Antonio despierta como todos los días, con la esperanza de tener un buen día en su trabajo, para seguir juntando dinero suficiente y sacar adelante a su familia, a su pequeña hija de nueve años pues desea que siga estudiando y pueda ser una profesionista.
La mañana es fría, apenas aparecen los primeros rayos de sol y Antonio se prepara para salir a la faena. Va por dos litros de leche a la tiendita, uno es para su esposa e hija y el otro para él, para preparar su estómago y protegerlo de la irritación que causa el fuego que emana de su boca. Y es que Antonio de 34 años de edad, es tragafuegos, actividad que realiza desde hace 19 años.
Termina el desayuno, con garrafa en mano sale del cuarto que renta muy cerca de la laguna del carpintero en busca de la materia prima para trabajar; toma el transporte, baja en la gasolinera más cercana al crucero donde hoy trabajará y compra 150 pesos de diesel… no va solo, le sigue su esposa e hija.
“Yo tenía 15 años cuando aprendí a lanzar llamas, lo aprendí solito; me salí de mi casa, allá en San Luis Potosí y desde entonces ando en varias ciudades entreteniendo a la gente”, dice mientras vierte el diesel de la garrafa a una botella.
Antonio está instalado en el semáforo del cruce de la avenida Hidalgo y Marqués de Guadalupe, espera el cambio de la luz verde a la roja para realizar el primer acto, enciende la mecha, vierte un poco del líquido flamable en su boca mientras los autos hacen alto… con fuerza sopla hacia el frente y sale la primera llamarada, solo tiene 30 segundos para mostrar su habilidad, le alcanza para lanzar otra llamarada ante la mirada insólita de la gente que se encuentra arriba de sus automóviles.
Corre para pedir la ayuda económica, el tiempo se agota antes de cambiar nuevamente de color el semáforo… Algunas personas voltean sus caras, uno que otro baja el vidrio para dar una moneda, otros hacen como que no ven y pasan de largo, pero la sonrisa del señor Toño no se quita de su rostro, se muestra optimista pues el día apenas inicia.
“Aquí me la paso de ocho hasta 14 horas trabajando depende de cómo esté el día, hay gente que si nos da y hasta una sonrisa nos regala, otros ni voltean a vernos pero yo correspondo a todos de igual manera, con una sonrisa y gratitud”.
Las horas siguen su curso, los ojos de Antonio están irritados, tal vez por el calor del fuego, tal vez por la larga jornada. Ahí, junto a él aún está su esposa apoyando su labor, también lucha hombro a hombro, aunque su mirada de pronto es de preocupación pues apenas han juntado para sacar el costo del diesel y aún falta sacar para la comida de mañana.
“Todos los días tengo que salir a trabajar, no importa si hace calor, llueva, o haga frío si no no comemos. En la mera pandemia aquí anduve”, afirma mientras descansa un momento.
Durante los 19 años y medio que tiene de tragafuegos, platica que son pocas las personas generosas “un día, un señor en Querétaro me dio 500 pesos, en realidad hay poca gente generosa, aquí en Tampico, lo mucho que me han dado son 100, y yo no pido mucho, con que cada persona que pase por aquí me de un pesito, con eso hago el día”.
El diésel está por terminarse, y también la jornada laboral. Antonio recoge su equipo, toma de la mano a su esposa e hija, va contento pues por hoy el fuego, el aire y las ganas de salir adelante le han dado más que 30 segundos para sobrevivir.
SJHN