Cada día hay más gente que dice lo que cree, pero van siendo menos quienes creen lo que dicen (y son aún más escasos quienes se lo preguntan). Nada es más fácil hoy, ni más barato, que sumarse a unas cuantas ideas estridentes, cargarse de certezas mojigatas y descalificar a los demás a partir de una mínima discrepancia. Es tiempo de trincheras, y tal como sucede en las trincheras nadie sabe muy bien a qué le tira, ni por qué o para qué, y menos qué demonios hay del otro lado.
Jamás he conocido a algún mortal con quien esté de acuerdo en todos los asuntos, pero si abro la boca para decir lo que realmente pienso no faltará quien me eche en plena cara la pertenencia a un cierto grupo de creyentes. Si en otros tiempos gritaban “¿Quién vive?”, hoy menudean los inquisidores freelance que hurgan constantemente entre tus muecas, palabra y silencios para ver si adivinan de qué lado peleas, especialmente si no estás peleando. Puede que incluso sean amigos o familia, que de todas maneras experimentan la necesidad de checar el color de tu uniforme. ¿Neutralidad? ¿Qué es eso? ¿No será que te entiendes con los otros?
En estos tiempos de unanimidades, el desacuerdo tiene un precio tan alto que de pronto elegimos el silencio. O todavía peor, la complacencia. Cuentan los policías del lenguaje con el asentimiento callado del miedoso, la aprobación instantánea del cínico y la atenta aquiescencia del hipócrita. La mera idea de ponerse en el sitio de quien no cree lo mismo que ellos dicen pensar les parece motivo de vergüenza cósmica. Más que sólo expresar sus pareceres, pretenden reclutar a quien los oye por la vía inmediata del chantaje. Y a menudo lo logran, entre los fariseos y los pusilánimes: una legión que crece día a día.
Ahora mismo que pergeño estas líneas, he de hacerlo con cuidado quirúrgico para eludir la mira de tantos comisarios. ¿Y no lo hacemos todos a la hora de arriesgar una opinión, si es que esta no se ciñe a las expectativas generales? Imposible saber la cuota que pagamos por estas restricciones, a menudo inconscientes o fruto del instinto defensivo, así como la merma de la conversación en términos de mera inteligencia. Es como si hablara uno frente a un cónclave sordo de curas regañones que hallarán herejía hasta en los estornudos. Más que de autocensura, lo de hoy es una forma de autocastración.
Se le teme, obviamente, a la espontaneidad, tanto así que no falta quien la finja, más su habla profiláctica delata la presencia de un condón en la lengua, destinado a frustrar lo que en tiempos pasados solía ser parloteo campechano y, ay, fecundo. Contadas son aquellas amistades con las se atreve uno a descoserse sin la necesidad de curarse en salud. Fuera de ahí, campea una sinuosa superficialidad: nadie quiere rascar en las certezas de los fiscales de la moral ajena, so pena de poner en evidencia su escasez de argumentos y su aversión rabiosa al raciocinio.
Algunos recurrimos al sarcasmo, más por salud mental que por joder, y ello les enfurece sin medida, pues no hay para los beatos exaltados —de suyo reprimidos y oficialmente humildes— demonio más conspicuo que el ingenio. Creen, los muy candorosos, que ser serio es por fuerza ser solemne, de ahí que en sus palabras menudeen el protocolo y la simulación. ¿Quién es ese taimado pudibundo que apenas anteayer creías tu compinche? ¿Adónde van las amistades francas que de un día para otro se hacen ceremoniosas?
Por reciprocidad elemental, desconfío de la gente que me habla con cautela y gazmoñería. Son, a mi parecer, unos farsantes, y me niego a seguir ese libreto, pues si algo creo al respecto es que la corrupción de la palabra prefigura la pudrición del alma.