Es un espacio que no aparece en mapas ni tiene señalética visible desde el exterior. Su ubicación exacta debe permanecer en estricta reserva por razones de seguridad.
No se trata de un inmueble improvisado ni de una bodega adaptada, es una instalación relativamente nueva que comenzó a operar con la llegada de José Luis Cervantes Martínez a la titularidad de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México (FGJEM).
Desde entonces, el espacio ha crecido de forma constante en infraestructura, equipamiento y capacidad técnica.
El acceso no resulta inmediato. Cada puerta abre después de una rigurosa verificación previa. El ambiente contrasta con el de otras áreas de la Fiscalía, según se pudo constatar en un recorrido realizado por MILENIO.
Aquí no hay escritorios saturados de expedientes ni tránsito constante de personal. Predominan el sonido de las máquinas, los hornos industriales y los sistemas de ventilación, y asemeja a esos búnkeres secretos para el diseño de arsenal en las películas de James Bond. Todo responde a una lógica de procesos, tiempos y controles estrictos. Los cientos de armas que ingresan siguen una ruta definida y nada queda sujeto a la improvisación.
Seguridad como punto de partida
La relevancia de este espacio donde se reparan, renuevan y mejoran las armas de las y los agentes de investigación no se mide únicamente en tecnología. Radica en la seguridad de quienes las portan y en la certeza de que el equipo responderá sin fallas en situaciones críticas.
Un arma en mal estado representa un riesgo directo para el agente que la utiliza y para las personas alrededor. También puede comprometer operativos completos.
El mantenimiento del armamento forma parte de una política interna que busca dignificar el trabajo de hombres y mujeres agentes, así como policías de investigación que en campo requieren equipo en condiciones óptimas. La falla de un arma durante un enfrentamiento implica un riesgo elevado y una desventaja operativa. El control técnico se convierte así en una extensión de la seguridad personal.
El vacío que existía antes
Durante años existió un vacío institucional en este rubro. Antes de la creación de esta área, los agentes ministeriales tenían bajo su responsabilidad personal el cuidado total de sus armas. El mantenimiento quedaba sujeto a la voluntad y posibilidades económicas de cada elemento. Algunos acudían a talleres externos, otros postergaban indefinidamente el servicio y varios asumían el gasto con recursos propios.
No siempre existía certeza sobre la calidad de los trabajos ni sobre la legalidad de los sitios a los que acudían. Esa dinámica implicaba riesgos técnicos y administrativos. También afectaba la imagen institucional, ya que el control del equipo quedaba completamente en decisiones individuales.
Personalización sin control y pérdida de imagen institucional
La falta de supervisión permitió prácticas que hoy resultan impensables. Hubo armas modificadas de manera estética, personalizadas sin lineamientos claros.
Una de ellas llegó a portar un rotulado verde con la imagen del personaje The Joker, de la serie animada Batman. Ese caso no fue aislado. También existieron empuñaduras alteradas, colores ajenos a cualquier estándar y detalles que distorsionaban el sentido institucional del armamento.
El arma, más allá de su eficiencia, precisión y función operativa, exige formalidad y control. No se trata de un objeto personal, sino de una herramienta institucional destinada a tareas de alto riesgo. La personalización sin criterio evidenciaba la ausencia de una política clara.
El inicio del control: inventario y estandarización
Con la puesta en marcha de esta área, el primer paso fue un inventario exhaustivo. Se solicitó la entrega de las armas asignadas a los agentes de investigación. Cada pieza pasó por una revisión inicial para conocer su estado real. A partir de ahí comenzó un proceso de mantenimiento, rehabilitación y estandarización.
El color negro mate y las siglas de la FGJEM se establecieron como norma. Las modificaciones estéticas quedaron fuera. El objetivo fue unificar la imagen institucional y garantizar condiciones óptimas de funcionamiento. Cada arma dejó de ser un objeto “tuneado” y adaptado al gusto individual para integrarse a un sistema controlado.
El recorrido inicia por el final: el stand de tiro
MILENIO hizo un recorrido por las instalaciones, el cual inicia de manera inversa. El primer espacio es el stand de tiro. No se trata de un área de práctica ni de entrenamiento. Su función es específica: aquí se realizan las pruebas de fuego. Cada arma que sale del proceso de mantenimiento llega a este punto para verificar su correcto funcionamiento.
Cada disparo confirma que el trabajo previo cumplió con los estándares establecidos. Es el último filtro antes de que el arma regrese al campo.
Área administrativa: los ojos del sistema
Hay un área administrativa. A simple vista parece una oficina más, pero su función resulta clave. Aquí se encuentra el registro completo del armamento con el que cuenta la Fiscalía mexiquense.
Cada arma tiene un historial detallado: fecha de ingreso, tipo de mantenimiento, piezas reemplazadas y asignación a un agente específico. En términos prácticos, este espacio funciona como los ojos del área técnica. Todo lo que existe físicamente en los módulos industriales tiene aquí su reflejo documental.
Ingeniería y diseño interno
Está el núcleo del proceso industrial. Ahí el ambiente cambia. El sonido de las máquinas se vuelve constante. En uno de los módulos se localiza el área de ingeniería, espacio en el que con tecnología específica se diseñan componentes externos que mejoran el uso del armamento según las necesidades operativas de la institución.
Empuñaduras, culatas, guardamanos, rieles de montaje, cachas y miras forman parte de los elementos que se desarrollan aquí. El diseño se realiza a través de programas especializados y confidenciales. Cada pieza se adapta a un modelo específico y responde a requerimientos funcionales.
Impresión 3D y reducción de costos
Una vez aprobado el diseño digital, el proceso continúa en el módulo de impresión 3D. Una máquina de uso industrial trabaja con materiales como resina o fibra de carbono. El tiempo de producción puede extenderse hasta 12 horas, dependiendo del tamaño y complejidad de la pieza.
Antes, estos trabajos se encargaban a proveedores externos. Eso implicaba mayores costos y tiempos más largos. La incorporación de esta tecnología permitió reducir gastos y tener control total sobre cada componente.
El marcado e identificación del armamento
El siguiente punto es la grabadora láser. Aquí se plasman los códigos y números de inventario en cada arma. El marcado permite identificarla y vincularla con un agente específico. El control no se limita a la cantidad de armas, sino a su historial completo.
En este espacio se observan distintos tipos de armamento, cortas, largas y de gran poder. Por razones de seguridad estatal no se detallan calibres ni modelos. Lo relevante es la comparación entre el estado del armamento hace cuatro años y el actual. La estandarización y mejora resulta evidente.
Desarme total y diagnóstico pieza por pieza
Las armas que requieren mantenimiento o rehabilitación ingresan primero al área de desarme. Aquí se retiran todas las piezas. Cada componente, hasta el último tornillo, se revisa de manera individual para definir reparaciones o reemplazos. Ninguna pieza avanza sin diagnóstico previo.
Este proceso permite detectar desgaste, fracturas o fallas internas que no siempre están a simple vista.
La cabina de arenado: limpieza y control
Después llega uno de los puntos clave del proceso: la cabina de arenado. Se trata de un sistema cerrado destinado al tratamiento de superficies. Su función es eliminar óxido, pintura, rebabas u otras impurezas mediante la proyección de material abrasivo a presión.
El sistema mantiene contenidos el polvo y los residuos generados. La arena utilizada tiene un grado específico de abrasividad. No perfora ni altera el metal. El resultado son piezas limpias, pulidas hasta en su estado original, listas para continuar el proceso.
Mantenimiento obligatorio y supervisión externa
Cada arma debe pasar por mantenimiento al menos una vez al año. Además, la Secretaría de la Defensa Nacional (Defensa) realiza inspecciones semestrales para verificar que las armas y sus matrículas coincidan con los registros de portación. Durante estas revisiones, los agentes acuden con la suya. Si se detecta alguna anomalía, el mantenimiento se realiza de inmediato.
En las mesas de trabajo se clasifican las piezas. En una se colocan aquellas que siguen el flujo normal del proceso. En otra llegan las consideradas “de emergencia”. Si un arma presenta una falla en campo, se traslada directamente a este sitio. El trabajo inmediato no interfiere con la cadena general.
Técnicos especializados, no armeros tradicionales
Quienes realizan estas tareas no se definen como armeros en el sentido tradicional. Son especialistas en máquinas y herramientas. Su formación abarca equipos industriales de distintos tipos y las armas de fuego entran en esa clasificación.
Para ellos, cada arma es una máquina con componentes específicos. Los diseños cambian, pero la lógica mecánica se mantiene. Protegidos con equipos especiales, trabajan ardua y minuciosamente sabiendo la importancia crucial que tiene su trabajo en el momento clave de un potencial enfrentamiento durante los operativos contra el crimen.
Pavonado, pintura y horno industrial
La siguiente etapa es la pintura. Antes, el arma pasa por un proceso manual conocido como pavonado. Se trata de una corrosión controlada a nivel molecular. El metal adquiere tonos azules o negros, según la aleación.
Después la pieza se somete a agua caliente, una solución de jabón especial y un secado cuidadoso. Luego entra al horno a 200°C
durante un periodo de entre 45 y 60 minutos. Posteriormente recibe pintura cerakote o tratamiento con aceite lubricante. En los casos con cerakote, la pieza regresa al horno para asegurar la adherencia.
Prueba final y regreso al campo
Concluido el proceso, el arma regresa al stand de tiro. Cada disparo valida el trabajo completo. Solo después de esa prueba el arma se considera apta para su uso operativo. Para los policías de investigación, este sistema representa un cambio sustancial. Ya no existe la obligación de pagar mantenimiento externo. La seguridad personal mejora. La certeza sobre el estado del arma también.
El mantenimiento del armamento ocurre lejos del reflector público. No genera titulares ni imágenes espectaculares; sin embargo, su impacto es directo en el trabajo cotidiano.
En este espacio reservado, cada arma deja de ser un objeto individual y se integra a un sistema técnico, controlado y estandarizado, donde la precisión marca la diferencia en las acciones de la Fiscalía de uno de los estados más complejos del país por su densidad poblacional.
En la entidad se realizan las investigaciones de manera minuciosa y profesional contra el secuestro, extorsión, grupos delictivos y robo en diferentes modalidades. El personal ahora, además de su valor, capacitación y aptitudes, tiene el equipo digno y ordenado para responder en mejores condiciones para la ciudadanía mexiquense.
ksh