• La primera jugada de AMLO. Andrew Paxman cuenta la renuncia que desafió al PRI de 1983

  • Andrew Paxman relata el primer desencuentro de AMLO con el sistema. Era 1983 y las promesas sociales no sentaban bien a los priistas veteranos y alcaldes de Tabasco. Un episodio clave de su historia.
Andrew Paxman
Ciudad de México /
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AMLO es el político más influyente de México en este siglo. Y esta es la primera biografía suya que ya incluye su sexenio. Aquí un adelanto exclusivo de Andrés Manuel. Una biografía en 50 episodios (Debate, 2026), de Andrew Paxman. Disponible en librerías.

DOMINGA.– Francisco Peralta Burelo y Andrés Manuel López Obrador se sentaron frente al gobernador al otro lado de su escritorio, uno con una sensación tranquila de expectación, el otro con un resentimiento apenas contenido. Era el 15 de agosto, menos de ocho meses después del inicio del sexenio tabasqueño, y el gobernador Enrique González Pedrero ya se veía obligado a reorganizar su gabinete.

Andrés Manuel López Obrador llegó a la Oficialía Mayor de Tabasco en 1983, durante el gobierno de Enrique González Pedrero | Especial


Su secretario de Educación había fallecido inesperadamente
, lo que suponía un reto pero también una oportunidad. El joven y talentoso López Obrador había intentado implementar un programa radicalmente democrático como líder del PRI estatal, al imponer una estricta vigilancia comunitaria sobre los diecisiete presidentes municipales y sus presupuestos. Los alcaldes se habían unido en protesta y el gobernador se había visto obligado a ponerse de su lado.

Ahora veía que podía solucionar el problema nombrando a López Obrador en un nuevo cargo. Pero sabía que podría encontrar dificultades, ya que el joven político tenía un temperamento audaz y una forma persuasiva de expresarse, por lo que también había convocado a Peralta Burelo, un tipo más sofisticado y filosófico que era su oficial mayor. El gobernador se dirigió primero a Peralta Burelo: “He decidido que usted vaya a ser secretario de Educación”.

Peralta Burelo le agradeció su confianza y se levantó de su asiento para estrechar la mano y marcharse. “No, siéntese, siéntese”, dijo el gobernador. Luego se volvió hacia López Obrador: “Y he decidido que usted se vaya a la Oficialía Mayor”.

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Esto significaba un ascenso. Como presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, López Obrador tenía poder real, pero no era un cargo en el gabinete. El de oficial mayor solía ser el tercer cargo más importante en un gobierno estatal, después del gobernador y el secretario de Gobierno. Aunque era una función mucho más administrativa que política, ponía a uno a cargo de la contratación pública. A menudo, quienes lo ocupaban se enriquecían considerablemente, pero el gobernador sabía lo mucho que el joven funcionario despreciaba la corrupción. Por lo tanto, el nombramiento podía considerarse tanto una declaración pública de confianza en él como un compromiso renovado con el buen gobierno. Los funcionarios estatales no se enriquecerían a costa de López Obrador. Pero López Obrador no dijo nada.

Intuyendo la tensión, Peralta pensó que lo más diplomático era dar las gracias de nuevo al gobernador, levantarse para marcharse y desearle una buena tarde. López Obrador, sin decir nada, captó la señal y se marchó con él. Peralta sugirió que fueran juntos a la Oficialía Mayor para poder hacer un traspaso formal y presentar a su sucesor al equipo. Poco después, Peralta se marchó para asumir formalmente la Secretaría de Educación. Más tarde se enteró por su antigua secretaria de que una de las primeras medidas de López Obrador fue solicitar una máquina de escribir.

Una muestra de rebeldía


A continuación, se marchó en busca de su amigo y confidente Alberto Pérez Mendoza, a quien había nombrado a principios de año secretario de información del PRI estatal. También buscó a Rocío, que tenía un trabajo en el gobierno en otro lugar, y mientras caminaban a casa para comer discutieron su difícil situación. Ella le preguntó: “¿Por qué aceptas un cargo que no vas a ocupar?”. Era una pregunta retórica. Su marido no tenía intención de aceptar el puesto.

Rocío Beltrán, primera esposa de López Obrador, fue una de sus principales confidentes y compañeras durante su trayectoria política | Especial


Por la tarde, López Obrador regresó a la Oficialía Mayor con Pérez Mendoza. Se encerraron en una oficina con la máquina de escribir y redactaron una carta de renuncia. Quizás no se lo había comunicado a [el gobernador] González Pedrero de inmediato por deferencia, para no hacer una escena delante de Peralta. Quizás quería discutir primero el asunto con Pérez Mendoza, para ver si había algo en su proyecto de democratizar el PRI de Tabasco que pudieran rescatar. Sin duda quería discutirlo con Rocío [Beltrán], ya que dimitir, y sobre todo hacerlo con una muestra de rebeldía, haría que quedarse en Tabasco fuera incómodo, si no imposible. La verdad era que todavía le dolía, tanto su destitución como presidente del partido como la reprimenda semipública que le había dado González Pedrero unas semanas antes. Como confirmación de que estaba fuera de lugar en la Oficialía Mayor, se dio cuenta de que, al igual que Peralta, sus funcionarios vestían a la moda y lucían relojes caros.

López Óbrador fechó su carta al día siguiente. Decía:

“Desde siempre mi trabajo lo he dedicado a servir a los intereses mayoritarios de mi pueblo. Hoy, usted me brinda la oportunidad de ocupar el honroso cargo de oficial mayor de Gobierno que sinceramente siento me aleja de ese propósito fundamental”.
“En consecuencia, agradezco la intención y el apoyo que siempre obtuve de su parte, esperando comprenda mi renuncia, que con carácter irrevocable le estoy presentando”.
López Obrador decidió renunciar a la Oficialía Mayor de Tabasco, cargo que consideraba alejado de su propósito de servir a la población | Especial


Conocemos el contenido de la carta porque López Obrador o Pérez Mendoza distribuyeron copias a la prensa, en la que apareció debidamente el 17 de agosto [de 1983]. Los cronistas de Tabasco siguen conservando copias en sus archivos. Hay que reconocer que, cuando González Pedrero recibió una llamada de los editores de los periódicos de Tabasco, entre ellos el director de Presente, Jorge Calles Broca, preguntándole si debía publicar la carta, el gobernador respondió afirmativamente. Es posible que tuviera remordimientos.

En cualquier caso, la carta demostró un compromiso con las convicciones por encima del atractivo de un trabajo cómodo y un ascenso en la vieja escala política. Del mismo modo, resultó ser otro ladrillo en el pedestal que él mismo se había construido como leyenda local. También lo fue el hecho de que, en respuesta a su destitución de la dirección del PRI, casi todo el personal que había contratado para el Comité Directivo, junto con docenas de activistas locales, dimitió en solidaridad.

El programa “Piso, fogón y letrina”


López Obrador siempre había admirado a González Pedrero, veintitrés años mayor que él, desde que lo conoció en la UNAM, donde impartía clases en la Facultad de Ciencias Políticas. Al igual que muchos gobernadores de Tabasco, González Pedrero había forjado su carrera en la Ciudad de México, primero (de forma poco tradicional) como académico y luego como político y funcionario. Bajo el mandato de Luis Echeverría, ocupó el cargo de senador y, durante tres años, el de secretario general del PRI, al tiempo que seguía impartiendo clases.

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En el sexenio de José López Portillo, dirigió la comisión de libros de texto gratuitos de la SEP. Tenía fama de ser una de las mentes más brillantes del ala izquierda del PRI. Algunos críticos lo tildaban de comunista, acusación que él se apresuraba a negar, especialmente cuando se presentó a gobernador. El hecho de que su esposa fuera cubana pudo haber contribuido a esta impresión. Se trataba de Julieta Campos, una célebre novelista e intelectual por derecho propio, que compartía la pasión de su marido por mejorar la condición de los pobres.

Cuando López Obrador trabajó para la campaña de González Pedrero en el otoño de 1982 –tras haberlo visitado anteriormente en Ciudad de México para decirle que simpatizaba con sus ideas– impresionó al candidato con su conocimiento del estado, especialmente de sus comunidades rurales. Esto resultó muy útil para un aspirante que había vivido fuera de Tabasco desde antes de asistir a la escuela primaria. “Lo empecé a observar y vi su sensibilidad, su apreciación política. En fin, su vocación política”, le diría González Pedrero a la biógrafa Blanca Gómez. “Andrés Manuel jugó un papel muy importante en la campaña por su conocimiento directo de la gente como del estado”.

Raúl Ojeda Zubieta, un destacado empresario, afirma que tradicionalmente los candidatos del PRI no hacían campaña para gobernador, sino que realizaban una gira triunfal por el estado, como ocurría en gran parte de México. Por el enfoque muy diferente de González Pedrero, le servía bien el apoyo de su joven aliado. “Le fue muy útil a don Enrique esa presencia de Andrés en los rincones más apartados de Tabasco”, afirma Ojeda. “La gente del pueblo creía en él”.

Tras su salida de la dirigencia estatal del PRI, decenas de colaboradores y activistas renunciaron en solidaridad con López Obrador | Fototeca MILENIO


Como activistas, González Pedrero y López Obrador estaban muy en sintonía. El lema de González Pedrero era “Que hable Tabasco”, lo que implicaba que habría un proceso constante de consulta con el electorado, y López Obrador se sentía como pez en el agua organizando sus reuniones; había hecho lo mismo como coordinador del INI [Instituto Nacional Indigenista] en la Chontalpa. La plataforma de la campaña se centró en “Piso, fogón y letrina”, una promesa a los tabasqueños más pobres que carecían de una o más de estas comodidades básicas para el hogar. La frase causó cierta hilaridad, incluso burla, en los círculos de la élite, ya que los candidatos solían ofrecer promesas mucho más grandilocuentes.

Pero para López Obrador, que había estado pensando en esas necesidades desde sus conversaciones con Carlos Cerino en la UNAM, la promesa era una prueba de la empatía de González Pedrero con el pueblo.

Un mes antes de las elecciones, el candidato dispuso que fuera nombrado director del Centro de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, donde analizó las necesidades del estado y ayudó a perfeccionar las propuestas políticas.

El lema “Que hable Tabasco” planteaba una campaña basada en la consulta constante con la población y la escucha de sus necesidades | Especial


Posteriormente, el vencedor lo nombró, a los 29 años, presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, a pesar de que, según afirma en sus memorias, nunca había militado como miembro. En cierto modo, el cargo representaba una continuidad. Reclutó para el partido a muchos de sus antiguos colegas del INI. Durante la campaña, una de sus funciones había sido garantizar que los candidatos del PRI a las presidencias municipales se comprometieran con el programa “Piso, fogón y letrina”. Ahora estaba decidido a asegurarse de que cumplieran todas sus promesas. El reto era que, por tradición, los alcaldes a menudo no lo hacían. Para muchos, su prioridad era enriquecerse a sí mismos y a sus amigos.

Así que, con la bendición de González Pedrero, López Obrador decidió reformar el aparato del partido a nivel de base –los cientos de priistas comunes que habían ayudado a conseguir votos–, que normalmente sólo se movilizaba durante las campañas electorales. Los convertiría en sus ojos y oídos. Convocó asambleas en cada municipio y celebró elecciones para los comités encargados de supervisar al gobierno local y ofrecer retroalimentación; algunos comités locales ya existían, pero sus líderes siempre habían sido elegidos por los funcionarios del partido y los propios presidentes. 

Todos los elegidos debían recibir adoctrinamiento sobre el papel del PRI, que se remontaba a la década de 1920, como mecanismo responsable de llevar los beneficios de la Revolución al pueblo, especialmente a los más necesitados de la sociedad, y de promover la ideología del nacionalismo revolucionario. López Obrador hizo que los diecisiete miembros de su Comité Directivo, cuidadosamente seleccionados, también recibieran adoctrinamiento.

El proyecto de López Obrador pretendía convertir a los militantes del PRI en enlaces entre las comunidades y las autoridades municipales | Especial
López Obrador escribió más tarde: “En consecuencia […] cuando las bases comenzaron a elegir a sus dirigentes, se empezó a tener un partido auténtico, con fuerza, que servía como órgano de intermediación entre el pueblo y el gobierno”. Durante demasiado tiempo, pensaba él, el partido se había distanciado de la población y muchos de sus líderes velaban principalmente por sus propios intereses. Denominó su proyecto “democracia popular”.

Los priistas veteranos y los municipales se quejaron


Arturo Núñez, un tabasqueño que ascendía en las filas del PRI nacional, consideraba que el enfoque de López Obrador era demasiado conflictivo. Estaba creando sus comités sin consultar a los presidentes. En algunos casos, estaban presididos por el principal rival del alcalde. “Fue un caso de ‘Pueblo chico, infierno grande’. Las pasiones, los odios, acrecentados”.

Quince de los diecisiete presidentes municipales de Tabasco querían que López Obrador dejara la dirigencia estatal del PRI | Octavio Hoyos
Pedro Jiménez León, entonces funcionario del gobierno de Villahermosa y más tarde priista destacado a nivel estatal, va más allá y afirma que las reformas de López Obrador estaban fundamentalmente impulsadas por la ambición: “El deseo de Andrés nunca fue democratizar al PRI. El deseo de Andrés era acumular en el PRI el mayor poder posible, y que lo detentara él, para que él fuera el que decidiera las próximas candidaturas de presidentes municipales en la elección del ‘85, y desde allí construir su escenario para ser el gobernador”.

Según su propio relato, los impulsos reformistas de López Obrador se inspiraron en gran medida en el ejemplo de Carlos Madrazo, un exgobernador de Tabasco a quien el presidente entrante Gustavo Díaz Ordaz había nombrado jefe del PRI nacional en 1964. Madrazo había intentado democratizar el partido, haciéndolo más responsable ante la base, haciendo que se ocupara de una agenda social entre elecciones, emprendiendo proyectos de desarrollo y seleccionando a los candidatos a gobernador y a los líderes del partido mediante votación secreta de los miembros; también abogó por ese proceso de selección para los candidatos a presidente municipal. Tras once meses, la creciente resistencia de los gobernadores y otros veteranos del partido persuadió a Díaz Ordaz para que lo destituyera. Ahora, en el Tabasco de 1983, la historia parecía a punto de repetirse.

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Los priistas veteranos y los presidentes se quejaron. El gobernador respondió primero recortando el presupuesto de López Obrador. Para el verano, las quejas de los alcaldes habían tomado la forma de “¿Quién manda aquí? ¿El gobierno o el partido?”. Según un recuento, quince de los diecisiete querían que López Obrador fuera destituido. Así que el gobernador convocó una reunión con todos los presidentes y López Obrador para que cada uno pudiera expresar sus diferencias. Peralta Burelo, como oficial mayor, también estuvo presente. Para los alcaldes, el joven político estaba infringiendo el derecho constitucional de autonomía municipal. Para López Obrador, aquellos se comportaban como caciques autocráticos. Algunos se negaban a destinar ni siquiera el diez por ciento de sus presupuestos a necesidades sociales. Su respuesta había sido fomentar “el poder popular”. González Pedrero decidió ponerse del lado de los presidentes. “Andrés Manuel”, le dijo el gobernador, “esto no es Cuba”.

Servir a los intereses mayoritarios del pueblo


Fue un desaire humillante en varios sentidos. En primer lugar, González Pedrero parecía distanciarse de la izquierda radical a costa de López Obrador. Durante su campaña, había encargado a Peralta Burelo, entonces su jefe de prensa, que le ayudara a superar su imagen de “comunista” para ganarse mejor la confianza de la élite del poder local. “Esto no es Cuba” sugería que si alguien era comunista, ese era López Obrador. En segundo lugar, la frase sugería que el líder del PRI de Tabasco se había comportado como un autoritario, y sin embargo López Obrador estaba convencido de que los verdaderos autoritarios eran los presidentes.

La respuesta de González Pedrero a la presión fue, por tanto, una doble traición: a sus propios ideales democratizadores y a López Obrador como su representante. En tercer lugar, era el tipo de frase memorable que estaba destinada a repetirse después, una vez que los alcaldes comunicaran su victoria a sus amigos y a la prensa. Y así sucedió. Varias semanas después, cuando López Obrador envió copias de su carta de renuncia a los medios de comunicación de Villahermosa, su jugada fue un intento de recuperar el control del discurso público. Se le había acusado de intentar convertir Tabasco en Cuba, pero lo que realmente quería era “servir a los intereses mayoritarios de mi pueblo”.

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“Quería lucir”, concluye Núñez. “Pudo decir: ‘No, gracias. Quiero trabajar con el pueblo’. Su espectacularidad política empezó a sobresalir”.

Por ahora, sin embargo, López Obrador no veía ningún futuro político para sí mismo en Tabasco. Temiendo represalias por su carta publicada, abandonó rápidamente Villahermosa. Tras una breve visita a sus padres en Palenque, se dirigió a la Ciudad de México, donde Rocío y su hijo pronto se reunieron con él. Estaría ausente del estado durante cinco años.


GSC / MMM


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