• Tejeda Jaramillo: el pintor que fue policía y “charola” del primer cártel de México

Siendo policía federal, Francisco Javier Tejeda Jaramillo terminó convertido en la “charola” principal del Cártel de Guadalajara. Pero una vez en prisión hizo de la pintura su redención.

Ciudad de México /

DOMINGA.– Hace unas semanas hablé con un amigo que, entre la resignación y la frustración, confesó que vender sus pinturas se había vuelto difícil. Sus cuadros siempre me han gustado, sobre todo los paisajes abstractos donde el color parece respirar y donde los paisajes realistas, de su natal Colima, tienen una luz que alude a la memoria.

​Le pregunté por qué le costaba tanto vender y entonces me explicó que, si el posible comprador no conoce su obra, lo primero que hace es googlear su nombre. Y ahí, justo ahí, la venta se desvanece. No importa la calidad del cuadro, la técnica, los años de oficio ni la emoción que provoque la pintura. Lo entendí de inmediato.

Los fantasmas del pasado del pintor obstaculizan la venta de sus obras en su presente | Antonio Texta


A mí también me pasa. Cada vez que surge un proyecto, cada vez que parece abrirse una oportunidad, siento el miedo silencioso de que alguien descubra que, como él, yo también estuve en prisión. Y entonces imagino el mismo desenlace.

​—Si leen sobre mí, ya no puedo hacer nada —me dijo—. No puedo pedirle a Google que borre la parte mala de mi vida y deje solamente al pintor.

​Hay heridas que el tiempo no cicatriza: apenas aprende uno a caminar con ellas. El consejo popular insiste en que el pasado debe quedarse atrás, pero a veces éste se niega a morir. Regresa. Raspa. Se instala como una sombra obstinada que te recuerda quién fuiste incluso cuando llevas años intentando convertirte en alguien más. Y lo peor es que aquí, en este texto, yo también tendré que traer ese pasado de vuelta.

Porque el amigo del que hablo es Francisco Javier Tejeda Jaramillo: que alguna vez, siendo policía federal, terminó convertido en la “charola” principal del primer cártel de México, el Cártel de Guadalajara. Fue el hombre que pasó años pegado a la figura del capo extraditado Rafael Caro Quintero, desde su auge hasta su detención en 1985.

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Él fue acusado de pertenecer a la cúpula criminal y además de participar en el asesinato de un agente de la DEA, Kiki Camarena, crimen que siempre negó haber cometido como autor intelectual o material.

​—Supe que lo tenían porque los vi —me dijo más de una vez—. Les dije que se iban a meter en un problemón, pero no me hicieron caso.

​Y tengo que escribir sobre esta parte oscura porque incluso ahora, mientras lees estas líneas, sé que hay quienes sienten más curiosidad por el criminal que por el pintor. El morbo siempre gana terreno. Ocurre también cuando intento proponer una serie sobre su vida: yo quiero explorar cómo un hombre que ha pasado más de la mitad de su vida pintando, que fue campeón de ciclismo, rescatista acuático de la Cruz Roja, terminó convertido en narcotraficante; quiero contar las décadas de reflexión, culpa y vergüenza que vinieron después. Pero casi todos responden lo mismo: “sí, sí… pero que cuente de lo otro”. Quieren ver y escuchar lo que en términos periodísticos le llaman “carnita”.

Yo les insisto en que lo verdaderamente interesante no son las balas ni el mito criminal, sino la conciencia posterior, el peso de haber sobrevivido a uno mismo. Lo más humano. Pienso en una serie que no glorifique ni justifique, sino que observe con crudeza y humanidad. Porque así fue cómo él se mostró conmigo desde el principio: no como un hombre orgulloso de su pasado, sino como alguien condenado a vivir dialogando con él.

Los que llegaron a prisión con Caro Quintero

Francisco Javier Tejeda encontró en la pintura un escape de la prisión | Antonio Texta


Incluso imaginé un título: Confesiones de un pintor. Porque sí, los episodios oscuros tendrían que aparecer. Sería absurdo ocultarlos. Pero el centro estaría en otro lugar: en el hombre que pasó 31 años en prisión pensando cada día en sus errores mientras pintaba obsesivamente un cuadro tras otro. No quiero justificarlo. No me interesa absolver a nadie. Sólo quiero contar del hombre que conocí en el Reclusorio Varonil Norte.

​Cuando llegué a prisión, Francisco Javier Tejeda Jaramillo ya era una figura conocida por tres razones. Para la población penitenciaria era el reo más viejo del penal. En el bajo mundo era respetado por su pasado ligado al narcotráfico. Y dentro del área cultural y administrativa era visto como un artista de enorme talento, un pintor que había logrado vender su obra en Estados Unidos y Nueva Zelanda. Funcionarios, e incluso los directores en turno, todos querían un cuadro con la firma Tejeda Jaramillo.

​Para mí, en cambio, él terminó convirtiéndose en otra cosa: una forma de respirar. En esos primeros meses de encierro necesitaba escapar sin escapar. Encontrar un sitio en el penal donde el miedo bajara la guardia. Recuerdo la primera vez que lo vi atravesar el pasillo. Le pregunté a un compañero que quién era.

​—Es el maestro Tejeda —me dijo—. De los que llegaron con Caro Quintero.
El arte se convirtió en un respiro en prisión y en la oportunidad de reflexión | Antonio Texta


​Después entendí que le decían “maestro” porque daba clases de pintura en el área de talleres. Yo necesitaba salir del dormitorio, de esa violencia constante que flota en las cárceles como la humedad. Así que un día crucé la nave del penal y llegué hasta el taller. En las paredes había cuadros, muchos: paisajes, retratos, abstracciones. En el suelo descansaban lienzos blancos, inmaculados, esperando la primera pincelada.

​Entonces lo vi pintar. Se acercaba al cuadro, daba una pincelada y retrocedía. Lo observaba en silencio. Luego volvía a acercarse y añadía otra línea de color. Después otra vez hacia atrás. Una especie de danza lenta y precisa. Así pasó durante varios minutos.

Era –y sigue siendo– un hombre grande: más de un metro ochenta, vozarrón norteño, manos enormes, cabeza grande, pasos pesados. De pronto se giró y me descubrió observándolo:

—¿Qué se te ofrece, mano?
​—Quería ver si podía asistir a…
No, no, no —me interrumpió con brusquedad sin que me diera la oportunidad de decirle que mi intención era entrar al taller—. Aquí no hay espacio para nadie.

Volví días después.

Francisco Javier Tejeda Jaramillo se rehusaba a admitir más integrantes a su taller de pintura | Antonio Texta
​—¡Ya te dije que aquí no quiero viciosos ni ratas. Aquí no hay comida. Ya somos muchos!

​Me fui derrotado. No exagero.

El maestro que devoraba libros dentro del penal

En prisión, cuando eres nuevo, entiendes rápido que encontrar un espacio seguro puede ser cuestión de supervivencia. Permanecer demasiado tiempo en ambientes violentos siempre termina cobrándose algo: la tranquilidad, la dignidad o el cuerpo. ​Esperé tres días más y regresé. Esta vez no dije nada. Sólo me quedé parado mirándolo pintar. Entonces, sin dejar el pincel, dijo:

​—Pásale, mano. Siéntate ahí. Agarra un libro y ponte a leer.
El arte es un refugio para las personas que se encuentran privadas de la libertad | Antonio Texta


​Me senté de espaldas a él, sentí que mis ojos se inundaron. Agradecí mucho en silencio. Casi lloré. No porque me hubieran aceptado en un taller de pintura, sino porque acababa de encontrar, dentro de la prisión, un lugar donde el miedo realmente bajó la guardia por completo. Ese fue mi primer encuentro con el maestro.

Mucho antes de volvernos cercanos yo ya lo observaba de lejos, alrededor de las seis de la mañana, sentado afuera de su celda en el ala cuatro del dormitorio, en una silla, envuelto en una cobija, leyendo en medio de la penumbra previa al amanecer. Parecía el único hombre despierto en todo el penal.

En el taller devoraba libros de arte y los criticaba con ferocidad. Decía que Gabriel García Márquez le había robado historias a Honoré de Balzac. Su libro favorito era El hombre mediocre, de José Ingenieros. Me leía párrafos enteros en voz alta y luego los aterrizaba a la realidad mexicana, a la corrupción, al fracaso moral de los hombres. Debatíamos constantemente. Él era el primero en llegar al taller. Organizaba el día, picaba cebolla y jitomate. Agarraba ayudantes. Después de desayunar, limpiaba cuidadosamente una espátula y acomodaba sobre un vidrio los colores que usaría. Y entonces comenzaba otra vez el vaivén artístico.


Durante todos mis años en prisión lo vi pintar un cuadro diario. A veces dos. Pero jamás lo escuché presumir su pasado criminal.

Me da vergüenza haber sido parte de ellos —me confesó alguna vez.

Y por eso, aunque podría escribir páginas enteras sobre su historia dentro del narcotráfico —porque después de su salida de prisión, en octubre de 2016, pasamos horas hablando sobre todo aquello—, hoy prefiero escribir sobre el hombre en el que se convirtió después de décadas de encierro y reflexión. No el hombre que fue, sino el que es ahora: un hombre que logró sobrevivirse a sí mismo y a la sombra de sus propios errores. Quizá, con el paso del tiempo, cada pincelada termine por borrar aquello que ni siquiera 31 años de prisión pudieron arrancarle; y entonces, su arte encuentre la manera de expandirse por el mundo.


GSC/ATJ

  • Alejandro Suverza
  • Relator callejero. Cronista mental y grafológico. Productor de contenido para documentales.

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