La incomprensión lectora

Ciudad de México /
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M+.- Mi negocio consiste en engañar. Lo saben quienes pagan por mis servicios, por eso esperan que me esmere en mentirles. Es decir, que lo haga con profundo respeto por su inteligencia. Triste papel hacen los novelistas que subestiman a su público lector. ¿Quién, que no sea un pelmazo y un caradura, escribe para brutos y mentecatos, prestos a dar por buenos unos embustes rengos, zafios o primitivos que cualquiera descubre sin parpadear siquiera?

No puedo adivinar cómo serán mis próximos lectores. Asumo, por lo pronto, que son muy diferentes entre sí, y que por más que puje será difícil sorprender a todos. Pero ese es mi trabajo. Necesito atrapar a quien me lee, y para ello es preciso —lo saben los chismosos y los ilusionistas— llevarle de algún modo la delantera. Sé que terminará por descubrirlo todo, y acaso cuando lo haga percibirá cada uno de los guiños que le lancé a lo largo de la historia. Con suerte sonreirá, como quien ya se siente parte del juego y aprecia cuánto has hecho por enredarle en él. No sé, pues, qué les guste, pero hago cuanto puedo por intrigarles, no a fuerza de dar gusto a las que podrían ser sus expectativas, sino justo al contrario: desafiando a sus raudos intelectos. Quiero pensar que siempre están alertas, me deleito en temer que me van a atrapar en la primera pifia, como lo hacía mi madre siempre que le venía con un pretexto mal sacado de la manga.

Recién he echado un ojo al almanaque y encuentro, con pesar de lector agradecido, que se cumplen cuatro años de la muerte de Javier Marías. Muy pocos, como él, hicieron en tal modo febril, ardua y gozosa la tarea de entenderme con sus líneas. Nunca dio el madrileño —de quien soy seguidor, amigo y deudo— mi interés por sentado, ni descuidó un instante el hilo conductor de su relato. Puedo decir que, sin habernos conocido, me trató con enorme deferencia, se devanó los sesos por hacerme su cómplice y muy lejos estuvo de darme por mi lado. ¿Cómo no iba a caer en todas y cada una de sus trampas, amén de celebrarlas igual que fechorías compartidas?

Poco o nada me enganchan los novelistas que me miran de arriba para abajo, buscando provocar el que Marías llamaba efecto tarima. No se escribe novela en pos de admiración y ensalzamiento, menos aún tomando a quienes te leerán por pupilos zopencos y condescendientes. Se trata de ponerse al tú por tú con aquellos fantasmas tan queridos cuyas quejas o encomios jamás podrás oír, de manera que no osen dejar en paz el libro antes de haber llegado al último renglón.

Escribo, con frecuencia, temiendo que se esfumen los lectores. Echo mano, por tanto, de todos los recursos a mi alcance —y algunos fuera de él, si esto fuese posible— para evitar semejante desastre, sin duda el más temido entre mi gremio. Si enojan los desaires pedantes del autor, o su escasez de oficio narrativo, o su descuido a la hora de embaucarnos, ¿qué decir del desdén de los lectores, por sí mismo bastante para noquear sus ínfulas estúpidas?

A la luz de estas simples consideraciones, resulta doloroso y alarmante hacerse cargo de los magros índices de comprensión lectora que imperan hoy en día entre los estudiantes. Poco sorprendería que de aquí a pocos años prolifere la clase de escritor que toma por palurdos, bobos o atarantados a quienes se molestan en leerle, y para colmo, que no se equivoque. No es mi intención venir a quedar bien, pero es verdad que escribo estas palabras para mujeres y hombres atentos, inconformes y sagaces, como es el caso de Adriana, mi esposa, con quien suelo poner a prueba mis embustes antes de convertirlos en capítulos, ya que no hay en mi oficio soledad más patética que la de quien escribe para nadie. Empero, antes querré morir incomprendido que vivir redundando en lo evidente. 

Entre los estudiantes imperan magros índices de comprensión lectora. Jesús Quintanar


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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