Los villancicos de octubre

Ciudad de México /
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Durante semanas, brujas, calacas y santaclauses se reparten clientes. Jorge López

Hasta hace algunos años, la temporada navideña solía respetar la frontera del Halloween-Difuntos. Hoy se devora octubre de cabo a rabo, para festejo de los entusiastas y fatiga de los escarmentados. Durante varias semanas, brujas, calacas y santaclauses se reparten clientes en los almacenes, no pocas veces hasta la madrugada. La idea, en todo caso, es asomarse al mundo con los ojos de un niño en mitad de diciembre. Si ya no calificas para inocente, te queda el privilegio de la inconsciencia.

Hasta donde recuerdo, entre octubre y noviembre se iba uno convenciendo por su cuenta de que ese año se había portado requetebién. Merecía, por tanto, varios de los juguetes que ya tenían copada la televisión, cuyos nombres retuvo en la memoria con fervor de angelito y celo de usurero. No cabía mucha sinceridad en una humilde carta a Santa Claus, si bien tampoco hallabas espacio para quejas. Me habría consolado poder contarle al viejo de la risa infinita y retumbante cuán amargo era cada año escolar y cuántas cagotizas me tocaban, pero igual le aceptaba sus sobornos con la ilusión de habérmelos ganado.

Desde el punto de vista mercantil, la época navideña reconoce dos grandes festividades: las ventas nocturnas, que vienen siendo como las posadas, y el Buen Fin, que equivale a una larga Nochebuena. Cuando, como es frecuente entre los compradores compulsivos (¿y quién no lo es en una noche de remate?), pesan más los caprichos que la sensatez, lo que sigue es una árida resaca que se mueve entre la jaqueca crediticia y el regusto fugaz de la prosperidad.

Una de las ventajas de la edad adulta consiste en poder ser tu propio Santa Claus. Lo probable es que nada te merezcas, el truco está en comprarte de una vez todo aquello que ya irás mereciendo. Dando y dando, ¿no es cierto? La gente firma compras a 18 meses como si Santa Claus fuera a pagarlas. “¡Total, es final de año!”, te justificas, cual si lo confundieras con el Armagedón. A lo lejos, enero se mira tan soso y tan borroso que sólo un amargado lo tomaría en cuenta (prueba decirle a un niño esta barbaridad y ya verás cuánto te la celebra).

Una vez carcomido el optimismo previo por un remordimiento calibre Jeffrey Dahmer, termina uno asumiendo que entre más feliz luzca su Navidad, menos próspero habrá de ser el Año Nuevo; pretender ambas cosas es privilegio de niños y ricos. Ahora bien, hay que ver los sacrificios que hace la clase media para salir de compras por la noche, que es como irse de copas con un dipsómano. Por no hablar de los daños colaterales, causados por la fiera rebatiña entre hordas de clientes exaltados, resueltos a pelear por sus antojos al modo de un cruzado frente al Santo Grial. Vamos, hay que hacer colas hasta para treparse a una escalera eléctrica.

Luego de algunas cuantas experiencias extremas —como invertir dos horas en apenas salir del estacionamiento— me aparto de esta clase de gentíos como el regenerado de una fiesta de yonquis. Ya sé cómo es, no quiero regresar. Me he preguntado cuánto pagaría por ahorrarme el martirio tumultuario de una venta nocturna, y resulta que salgo ganando si no voy, aun a pesar de gangas y meses de gracia. No sin sorna espantada, Carlos Fuentes solía preguntarse qué tanto habría hecho Madame Bovary con una sola American Express.

El de los niños es un tiempo lento, donde el futuro se ve tan distante que puede uno jugar a modelarlo sin preocuparse por su cercanía. Hoy que el tiempo se escapa con bríos de aguinaldo y Santa Claus no lee ni los WhatsApps, los fantasmas de enero se esconden entre octubre y Año Nuevo, como haría un demonio marrullero a quien vendiste tu alma de aquí al 2028, sin distinguir gran cosa entre lo que anhelabas y lo que requerías. No serías, al fin, la primera ni la última cenicienta que se cura la cruda navideña rasguñando las faldas del Monte de Piedad. 


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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