk, ya con el cuarto tequila, Jim y yo llegamos a la conclusión de que el matrimonio gay es como un delicioso moshpit. Tenemos una regla principal: pasarla de poca madre el mayor tiempo posible.
Días después de ese toquín me tropecé con los videos de un creador de contenido todo musculoso que da consejos para ser un marido gay. Uno de ellos es renunciar a la promiscuidad. Trata de convencer a sus seguidores del poder del amor y la monogamia mientras seduce a su audiencia con las mangas a punto de reventar por lo inflados que están sus bíceps.
Ahora que la derecha y la extrema derecha están ganando elecciones, ascendiendo a cámaras y presidencias, me pregunto si la institucionalización de nuestra sodomía, algo que le habría puesto los pelos de punta a Foucault, que de por sí estaba pelón, tuvo algo que ver. Pareciera que la autocensura, la simulación de ser un buen homosexual en todos los espectros, alienado, bien peinado, contenido, no tóxico, desconstruido, es la única posibilidad de integración.
Al final de aquella conversación con mi pariente lejano, me dijo, molesto, que por eso en la familia me tachaban de inestable. Ojalá sientes cabeza y tengas hijos, remató.