“¡No juzgues a tus padres!”, nos instruían de niños, como dando entender que detrás de esa mera posibilidad se ocultaba un pecado inenarrable. No parecía importar el hecho de que quienes así nos educaban eran precisamente nuestros padres. Podían haber dicho “no nos juzgues”, pero lo hacían en tercera persona para dar a entender que aquel era un precepto inmemorial, a saber si sagrado. Y uno decía que no, que nunca haría algo así, pues en su ingenuidad se pensaba capaz de evitar semejante canallada (aunque algo le dijera, en su oscuro interior, que había allí un curioso conflicto de interés).
Lo cierto es que uno juzga todo el tiempo, con o sin voluntad de sentenciar, pues las más de las veces lo hace visceralmente, a espaldas de buen juicio y sensatez. Me recuerdo, en mitad de algún regaño, insultando en silencio a mis progenitores y temiendo que aquello me valiera por un boleto de ida hacia el infierno. “He tenido malos pensamientos”, reconocía luego en el confesionario, esperando que el cura jamás imaginara cuántas monstruosidades cabían en mi ingrata cabecita. Después supe, por boca de otros niños, que mentarles la madre a tus papás mientras te gritoneaban era cosa común a nuestra edad, de la que por ventura nunca iban a enterarse.
La adolescencia agrava la cuestión. Cuando menos pensamos, somos la pesadilla de nuestros ascendientes. De pronto los juzgamos con brío inquisidor, hay inclusive quienes les reclaman por la infamia de haberlos traído al mundo. Sedientos de justicia, ciegos de indignación, no advertimos que buena parte de nuestras objeciones resultan comparables a las suyas, de las que por supuesto se derivan. Nos han dado sus armas y las empleamos para defendernos, raro sería que nuestra rebelión no estuviese por tanto condenada al fracaso. ¿Qué puede hacer la astilla, finalmente, para negar al palo?
Heredamos las filias y las fobias, las manías y las singularidades, los fanatismos y los exabruptos. Crecemos viendo como cosa normal actitudes que en hogares distintos serían materia de extrañeza o escándalo, y las reproducimos en la íntima certeza de que hacemos estrictamente lo correcto. Somos, en buena parte, lo que nos enseñaron que debíamos ser, por mucho que intentemos ir en contra de aquella educación. Aun si nos rebelamos, lo común es acabar reproduciendo ciertos viejos patrones que en su momento nos dieron carácter. En La vida exagerada de Martín Romaña, Alfredo Bryce Echenique nos describe a la novia del protagonista como una chica que pasó “del catolicismo más militante al marxismo más pío”.
Tal vez lo más difícil de juzgar a los padres está en que al intentarlo se juzga uno a sí mismo. Sean almas de Dios o engendros despreciables, no hay objetividad que te permita trazar una línea entre ellos y tú. Y lo mismo sucede con caudillos, santones o gurús que ya te cuentan entre sus discípulos: antes los justificas y defiendes que atreverte a mirarles los calzones. Puedes oír las peores cosas de ellos, ver delante de ti las evidencias y ninguna parece suficiente, no porque no lo sea sino acaso porque reconocerlo sería dar un paso hacia la desnudez y la orfandad.
“Vas escogiendo del pasado aquellas cosas que te apuntalan, que te afirman, que te enrocan, que te protegen de algunas sombras”, sentencia una canción de Víctor Manuel que a su manera alude al miedo defensivo del adulto a ir más allá de ciertos atavismos, sin los cuales se teme que “le faltaría el alfabeto”. Ello explica que el hijo o el apóstol del terrorista, habituado al cultivo cotidiano del odio, esté seguro de hacer lo correcto cuando planta una bomba en un colegio. Más conflicto nos causa hacer el bien contra ciertos principios heredados que hacer un mal mayor a partir de ellos. Cada uno a su manera es inocente de los mismos agravios que es culpable. Bien lo decía Kundera: vivimos una vez y no es bastante.