Los funámbulos de siempre

Ciudad de México /
Mientras unos caen ametrallados, otros se placean. Ariel Ojeda

No todo el mundo quiere celebrar la caída de un capo. Hay quienes lo lamentan, no necesariamente porque les simpatice, o de algún modo les beneficiara, o se dejen llevar por el aura romántica que suele acompañar a los grandes canallas, sino porque ya saben, como prácticamente todo el mundo, que a sus aliados dentro del poder nadie habrá de tocarles un pelo. Cuando menos —se dice, con alguna dosis de ironía— los maleantes se arriesgan, mientras otros que son sus valedores alzan la voz airada en la tribuna pública, condenando delante de los reflectores aquello que promueven en lo oscuro, de manera que son dos veces intocables: una por el poder de sus puestazos y otra por el poder de sus socios matones.

No, no tengo las pruebas. Y tampoco dispongo de las facilidades, los conocimientos ni el arrojo bastante para ir a recabarlas. Menos aún es mi responsabilidad, pero día tras día veo que los indicios se amontonan a extremos francamente satíricos, mientras quienes reciben un sueldo por agarrar al toro por los cuernos titubean entre cruzarse de brazos y defender a los indefendibles, a menudo con argumentos rengos que hasta un niño de kínder encontraría risibles. Pero mi indignación sería cosa de nada si se le comparase con la de los maleantes traicionados. Observemos, si no, los saldos de su rabia solamente en las calles de Puerto Vallarta.

La mera idea apesta, pero me pongo al fin en la cabeza de sicarios y capos, de un día para otro despreciados por los políticos a quienes no cesaron de maicear, y me entran ganas de incendiar un Oxxo. Pues mientras unos caen ametrallados o se pudren para siempre en la cárcel, los otros se placean delante de las cámaras y niegan lo evidente sin perder la sonrisa. Calculan con cinismo los funámbulos, y para colmo no se equivocan, que su poder de mierda alcanzará para seguir impunes, aun con las evidencias en su contra a la vista de todos.

El estrato más bajo entre los criminales tendrían que ocuparlo quienes jamás se juegan el pellejo. Encima se dan baños de pureza y viven al amparo de una fama beatífica que ni sus partidarios terminan de creerse. Protegidos por escoltas feroces, compinches influyentes, tinterillos facciosos y amparos infinitos, suelen vivir a espaldas de una opinión pública que los mira de reojo con asco, sorna y miedo. Ciertamente es magnífica noticia que el capo más temible de la Historia haya sido abatido por balas del ejército, pero mientras la gente que ayudó a empoderarle siga bajo el cobijo de la tapadera institucional, flaco será el avance de la legalidad y escasos los motivos para celebrar.

¿Tengo que decir nombres o ya todos sabemos a quiénes me refiero? Por lo demás, no son sólo un puñado, cuantimenos la excepción de la regla. Muchos deben sus puestos al apoyo del hampa y nada más que a ella le son leales. Como en esas historias del Far West donde la autoridad obedece a los malos, cuando no forma parte de su organigrama, vemos todos los días desfilar por pantallas y redes sociales los nombres y apellidos de funcionarios públicos, alcaldes, congresistas y hasta gobernadores asociados a chusma que asesina, estupra, trafica, tortura, secuestra, extorsiona, roba o prostituye a quien se le atraviesa. ¿No es claro que esos pájaros de cuenta son todavía peores que sus ejecutivos empistolados?

Proteger a un matón, habilitarlo, recibir su dinero ensangrentado, es también una forma de matar, sumando el agravante de la cobardía. ¿Cuántos de esos hediondos politicastros sobreviven intactos y felices por cada capo que cae preso o muerto? Por infame que sea el nuevo escándalo, lo normal es que todos sean exonerados antes siquiera de que se les acuse. Mientras eso no deje de ocurrir, esta historia siniestra seguirá siendo un circo. 


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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