• Desfile militar, una ola de emociones que invadió el Centro Histórico

Entre niños personificados como soldados y banderas cubriendo la plancha del Zócalo, se llevó a cabo el Desfile Militar por el Día de la Independencia este año.

Ciudad de México /
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Pese a lo tosco del uniforme camuflado, verde olivo o gris o negro o azul, el pesado casco, los lentes tácticos, las armas largas que portan en las manos o al hombro o en la espalda, la postura ruda, erguida e imponente, sobre los tanques de guerra, y hasta las caras serias pintadas de negro, al final, sonríen. Y voltean a ver al público que los vitorea a gritos y con el corazón.

Soldados, cadetes, tenientes, cabos, oficiales de todos los rangos, de distintos contingentes, de misiones variadas, del Ejército, la Marina, la Guardia Nacional, el Heroico Colegio Militar, mueven la mano, con guante negro o blanco, y saludan con entusiasmo al avance de su escuadra, ya sea caminando o a bordo de alguno de los vehículos que también causan admiración entre quienes, por horas, esperaron el inicio del desfile cívico militar del Día de la Independencia y aguardan sin prisa el final de la parada castrense.

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Los soldados, hombres y mujeres, más amables, se arrancan el parche de su brazo que los identifica como miembros de tal o cual agrupamiento, y los arrojan a la multitud en la calle Cinco de Mayo, en el Centro Histórico, que, extasiada, los atrapa en el aire y se los coloca en sus prendas. Porque están ahí por ellos, para admirarlos, para agradecerles su amor a la patria, por las muchas veces que han dado la cara por México, ya sea contra los delincuentes o ante los desastres que nos quiebran el alma.

“¿Qué pienso? No, mejor dicho: ¡qué siento! Un orgullo de contar con personas tan valientes que, a pesar de todas las adversidades que pasan, de alguna forma, siempre en los momentos más difíciles dan la cara por la gente como nosotros; entonces, siento un orgullo, una emoción, muy grande”, dice la señora Diana Moguel, de Tuxpan, Veracruz, cuya hermana sirve en las filas de la Guardia Nacional, y que formada en la valla, era una de las asistentes más entusiastas al desfile.

Muchos de los destinatarios de esas insignias de velcro lanzadas por militares son niños y niñas, vestidos con uniformes hechos a su medida, cascos y gorros con los que emulan ser soldados y encaramados en las vallas que delimitan el paso de la avanzada, hacen el saludo militar al paso de sus ídolos y sueñan, en los hombros de sus padres o subidos en un banquito, con algún día “defender a la patria”.

El personal táctico de la Defensa pinta su rostro para camuflarse durante las operaciones militares. | Foto: Daniel Augusto

Amaya Nicole es una de ellas. Tiene 10 años y esta tarde, en la que vino desde Nicolás Romero con su abuela, sus tías y su mamá, está muy emocionada porque un marino le entregó en su mano, personalmente, su gorro blanco que dice “Marina” en letras azul marino.

“Yo estaba aquí y comenzaron a dar y yo me arrimé”, dice feliz.
—¿Y te lo entregó de mano?
—Ajá.
—¿Y qué le dijiste?
—Que muchas gracias y que es un honor.
—¿Tú quieres ser militar?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quiero proteger a mi país y a mi patria.

Diego tiene 10 años y también se toma muy en serio su papel imaginario de soldado. Ha acudido enfundado en un uniforme verde olivo ajustado a su tamaño, con casco, pasamontañas, lentes y botas tácticas. Desde la valla de Cinco de Mayo, hace un saludo, llevándose la mano extendida a la sien, a los soldados, que le regresan sonrientes el gesto militar.

“Quiero ser de las fuerzas armadas y voy a estudiar, primero en el Heroico Colegio Militar, y ya de ahí me meteré”, confiesa contento.

Su padre, René Martínez, dice que la idea de ser soldado viene de su bisabuelo, quien fue del Ejército.

“Fue militar en el campo de Temamatla, en el Estado de México, y ha visto fotos”, platica.

El desfile de nuestra fiesta nacional, del día más importante de nuestro país, no solo tiene diferentes rostros y colores, también es un concierto de múltiples sonidos, que inicia con el retumbar de los cañones que abren la ceremonia en el Zócalo capitalino.

Lo musicalizan, después, el rugir de las aeronaves que surcan los cielos al inicio, los suspiros de admiración del público al divisar en el aire a los paracaidistas que ya vienen cayendo, el incesante redoble de los tambores, el golpeteo de las botas militares sobre el suelo de las calles del centro de la Ciudad de México, los himnos que entonan nuestras tropas mientras trotan empuñando sus armas, el run run de camiones, tráileres, tanques y todo tipo de vehículos blindados que se lucen entre la población, el relinche de los caballos, el clac clac de sus cascos al pasar, las instrucciones sonoras de las trompetas, los aplausos permanentes y hasta los gritos de: “¡Voltea, guapo!”, que lanzan las más atrevidas hacia los uniformados más tímidos, quienes apenas esbozan una sonrisa al escuchar el elogio, e incluso las aclamaciones populares cuando, al final, aparece el ‘batallón’ de barrenderos listos para dejar la ciudad limpia tras la parada militar.

Hay, igualmente, muchos gritos de emoción, como el de la señora Esther Gómez, de 60 años, que no se cansa de gritar: “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!”, al paso de cada contingente, y que se exacerba cuando algún uniformado voltea a verla y le sonríe.

“Siento mucha euforia de verlos, hay muchas mujeres”, dice alegremente.
Mujeres también encabezan el desfile militar en CdMx. | Foto: Daniel Augusto

También hay sonidos menos estruendosos, voces que se dicen en corto, casi al oído, como las pocas palabras que Rojas, un oficial de Fuerzas Especiales del Ejército —uniformado completamente como si fuera a combate: boina verde, lentes oscuros, rostro pintado, lanzacohetes en la mano, fusil en la espalda y pistola en la cintura— le dijo a su hijito en la esquina de Palma, unos minutos antes de que iniciara el desfile, cuando pudo darse una escapada de su formación para ir a saludar y besar a su esposa y su niño, que vinieron a verlo desfilar desde el Estado de México, y regalarnos, cuando se hincó para ver a su hijo a los ojos, a quienes lo vimos, una de las escenas más conmovedoras de la jornada, porque al final, debajo de lo tosco del uniforme, de los rostros serios y rudos, están ellos: los seres humanos que aman a su patria, que sonríen a quienes los admiran y que sienten un profundo cariño por los suyos.

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  • Rafael Montes
  • Egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Reportero desde 2008. En 2016 se incorporó al equipo de Grupo MILENIO para cubrir Política y asuntos especiales para diario, web y televisión. Aunque sus temas favoritos actuales son transparencia y rendición de cuentas, también le gustan las historias de la gran ciudad.

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