Nota del editor: El siguiente texto contiene referencias al suicidio. Se recomienda discreción al leerlo. Si tú o alguien que conoces necesita apoyo profesional en salud mental, La Línea de la Vida es un espacio de orientación telefónica especializado y gratuito disponible las 24 horas del día. Llama al 800-911-2000.
DOMINGA.– La historia del asesinato de la maestra Fabiola Ortiz Medina, ocurrido el 15 de octubre de 2025, es atípico incluso para un país tan violento como México: a la psicóloga de 49 años la mató su alumno, un joven preparatoriano de apariencia inofensiva pero que estaba enfurecido porque, según él, había recibido una injusta calificación reprobatoria.
La fiscalía de Oaxaca reconstruyó así las veinticuatro horas anteriores al asesinato: un alumno del Colegio de Bachilleres No. 6, en el municipio de Putla Villa, en la frontera con Guerrero, tomó a escondidas una pistola calibre 22 de una recámara de la casa familiar, la guardó en su mochila y durmió planeando el crimen: en la tarde se sentaría en la banqueta que está frente al plantel para esperar a la maestra y le vaciaría el cargador a quemarropa.
Al día siguiente ejecutó el plan, tal y como lo concibió: cuando la profesora estacionaba su camioneta, el estudiante disparó y huyó hacia el norte aprovechando el caos provocado por las detonaciones. Tres tiros impidieron que los médicos salvaran la vida de Fabiola Ortiz: falleció cerca de las tres de la tarde, antes de entrar a una cirugía de emergencia.
“Hasta ahora nuestra línea principal tiene que ver con un problema al interior de la institución académica. Es un tema de una calificación reprobatoria”, informó el fiscal estatal José Bernardo Rodríguez. Su declaración colocó el caso dentro de una categoría todavía incipiente de crímenes en México: estudiantes enojados, agraviados o reprobados que amenazan, atacan o matan a sus profesores.
Estos delitos son escasos entre los cientos de miles de expedientes negros en México. Pero que sean inusuales no significa que deban verse como casos aislados. Así empezaron otras formas de violencia. Primero aparece un crimen excepcional, luego una tendencia y después se convierte en un modo de operación. El crimen de la maestra Fabiola Ortiz Medina no es el único. Sólo el más visible de muchos enterrados bajo pilas de miedo y vergüenza.
Amenaza de muerte por no aceptar la tarea a destiempo
La primera vez que supe de maestros que le temen a sus alumnos fue por un documental. En diciembre de 2018, el cineasta Everardo González estrenó el cortometraje Cómo es crecer en una narcozona en el canal de YouTube del diario The New York Times. La pieza de nueve minutos y 49 segundos seguía la estética y el tono de su largometraje La libertad del Diablo en el que los entrevistados portan máscaras de tela, similares a las que usan pacientes con quemaduras, para resguardar su identidad. A diferencia del largometraje, en éste no hablan torturadores ni sicarios, sino estudiantes adolescentes y una maestra petrificada por su entorno.
“¿Cómo decirle a un niño que el narco es malo, el narco hace daño, si resulta que el papá es narco, es el gatillero, es el que vende droga o el puntero de la colonia?
“Sé de casos de maestros a los que levantaron por reprobarlos. Si es el hijo de un narco, no lo puedes reprobar [...]. Yo puedo decir que los colegas que se dedican a la educación tienen miedo”, se pregunta la maestra que enseña inglés a niños de tercero de primaria, de ocho o nueve años.
El cortometraje me causó una mezcla de repulsión e interés. El retrato de un país que le teme a sus niños. En los días siguientes me cité con una de mis mejores amigas de la secundaria, una profesora de Geografía en una escuela en Mixcalco, un barrio popular apretado entre el Centro Histórico y La Merced en la Ciudad de México. Le hablé de la película con emoción, como quien descubrió una gema oculta. Ella me devolvió una mirada condescendiente.
“¿Apenas te enteras?”, me soltó con desdén. Y durante una hora no paró de contarme historias de terror en las que hay sospechas de un estudiante involucrado con el crimen organizado: a ella la había amenazado de muerte un chico de trece años, sobrino de Jorge Ortiz Reyes, El Tanque, de la Unión Tepito, porque no le quiso aceptar una tarea a destiempo. A una compañera suya, pero en un plantel en Cuautepec Barrio Alto, en la alcaldía Gustavo A. Madero, una alumna de primero de secundaria la golpeó a la salida por una calificación reprobatoria y amenazó con matarla, si denunciaba ante las autoridades.
Otro compañero, maestro en Zapotitlán, Tláhuac, encontró un balazo en la puerta de su auto y supo de inmediato la razón: un día antes había sacado del salón a un estudiante por hablar demasiado. Ese chico siempre fanfarroneaba con que su hermano mayor era jefe en el Cártel de Tláhuac.
“Muchos de nosotros hemos escuchado la clásica frase ‘me repruebas y te levanto’. Lo peor es que sabes que no están jugando: no tienen ni trece años y amenazan como los peores narcos”, me dijo mientras movía nerviosa la pierna y casi tira el café de la mesa. “Si así estamos en Ciudad de México, no te cuento de los colegas en Michoacán o en Guerrero. Allá ser maestro es tan peligroso como ser policía… o periodista”.
No volví a pensar mucho en esa cita hasta el año pasado, cuando apareció un cadáver en una barranca del Parque Nacional La Malinche en San Pablo del Monte, Tlaxcala. El cuerpo fue identificado como José Manuel López, Josma, un maestro de la Universidad Tecnológica de Tlaxcala. Tenía golpes en el cuerpo por la caída hacia el despeñadero y moretones por las horas de tortura previas a su asesinato. Había permanecido desaparecido durante cuatro días hasta que el 8 de julio encontraron su cuerpo. Días más tarde, la fiscalía estatal anunció la detención de su presunto asesino.
Un alumno que interceptó a Josma afuera de la universidad, lo subió por la fuerza a su auto y lo martirizó por horas. Después se supo de una segunda aprehendida: la madre del estudiante, quien tuvo la idea de esconder el cuerpo en el barranco. La línea de investigación más robusta fue una discusión que inició en el patio de la universidad: Josma había reprobado al estudiante y se negó a darle una calificación aprobatoria que no merecía.
La hipótesis coincide con el tono de mensajes en páginas del sindicato magisterial de Tlaxcala: en el Facebook de la Sección 31 las condolencias están acompañadas de lamentos por la inseguridad. Maestros que se quejan de que enseñan con miedo, que salen de las escuelas rezando para no toparse con el estudiante que también es sicario o que aprueban a todos sus alumnos porque no saben quién tiene contactos con la mafia local. Incluso, un compañero de Josma propuso un hashtag: #MaestrosSinQueNadieNosDefienda.
Luego, supe del asesinato de la maestra Fabiola Ortiz en Oaxaca. Después de una radiografía de la violencia armada en las escuelas elaborada por el investigador Víctor Manuel Sánchez Valdés: desde el año 2000 se han contado 143 incidentes con armas de fuego introducidas a planteles. De ese total, 30 ocurrieron en 2025 y la tendencia indica que 2026 podría ser el peor año. Algunos, tal vez, tuvieron como objetivo asesinar a un profesor. No hay estadísticas oficiales al respecto.
Recordé una frase de mi amiga, la maestra amenazada: “A mí me pueden matar hasta por calificar con un seis”.
Violencia en las aulas reflejo de la violencia en las calles
El especialista en derechos de niñez y adolescencias, Juan Martín Pérez, coordinador de Tejiendo Redes Infancia para América Latina y el Caribe, ve al fenómeno de la violencia en las aulas de afuera hacia adentro.
Su teoría es que las agresiones dentro de los planteles son el reflejo de la violencia normalizada en las calles. No hay niños que nacen agresivos, sino niños que copian la agresividad que ven en la familia y en la colonia. El alumno no amenaza ni mata maestros porque hay una maldad escondida en él, sino porque aprendió que así se solucionan los conflictos en un país, como México, en guerra. Las enseñanzas del conflicto armado.
En abril de 2002, un estudiante de diecisiete años, Dragoslav Petkovic, se acercó a su profesor de Historia y le disparó en la cabeza con una pistola calibre 7.65 milímetros. Lo hizo sin mediar palabra. Un asesinato frío. Luego, abrió fuego contra sus compañeros en un salón de la preparatoria y se suicidó. El caso conmocionó al pueblo de Vlasenica, una ciudad empobrecida a 50 kilómetros al norte de Sarajevo. Los medios locales le dieron contexto al crimen: siete años después de la guerra en Bosnia, el acceso a armas y municiones seguía siendo relativamente sencillo. El tráfico de pistolas era parte de la economía local.
Como parte de las investigaciones, la policía estatal entrevistó al mejor amigo de Petkovic, Ognjen Markovic, quien le puso motivos al homicidio: “Conversamos [la noche anterior al tiroteo] y él se quejó de que el profesor de Historia lo odiaba y quizá no lo dejaría aprobar el final del ciclo escolar”.
Tres días antes, el 26 de abril de 2002, en el Liceo Gutenberg en Érfurt, Alemania, un estudiante de diecinueve años, Robert Steinhäuser, masacró a dieciséis personas, incluyendo a trece profesores, dos alumnos y un agente de policía. Luego, se quitó la vida.
La comunidad Érfurt perteneció a Alemania Oriental entre 1949 y 1990 y durante esos años la policía política y secreta Stasi vigiló, persiguió y encarceló “opositores” con ayuda de las denuncias anónimas de los vecinos. Esa división engendró rencores sociales que durante años se “resolvieron” con homicidios, como el de Heinz Mäde (1990), por ser un albañil abiertamente homosexual, o Ireneusz Szyderski (1992), obrero asesinado por neonazis por ser polaco. Muchos jóvenes aprendieron que asesinar es más efectivo que dialogar para destrabar un problema. Steinhäuser lo hizo porque había sido expulsado de la escuela por su mala conducta.
Una década más tarde, en febrero de 2012, un adolescente de quince años se colocó calladamente junto a su maestra de Ciencias, Uma Maheswari, y sacó de una bolsa de papel periódico un cuchillo. Primero degolló a la profesora de la Escuela Secundaria Superior Angloindia de Santa María y luego la apuñaló repetidamente en el pecho. La profesora de 38 años murió camino al hospital. Las autoridades de Chennai, India, explicaron el homicidio como una venganza escolar: Uma Maheswari había advertido a los padres del joven sobre su pobre desempeño escolar.
Luego, vino otra explicación: la ciudad era una arena de batalla entre grupos religiosos extremistas. Por ejemplo, el 8 de agosto de 1993, una bomba destruyó las oficinas en Chennai de la organización nacionalista hindú Rashtriya Swayamsevak Sangh. Murieron once personas y siete fueron heridas. El ataque formó parte de la radicalización entre organizaciones hinduistas y grupos islamistas.
De nuevo, el contexto importa: la guerra como escenario de fondo.
De Tijuana a Tapachula, crece el miedo entre los profesores
México, formalmente, no tiene una guerra pero no necesita esa etiqueta para que se sienta como si lo fuera en varios lugares del país. De Tijuana a Tapachula, crece el miedo entre los profesores, quienes miran con impotencia y miedo que sus alumnos reflejan la “guerra contra el narco” en las aulas: algunos aprenden a leer, otros a amenazar y unos cuantos, incluso, a matar por una calificación.
Cuando un maestro teme poner un seis, no está aprobando a fuerza al alumno amenazante: está reprobando el terco sueño de la pacificación de México.
GSC / MMM