• Oro, playa y amapola en Acapulco. El fallido resort de lujo que duró un instante

Guerrero parece un ‘western’ tropical, sangriento, libidinoso, con vista al mar. Un puerto presa de extorsiones y el narcotráfico. En medio, algunos consiguen una vida al margen de la violencia.

Brenda Ríos
Acapulco, Guerrero /
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Este es un fragmento de ‘Sweet Acapulco: crónicas y divagaciones del último paraíso en la tierra’ (Debate, 2026), de Brenda Ríos, ya disponible en librerías.

DOMINGA.– Hace muchos años, unos treinta, puede ser, una amiga de mi familia, gringa, jubilada (ella y su marido mucho mayor viajaban mucho en cruceros) fue a Hawái. Estaba maravillada. En el restaurante del hotel una mesera les preguntó qué les parecía todo, y ella respondió que era uno de los lugares más bellos de la tierra. La mesera, sin perder la sonrisa, dijo: “Qué bueno que les gustó, pero si en verdad nos quieren ayudar, no regresen. Y díganles a sus amigos que no vengan”.

Pienso mucho en esa historia. En esos paraísos del mundo que se asocian a un tipo de turismo disparatado, exagerado, que consume todo, y cuando el visitante regresa a su lugar de origen no pasa nada para él. Pero sí pasa para otros.

Y esos lugares vírgenes, de bellezas aisladas, no pueden mantenerse vivos: talan los manglares para hacer más hoteles de lujo, se acaban los recursos naturales y la gente se divide entre los empresarios que construyen los espacios de placer y los que atienden, sirven, a los que pueden pagarlo: inversionistas y sirvientes; en el medio, esa franja de gente que paga y recibe un servicio, una minoría.

La explotación del puerto de Acapulco ha beneficiado únicamente a la élite empresarial | David Guzmán / EFE


Acapulco fue devastado en su naturaleza y lo dejaron a medio hacer; una eterna obra negra: un proyecto fallido de resort de turismo de lujo (que duró un instante) y uno de muy pocos recursos. Por otro lado, existe casi un millón de habitantes que viven en una ciudad que no logra mantenerse a sí misma.

La población se dedica a ser maestros de escuela, prestadores de servicios, vendedores deloquesea: sombreros en la playa, hamacas, baratijas; atienden mesas, hacen las camas, no hay espacio para nada más. Su clase política mejora con su empeoramiento. Idiotas, corruptos, gente ominosa han sido sus gobernantes; por lo general se turnan el poder entre dos o tres familias: una oligarquía caciquil anafalbeta, fraudulenta y ostentosa. No hay agricultura, no hay producción de mercancías, no hay industria. Y sí un muy particular modo de hallar la vida: entre la rapiña, la delincuencia, el sálvese quien pueda.

Habitantes de Acapulco y municipios aledaños tratan de sobrevivir de las migajas del turismo | Jorge Carballo / Milenio


Ricardo Garibay comprendió eso en su crónica del puerto: esa combinación atroz de buscavidas, el afanoso, el pícaro, el cogelón, el buen seductor de la gringa dispuesta, el consiguetodo, el proxeneta, el optimista eterno. Hombres y mujeres. Sexo, playa, alcohol, drogas (como bien lo describe José Agustín): un lugar sin ley. Un western absoluto, sangriento, jocoso, libidinoso, con vista al mar. Con pistoleros a sueldo. Sicarios pubertos dispuestos a morir por un pago de dos pesos. Una película de Tarantino con un Frank Sinatra al fondo: seductor, manipulador, dueño de todo. Y al final, alguien, no se sabe quién, da la orden de incendiarlo todo.

El pago de piso a la maña, al CJNG, a los Ardillos o al que esté vigente

La amapola florece sin dificultad en las montañas de Guerrero | Ariel Ojeda / Milenio


Guerrero es tan pobre que sólo tiene políticos
. Es drástico pero es verdad. Es uno de los estados más ricos en producción de amapola, plata y oro (las mineras canadienses han explotado más en los últimos años de lo que se explotó en el Virreinato: el siglo pasado extrajo más oro en las últimas décadas que en los tres siglos de dominación española: más de doscientas toneladas de oro y mil quinientas de plata), y, no por nada, junto a Chiapas y Oaxaca, posee el mayor índice de analfabetismo en el país.

Los gobernantes, y todo aspirante a serlo, usan guayaberas blancas como uniforme desde los años setenta. Sin importar el partido al que pertenezcan, porque el poder se alterna entre las dos o tres familias (Figueroa, Aguirre, Salgado) que reproducen al infinito hijos hechos a semejanza del padre y abuelo, encabezan gobiernos tan indolentes como temibles. La mayor parte de su labor se oculta en acciones que no se perciben al ojo de la prensa y la opinión pública.

Un western distópico, un escenario selvático, húmedo, donde hombres en la sierra están armados, el narco está armado, los sembradores de amapola están armados y en medio de todo, a veces, algunas personas logran hacer una vida apenas ajena a todo eso que podríamos llamar el ruido o tributo de la violencia.

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Acapulco, que fue alguna vez glamoroso cuando era burdel para gringos con dinero y que salía en las películas de Hollywood, se convirtió en una playa para turistas del Estado de México y la Ciudad de México que llegan en hordas.

No existe, en la mayoría de las colonias periféricas, en el cinturón de la miseria, en la vida “real y diaria”, un transporte público de calidad, servicios públicos, escuelas, hospitales; hay un problema serio con el agua y, encima, los frecuentes cortes de energía eléctrica; y, aunque se pague por ello, tampoco funciona bien el internet.

Hace ya veinte años (enero de 2006, a partir de una balacera con armas de alto calibre en la colonia La Garita entre elementos de la Policía Preventiva de Acapulco y unos convoyes de gente del Chapo Guzmán; eso duró cuarenta minutos) que el narco –esa entidad monotemática– es su verdadero amo, y dividió al puerto en franjas de poder donde cobra cuotas de piso. Llegan unos chicos en moto, a veces discretos, a veces no (tatuajes, cadenas de oro, sin camisa, pelo a rape) y, mientras uno espera, el otro va de puesto en puesto cobrando lo que le fue asignado a cada comerciante de acuerdo con su rubro: ambulante, local fijo, restaurante.

El crimen organizado se arraigó en el famoso puerto arrasando con la cotidianidad de sus habitantes | Ariel Ojeda


En la Colosio a mediados de los 2000 (ya no es así al parecer, sino más directo y brutal) llegaba un cliente a un restaurante, iba a la misma hora, se sentaba en la misma mesa, comía en silencio. Al término de esa semana llegaba a su conclusión comercial: a este lugar llegan tantos clientes entre semana y tantos en fin de semana; los costos que ingresan son aproximadamente cierta cantidad al mes, por ende, le toca pagar tanto a la maña, al Cártel Jalisco Nueva Generación, a la Familia Michoacana, a los Ardillos o al que esté vigente.

En los últimos años les cobran también derecho de piso a maestros que ellos controlan por listas detalladas. Y su porcentaje de aguinaldo. Hay escuelas en poblaciones lejanas del estado que han cerrado por esa razón. No pasa nada: la gente coopera o se arriesga. No hay autoridad que intervenga, o está coludida y todos se alimentan de un pastel más bien pobre, pero que da migajas.

Los distintos cárteles asesinan a taxistas, conductores de transporte público, micros y urbaneros; incendian autobuses, secuestran gente y crean zozobra. Antes de la pandemia del covid, el puerto ya vivía en toque de queda en zonas como Zócalo-Caleta desde hacía más de diez años.

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Acapulco es un barrio pobre, con vista al mar para algunos, pero pobre
. Una ciudad que no es capaz de hacer éxodo y que recibe, como una madre cansada y triste, a esos turistas de bajo presupuesto que aman el bullicio, el alcohol y la simplicidad gratuita de un mar que está ahí para quien lo busque. Es un lugar receptor: quien lo visita lo ama durante dos días o dos semanas, lo que dure su estancia. Se supone que hay turismo para todos los bolsillos, pero en realidad sólo hay dos tipos: el de la clase trabajadora y el de lujo. La clase media se va a otros sitios como Oaxaca, Puerto Vallarta, Cancún.

Existe, claro, ese Acapulco que está en otra parte, a kilómetros del pueblo original, un Acapulco que surgió en los 1990-2000 para los que no querían mezclarse con las clases populares. Ese Acapulco se llama Diamante y tiene mansiones de lujo habitadas por productores y estrellas de la tele (actores de medio pelo), políticos y cantantes emblemáticos como Luis Miguel (su vida entera, más de cincuenta años, es la progresión urbana del puerto, pues él mismo fue promotor de la imagen de ese “Nuevo Aca”, cuando llegó el boom inmobiliario a colocar edificios de una empresa dedicada a hacer casas accesibles a la clase trabajadora muy cerca de él); los ricos de antes siguen en las Brisas Guitarrón, como Plácido Domingo (ahí estuvo refugiado después de las acusasiones de acoso sexual, mientras se recuperaba de covid). Aquel Acapulco da empleo a los locales que viven cerca de ahí en unidades inmensas de departamentos de interés social, hacinados, en extrema inseguridad.

Así son los dos Acapulco: uno diamante, el otro de unicel

Turistas disfrutan en una playa del balneario de Acapulco | David Guzmán / EFE


Si uno es el Diamante el otro es el Unicel
. Ese Acapulco que sale en realities basura, tan lejano de las películas donde Sinatra idealizaba la escapada al puerto como lo más romántico y aventurero (sin incluir su aspecto de mafia italiana, claro está), se encuentra con el otro, el pedestre, porque lo contrata. Los nativos son/fuimos educados para servir en las casas grandes, hoteles, restaurantes. Para acomodarnos a la esfera de una clase que jamás se mueve. La economía feudal más vigente que nunca.

Aunque no lo parezca, esta es mi carta de amor hacia él. El Acapulco donde crecí y me toca ver cada tanto porque lo visito con regularidad y sé que guarda una distancia gigante con todo lo que se cuenta de él en las noticias, en el cine, en la columna de sociales. Es un Acapulco más cerca de la tierra que del cielo azul y despejado. Un Acapulco moreno, que vive al día y que tiene como lema de vida echarpalante, sea lo que sea que eso signifique.

​En 2020, aproximadamente 17.7% de la población de Acapulco vivía en pobreza extrema, lo que equivale a unos 150 mil 800 habitantes si tomamos los 852 mil 622 habitantes registrados ese año. Para este año se calcula que la población rebasa el millón de habitantes contando el área metropolitana.

Un Acapulco que vive entre sus pésimos políticos, la zozobra, la violencia más horrenda, los descabezados del narco, los colgados de los puentes y, en contraste, los miles de cuerpos de bañistas semidesnudos que inundan las playas populares del lugar más común de todos.

GSC


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