• De Los Ángeles a Monterrey: la ruta clandestina de las armas que mataron a Garza Sada

  • Documentos del FBI revelan nuevas pistas sobre el atentado a Eugenio Garza Sada. Grupos de izquierda y simpatizantes en EU facilitaron el contrabando de armas para la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Ciudad de México /

DOMINGA.– El Buró Federal de Investigaciones, el FBI, realizó su propia indagatoria sobre el asesinato de Eugenio Garza Sada, ocurrido en Monterrey, el 17 de septiembre de 1973. El crimen fue resultado de una emboscada preparada por miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre que pretendían secuestrarlo. La agencia llevó a cabo sus propias pesquisas debido a que lo consideraban un prominente empresario de Nuevo León, graduado con honores del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusett y entonces cabeza del Grupo Monterrey, el corporativo industrial más importante de la época.

La investigación permaneció inédita y clasificada. Hoy podemos conocer algunas de sus conclusiones gracias a una solicitud de información presentada bajo el Acta de Libertad de Información de Estados Unidos. Los resultados quedaron plasmados en un archivo de 55 páginas; no obstante, debido a consideraciones legales, como la protección de datos personales, la mayoría del contenido aún viene censurado. Sólo se puede leer aspectos parciales de las investigaciones realizadas por los agentes del FBI.

La principal contribución que arrojan es el seguimiento de las armas con las que la guerrilla asesinó a Eugenio Garza Sada y que también se utilizaron en el asesinato de otros destacados empresarios y diplomáticos, armas largas como fusiles de asalto y pistolas cortas. Las que usaron para el asesinato de Garza Sada eran pistolas calibre 38 Súper y otra calibre 45, además de un rifle de asalto M1 que cruzaron ilegalmente por la frontera desde Estados Unidos.

El 17 de septiembre de 1973 una de las figuras más influyentes de la industria en Monterrey fue asesinada | Archivo/MILENIO

El asesinato lo cometieron miembros de una guerrilla urbana que nació escasos meses atrás, en marzo de 1973, cuando se reunieron en Guadalajara pequeñas organizaciones de recién formación. La mayoría de ellos eran estudiantes que se radicalizaron luego de la represión y masacre que desató el gobierno de Luis Echeverría contra una protesta estudiantil, el 10 junio de 1971.

Había dos grupos de Monterrey: el primero, una célula de la Liga Leninista Espartaco integrada por estudiantes y trabajadores que habían abandonado el Partido Comunista Mexicano. Y el segundo, una Organización Cultural Universitaria conformada por estudiantes católicos de universidades privadas, quienes se convirtieron en los principales mandos de la nueva organización.

Además las confesiones de sus integrantes, en 400 documentos resguardados en la Galería 1 del Archivo General de la Nación, confirman que la Dirección Federal de Seguridad, la DFS, se infiltró a la guerrilla desde sus inicios teniendo a informantes, delatores y policías entre sus células, lo que le permitió a Nazar Haro, jefe de la corporación, conocer los movimientos más relevantes casi en “tiempo real”.

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Los grupos que conformaron la Liga Comunista 23 de Septiembre pretendían convertirse en el “foco de la rebelión” que provocaría el levantamiento de la clase obrera y con ello una “nueva revolución”.

La investigación realizada en Estados Unidos destaca que detrás del asesinato hubo intereses que trascendieron a los de la guerrilla pero, debido a la censura de los documentos, no se permite conocer toda la información. Por ejemplo, el documento número 8 clasificado como “Confidencial”, titulado “Asesinato de Eugenio Garza Sada, prominente industrial de Monterrey, Nuevo León, septiembre 17, 1973”, señala que uno de los máximos líderes “se reunió con una misteriosa persona” que les entregó dinero antes del atentado pero el nombre sigue aún testado en el archivo.

La investigación del FBI precisa que los principales autores del asesinato contaron con apoyo de organizaciones de izquierda y simpatizantes en la Unión Americana, quienes les facilitaron las compras de armas legalmente.

Una "misteriosa persona" financió a la Liga antes del ataque| Archivo MILENIO

Los pasos del empresario Eugenio Garza Sada


El guerrillero Miguel Ángel Torres Manríquez, alias Dr. Ulises, madrugó todos los días en septiembre de 1973. Salía de casa muy temprano para llegar antes de las ocho al cruce de Mariano Matamoros y Venustiano Carranza, en el centro de Monterrey. En ese cruce se quedaba vigilando. Eran pocas las calles que lo separaban del domicilio particular del empresario, quien poseía su amplia residencia en la última avenida del Cerro del Obispado, un área natural de la ciudad regiomontana.

El padre de Eugenio Garza, Isaac Garza, fue uno de los pioneros que hicieron que Monterrey fuese el polo industrial del país. Desde 1890, Pedro Calderón y otros inversionistas, para quienes trabajó Isaac Garza, fundaron la Cervecería Cuauhtémoc. Para 1900 nacería Fundidora de Fierro y Acero y Vidriera Monterrey en 1909.

Dr. Ulises formaba parte de una célula de la Liga Comunista 23 de Septiembre en el norte y tenía la siguiente misión: “checar el tiempo que tardaba [el empresario] en hacer ese recorrido, verificar si siempre lo hacía en el mismo automóvil marca Ford Galaxie, de color negro, y las personas que invariablemente lo acompañaban y que eran dos, una de ellas el manejador [sic] del vehículo y otra que viajaba en el asiento posterior del mismo, toda vez que Garza Sada siempre lo hacia en el asiento delantero”, según la declaración que Torres Manríquez rindió el 16 de diciembre de 1974 ante la Dirección Federal de Seguridad, la DFS.

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Otros de sus “camaradas”, entre ellos Elías Orozco Salazar y Edmundo Medina Flores, monitoreaban el recorrido del Ford Galaxie sobre otras calles hasta llegar a su oficina en la Cervecería Cuauhtémoc, la empresa que su padre fundó. El último crucero que recorría el automóvil era el de las calles Luis Quintanar y Julián Villagrán, en un sector poco concurrido en esa calurosa ciudad que entonces apenas alcanzaba el millón de habitantes, y donde la inseguridad era prácticamente desconocida: no se reportaban secuestros ni robo de bancos, hasta que la guerrilla comenzó con lo que llamó las “expropiaciones” (para los miembros de la Liga no era robo quitarle a los banqueros lo que “robaban” al pueblo).

Los máximos líderes de la Liga Comunista 23 de Septiembre, Ignacio Salas Obregón e Ignacio Olivares, seleccionaron esa esquina para emboscar a Garza Sada debido a que tenía el espacio suficiente para frenar el paso del empresario.

Torres Manríquez agregó en su confesión que “una vez conocidos la hora de salida de Garza Sada de su domicilio, su tiempo de recorrido, calles por las que lo hacía y el momento de su llegada a la Cervecería, se acordó que el secuestro se realizaría a las nueve horas del 17 de septiembre de 1973 [...], para lo cual fueron robados una camioneta marca Ford, pick-up de modelo reciente, pintada de color azul claro”. Este vehículo lo sustrajeron en uno de los estacionamientos del Tecnológico de Monterrey.

El blanco de la emboscada era una Ford Galaxie negro, similar al que transportaba a Eugenio Garza Sada| Archivo/MILENIO

Además robaron “dos automóviles Ford Falcon, de los que se apoderaron sus otros compañeros sin poder especificar quién o quienes en cada caso, habiéndolos tomado de la vía pública [...], les cambiaron sus placas de circulación por otras que previamente habían quitado también a automóviles que estaban estacionados en diferentes lugares de la ciudad”.

Dr. Ulises declaró que en esos días había conocido a otra compañera, Aida Garza, alias Eva, “quien sería la encargada de atender a Garza Sada durante los días que permaneciera secuestrado en la casa número 223 de la calle de Abril, en la colonia Industrial”, confesó Torres Manríquez después de ser detenido.

Los jóvenes que planeaban la nueva revolución

Días antes del secuestro, las autoridades capturaron a Gustavo Hirales Morán, de 25 años. Los dirigentes de la Liga Comunista habían ordenado el “ajusticiamiento” de su hermano Marco Antonio “porque había desertado sin ninguna justificación”. Después de su detención, salió una nota de prensa informando que éste había confesado que la guerrilla preparaba una “gran acción”. Hoy se sabe que preparaban secuestros a varios empresarios del país.



La mayoría de los improvisados guerrilleros eran estudiantes que se radicalizaron luego de la represión y masacre que desató el gobierno de Luis Echeverría contra una protesta estudiantil del 10 junio de 1971. En el cónclave de Guadalajara acordaron conformar la Liga Comunista 23 de Septiembre, en honor al fallido intento de asaltar un cuartel militar en Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, de un pequeño grupo de 13 guerrilleros que pretendía emular la toma del Cuartel Moncada que Fidel Castro llevó a cabo en Cuba. El Cuartel de Madera albergaba unos 125 soldados que habían asesinado a ocho guerrilleros.

Posteriormente, los grupos realizaron importantes acciones que conmocionaron a la nación. Una de las más destacadas fue el secuestro del cónsul general de Estados Unidos en Guadalajara, en mayo de 1973; Terrence George Leonhardy pudo ser puesto en libertad luego de negociar la liberación de treinta “presos políticos” y el pago de un rescate millonario.

El FBI siguió la ruta de las armas que mataron a Garza Sada | Archivo MILENIO

Para su siguiente “gran acción”, la mañana del 17 de septiembre Torres Manríquez se reunió a las ocho horas con Edmundo Medina Flores en la esquina de las calles Arteaga y Simón Bolívar, portaban una pistola calibre 38 Súper y un rifle de asalto M-1, mientras el Dr. Ulises tenía una calibre 45. Ambos acudieron al lugar acordado a bordo de uno de los Ford Falcon robados.

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Sobre la calle Julián Villagrán ya se encontraba estacionada la camioneta Ford. La tripulaba Hilario Juárez García y atrás iba Elías Orozco Salazar. Cada uno portaba sus respectivas armas de fuego. Jesús Piedra Ibarra se colocó a una cuadra para alertar sobre la llegada de la policía. A los pocos minutos arribaron Anselmo Herrera Chávez y Javier Rodríguez Torres. Hilario y Elías se quedaron en la camioneta, Medina Flores y Dr. Ulises en la esquina contraria. Cuando se aproximó el auto de Garza Sada, Hilario atravesó su camioneta bloqueando el paso. Y entonces inició una balacera.

Sin darse cuenta de la gravedad del empresario, trataron de sacarlo del automóvil pero “opuso resistencia e inclusive logró apoderarse de un revólver que llevaba en la cajuela de guantes de su automóvil, por lo que [...] hicieron nuevos disparos [...], no pudiendo precisar quien lo haya lesionado directamente y en tales circunstancias optaron por dejarlo [a su suerte]”, precisa la declaración ante la DFS.

El documento confidencial del FBI detalla el rastreo de las armas utilizadas en el atentado | Archivo/MILENIO

Al percatarse del fallido secuestro, Elías Orozco y Medina Flores optaron por subir los cuerpos de sus compañeros muertos a la camioneta, mientras que Dr. Ulises se subió a la cabina y escaparon. Medina Flores, Juárez García, Orozco Salazar y Torres Manríquez se trasladaron a la casa de la calle de Abril. Dr. Ulises permaneció en ese domicilio al menos una semana para recuperarse de las heridas.

Lo que apuntan los archivos del FBI


Debido a que varias de las armas que usaron en el atentado provenían de Estados Unidos, el FBI realizó su propia investigación sobre el asesinato del “prominente industrial Eugenio Garza Sada”. El Buró Federal desclasificó sus documentos, inéditos hasta ahora y entregó 55 páginas sobre sus indagaciones, la mayoría aún testados por la relevancia de la investigación y para proteger datos personales.

El expediente de 55 páginas del FBI sobre el caso Garza Sada, obtenido mediante el Acta de Libertad de Información | Juan Alberto Cedillo

Los archivos contienen detalles sobre el magnicidio que coinciden con las confesiones de los miembros de la Liga Comunista. El documento número 3 clasificado como “Confidencial” y titulado “Asesinato de Eugenio Garza Sada, prominente industrial de Nuevo León, México, el 17 de Septiembre de 1973”, precisa:

“El 17 de septiembre de 1973, a las 9:05 AM, un Ford Galaxie modelo 1969 color negro con placas número [censuradas en el documento] bajó por la calle Luis Quintanar, conducido por Bernardo Chapa Pérez, chofer del ingeniero Garza Sada –éste último acompañado de sus asistente, Modesto Torres Briones– y al arribar a la esquina de Luis Quintanar y calle Villagrán llegando por el norte, el desplazamiento del automóvil fue parado, y en ese momento un hombre portando una ametralladora se aproximó a la ventana del conductor y, señalándolo, habló unas pocas palabras con los ocupantes del vehículo. El chofer disparó contra el atacante y otros individuos, quienes se habían aproximado a la puerta del pasajero, comenzando una balacera contra los ocupantes del vehículo. El chofer falló y resultó herido de muerte”.

El informe del FBI agrega: “En ese preciso momento cuatro individuos que salieron de una camioneta pick-up color azul cielo con una raya negra, modelo 1969 con placas [censuradas] forzaron sacar del vehículo a Eugenio Garza Sada con la intención de llevárselo. Él se resistió provocando que estos individuos dispararon contra él, lo cual le costó la vida. Ellos rápidamente subieron los cuerpos de sus compañeros colocándolos en la camioneta y huyeron con rumbo desconocido”.

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El documento describe la “inspección del vehículo” de Garza Sada. Señala que los agentes (testados los nombres) encontraron en el piso del copiloto un revólver calibre 38 Smith & Wesson, propiedad de Eugenio Garza Sada, que estaba cargado pero que no había sido disparado. En el asiento contiguo estaba manchada de sangre una pistola Browning calibre 9 milímetros. En el asiento de la parte trasera, con mucha sangre, una pistola calibre 45, con un proyectil cortado, que sí había sido disparada.

La puerta delantera derecha, en el lado del pasajero, estaba abierta y se podían ver varios agujeros en el coche de armas de fuego de diferentes calibres, de la siguiente manera: el parabrisas tenía tres agujeros, una abolladura aproximadamente en el centro del capote, otra abolladura aproximadamente en el centro de la visera. Las ventanas laterales del lado izquierdo quedaron completamente destrozadas. El reporte documenta que el automóvil recibió 29 disparos con armas de fuego.

“La camioneta utilizada por los atacantes estaba ubicada en la esquina de las calles Lima y Justo Sierra. En el espacio de carga había numerosas manchas de sangre y una pistola calibre 9 milímetros, también ensangrentada. En vista de esto [...], se inspeccionó el interior del vehículo. Se encontraron más manchas de sangre en el respaldo del asiento delantero, sobre el lado derecho… confirmando que algunos de los atacantes fueron heridos”, describe el documento del FBI.
Gran parte del contenido permanece censurado por razones legales | Juan Alberto Cedillo

“También el día 17, a las 10 horas, fue encontrado un Ford Falcon modelo 1969 color gris con una franja negra, sin placas y con la etiqueta de inspección borrada, sobre la calle ampliación Aramberri, junto a un Parque de Béisbol Infantil [sic], aproximadamente a media cuadra de Aramberri con Patricio Milmo. La calle estaba cerrada al otro lado. El vehículo estaba estacionado con el motor apagado y en su interior se encontraron dos cadáveres. Los cuerpos fueron trasladados al Hospital Civil. Uno de ellos llevaba una gargantilla [...] y, con el grabado [censurado]”.

El informe del FBI describe las investigaciones que llevaron a identificar a los muertos y el resto de los participantes en el crimen de Garza Sada; pero en esa parte la mayoría de nombres y detalles están testados. El documento termina precisando que “con base a los testimonios, declaraciones e investigación, la Liga Leninista Spartacus es la directa y totalmente responsable del asesinato del ingeniero Eugenio Garza Sada y sus compañeros”.

Los 55 documentos desclasificados informan a Edgar J. Hoover, director del Buró, sobre las investigaciones para rastrear las armas y cómo llegaron a México, así como las personas y organizaciones en Estados Unidos que apoyaron a los jóvenes guerrilleros, pero los nombres están censurados en los archivos del FBI. Además, identifica a un personaje que entregó dinero a un jefe de la Liga para financiar el atentado, sin embargo, no es posible ver el nombre. Sólo permite conocer que las pesquisas de los agentes ocurrieron en ciudades de Estados Unidos: El Paso, Dallas, Houston y San Antonio, entre otras, para rastrear las armas y algunos de los cómplices que facilitaron su compra, manteniendo censura de los detalles.

No obstante, las confesiones de algunos miembros de la Liga ante la DFS describen cómo consiguieron algunas armas en Estados Unidos, viajando a la frontera y contactando a simpatizantes, así como a organizaciones de migrantes legales que les facilitaron la compra. Debido a que desde 1968 el gobierno estadounidense mantenía prohibido la venta de armas a mexicanos, con leyes que sólo les permitía a los estadounidenses adquirir armamento.

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El mercado negro de armas de Estados Unidos

La declaración de Joaquín Vite Patiño, miembro de la Liga a los 21 años, rendida el 2 de julio de 1974 en las instalaciones de la DFS, cuenta sobre el contrabando de armas compradas en Estados Unidos. Vite Patiño contó su viaje: un dirigente de la “Organización Legal de Asesoramiento y que se llama José, sin recordar sus apellidos [...], le ayudó al declarante a comprar armas y cartuchos en Los Ángeles, California [...]. Dicha ayuda consistió en asesoramiento y la presentación de su tarjeta de residente para cubrir el requisito que exigen las autoridades correspondientes en Estados Unidos”.

Aprovechó el período de vacaciones en la Facultad de Derecho donde estudiaba. Vite confesó que viajó a Estados Unidos con 400 dólares, pero no señaló de dónde o quién le proporcionó los dólares. Con ese dinero adquirió un rifle calibre 30 M-1, matrícula 211942, una pistola automática marca Smith & Wesson calibre 9 milímetros, un estuche para limpiar armas, un manual para el manejo de las mismas así como 350 cartuchos de diversos calibres, en su mayor parte para el fusil M-1.

La confesión de Vite Patiño precisa que las armas las compraron en el “Gun-Shop [sic] de Los Ángeles”. Añadió que “el rifle 30-M1 le costó 90 dólares y la pistola 150 dólares aproximadamente. Que de California se dirigió en avión a San Antonio, Texas, llevando consigo las armas y cartuchos adquiridos [...]. A los pocos días llamó por teléfono a su amigo Rubén Solís García y le pidió que lo fuera a recoger a San Antonio para conducirlo en el vehículo de su propiedad hasta México, toda vez que consideraba que tendría dificultades para pasar por la frontera con el cargamento de armas y municiones que había adquirido”.

El informe pericial detalló 29 impactos de bala en el automóvil| Archivo/MILENIO

Solís García acudió a recogerlo a San Antonio, a bordo de su camioneta Chevrolet modelo 1964 color blanco con placas de Texas DJ-7614. Posteriormente se dirigieron a La Grulla, Texas, donde compraron otro rifle 30-M-1 por la cantidad de cien dólares a un individuo llamado Teodoro Onésimo Castillo, alias El Güero. Para su regreso a México escondieron las armas en las puertas de las camionetas pero fueron descubiertos por las autoridades en una garita y tuvieron que pagar sobornos.

Elías Orozco confesó años después cómo consiguieron armas en Texas: “Les quitábamos pistolas y fusiles a los policías y a los soldados cuando se podía. Pero las adquirimos mediante la compra. Traíamos las armas del mercado negro de Estados Unidos y las pasábamos por Nuevo Laredo y Reynosa. A veces los compradores nos venían a poner las cajas hasta la puerta, en Monterrey, porque había aduanales corruptos que no sabían de qué se trataba y pensaban que éramos contrabandistas”, confesó Orozco en entrevista para el medio Hora Cero de Nuevo León, publicada en septiembre de 2018 con el título “El asesinato de un magnate”.

Los miembros de la organización Fuerzas de Liberación Nacional (FLN, antecedente del EZLN) también compraron cartuchos y armas en Brownsville, Texas. Además, adquieren en tiendas de la frontera de Estados Unidos “partes para radio densímetros, herramientas, walkie-talkie y partes para arreglar esos mismos aparatos, así como le encargaron conseguir algunas refacciones para carabinas M-1.4”.

Edmundo Medina Flores, líder del grupo espartaquista, mencionó que a mediados de 1970 “ya habían adquirido algunas armas nuevas que compraron en una población fronteriza de Estados Unidos con parte del dinero robado a la empresa General Electric de Monterrey”. Con esas armas decidieron viajar a la Sierra de Durango para entrenarse en su manejo. No obstante en “la sierra surgieron nuevas dificultades por indisciplina y diferencias de criterio, el que habla [Medina Flores], optó por regresar a Monterrey y sólo después supo que las armas habían sido enterradas en un cerro”.

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Otros miembros de los diversos grupos guerrilleros confesaron ante la DFS cómo batallaron en un principio para conseguir armamento. Llegaron al extremo de asesinar a humildes veladores que cuidaban la construcción de un fraccionamiento en Monterrey para robarles sus armas. También mataron a policías para quedarse con sus pistolas. No obstante, eso cambió radicalmente después del cónclave de Guadalajara. Elías Orozco Salazar afirmó en una entrevista: “que después de la fusión del grupo al que pertenecía y su adhesión a la repetida Liga Comunista 23 de Septiembre , el declarante se dio cuenta que con frecuencia disponían de nuevas armas en mejores condiciones y cartuchos en grandes cantidades”.

Aunque se enteró que las mismas se adquirían en la frontera norte con dinero producto de diversas “expropiaciones”. Mencionó que “nunca conoció detalles sobre cómo se estaba financiando la compra de armas”. La respuesta sobre cómo llegaron más y nuevas armas a las manos de los guerrilleros está en los documentos del FBI, pero habrá que esperar otros años más hasta que se les elimine lo que aún está censurado.

GSC/LHM


  • Juan Alberto Cedillo
  • Juan Alberto Cedillo, periodista independiente y autor de los libros ‘Las guerras ocultas del narco’, ‘La masacre de Allende, un crimen de E(z)tado’ y tres títulos más sobre el espionaje nazi en México durante la Segunda Guerra Mundial.

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