Al hombre lo precede una sonrisa, a menudo la misma: ancha, limpia, obsequiosa, festiva, dirigida a la humanidad entera y coronada por un guiño empático que cierra el paso a toda suspicacia. “Merezco tu confianza”, parecería decir la ubicua mueca. Una suerte de marca registrada que a su modo transpira bonhomía y enseguida le gana el favor de su público.
Menudean, entre sus seguidores, quienes miran, admiran y enaltecen a José Luis Rodríguez Zapatero como una suerte de faro moral, ajeno a mezquindades o dobles intenciones y capaz de mediar entre los intereses más opuestos con la templanza angelical de quien carece de una agenda propia.
No es esta, sin embargo, la impresión del juez José Luis Calama sobre el expresidente del gobierno español, a quien en días recientes ha acusado de cuatro delitos estruendosos: tráfico de influencias, blanqueo de capitales, apropiación indebida y pertenencia a una organización criminal, de cuya “estructura organizada y estable” es el presunto líder y gran beneficiario.
Abundan, desde luego, los escépticos, y entre ellos unos cuantos furiosos partidarios —a cada hora menos, eso sí— que hallan acoso judicial y motivos políticos en la denuncia, pero he aquí que ésta es sólida y copiosa, amén de fascinante a su pesar, tanto así que una buena parte de sus 85 páginas se lee como novela de espionaje.
“Si todavía fuera el reportero que fui, dedicaría una temporada a investigar a fondo el papel que el omnipresente Rodríguez Zapatero hace y lleva haciendo desde hace mucho tiempo en Venezuela”, había escrito Arturo Pérez-Reverte en su cuenta de X, casi diez meses antes del espectacular destape de la cloaca. “Pero sólo soy uno que escribe novelas. Que de eso se ocupen otros”, añadía enseguida el excorresponsal, seguramente ajeno a la investigación que por entonces ya se llevaba a cabo en Estados Unidos, Suiza y Francia en torno al misterioso intermediario.
Pocos eran los resultados visibles de los más de cien viajes a Venezuela que en los últimos años hizo Zapatero… hasta que el expediente del juez Calama echó luz sobre el doble papel del supuesto gestor de concordia y derechos humanos ante la dictadura bolivariana. Lejos de obedecer a su misión expresa, el hombre de la mueca seductora iba y venía entre Madrid y Caracas con la encomienda de ayudar a lavar cantidades ingentes de dinero de oscura procedencia, mediante las gestiones que sólo uno cómo él podía llevar a cabo con éxito seguro, sin despertar sospechas ni merecer más trámites.
Una de estas gestiones milagrosas se encaminaron al rescate post-pandemia de la aerolínea venezolano-española Plus Ultra, a costillas del gobierno español. Con sólo cuatro aviones y una participación ínfima del mercado, Plus Ultra recibió en 2021 un apoyo de 53 millones de euros, por el cual Zapatero y sus dos hijas —amafiados en una pequeña red de empresas que simulaba servicios de asesoramiento y generaba facturas de apariencia legal— recibieron más de medio millón de euros, entre otras comisiones subrepticias que suman un total cercano a los dos millones. Y eso hasta el momento.
Antes que constituir un genuino rescate, la ayuda recibida por Plus Ultra fue a parar en las manos de ciertos acreedores turbios e impresentables, coludidos con el régimen venezolano en la obtención de ingresos clandestinos, fruto de recurrentes expolios a la riqueza petrolera nacional. Todo ello, según confió a uno de sus cómplices cierto accionista de la compañía, con “nuestro pana Zapatero detrás”.
¿En qué tantos chanchullos similares se ha inmiscuido el señor de la mueca galante? ¿Cuántos favores bien remunerados ha hecho a la dictadura bolivariana, con la coartada de los derechos humanos? ¿Cómo es que aseguraba el mentiroso estar asesorando a Marco Rubio en la cuestión candente de Venezuela? ¿Qué tantos negociazos pestilentes facilitó la afable sonrisa del granuja a quien sus allegados aún llaman “presidente”? ¿A qué otros impostores y bandidos les alumbró el camino aquel faro moral?