DOMINGA.– Irán Sosa tenía 37 años, buena pareja, un trabajo estable y una profesión. Tenía “todo” lo que necesitaba para convertirse en madre en la Ciudad de México. Y aun así, había días en los que despertaba convencida de que sería madre y otros en los que pensaba justo lo contrario. Un ir y venir. “Uno de mis mayores miedos era el del arrepentimiento, como la mayoría te lo repite”.
Entonces hizo algo que parecía sencillo. Buscó una comunidad de mujeres que hubiera tomado la misma decisión. “No pretendía ser la única morra loca que no quiere tener hijos”, dice. Pero en esa búsqueda encontró un vacío mucho más grande: el del lenguaje.
Hay palabras que, cuando describen a una mujer que decide no maternar, lo hacen desde la ausencia: mujer “sin hijos”, mujer “infértil”. Como si fuéramos alguien a quien le falta algo. También encontró que no existía una comunidad así en español.
Encontró varios grupos en inglés. Algunos estaban unidos por el hate a las madres o al tener infancias. Y eso tampoco era lo que buscaba. “Desde mi no maternidad sólo estoy planteando: ¿cómo puedo colaborar con las que sí son mamás? Todas las mujeres nos necesitamos más allá de si maternamos o no”.
Irán comenzó a preguntarse por qué las palabras disponibles en español, inglés o alemán para nombrar a una mujer que no tiene hijos suelen construirse alrededor de aquello que no se tiene. Si algo no se nombra, permanece invisible. Entonces decidió buscar otra palabra. No para negar la maternidad. No para definir desde la carencia.
Así nació Nunca Madres. Irán la cofundó junto con Isabel Cortés, financista y negociadora internacional colombiana. Después de varias conversaciones, ambas decidieron apostar por la educación y la creación de conciencia para que las personas entendieran que la no maternidad también puede ser una opción válida y respetable.
Hoy, Nunca Madres es una comunidad en Instagram que reúne a más de 47 mil mujeres, principalmente de México, Colombia, Argentina, Chile, Perú y España, de entre 25 y 40 años.
Organizan talleres para acompañar a las que atraviesan el proceso de decidir si quieren ser madres o no. También ofrecen las llamadas “Solu-sesiones”: encuentros personalizados, espacios de desahogo, escucha, acompañamiento y guía desde su experiencia y conocimiento. Además organizan conversatorios con especialistas invitadas en temas como finanzas y ginecología.
La premisa es sencilla y rompe con una idea arraigada: no tener hijos también puede ser una decisión responsable, una identidad y un proyecto de vida. Podemos no ser madres y seguir siendo mujeres completas.
“Para mí lo primero y más importante es la autonomía corporal. Si tú decides ser mamá, qué chingón; pero si yo decido no ser mamá, también qué chingón”. Ese mantra terminó convirtiéndose en el eje de su vida. Pero esta comunidad no nació para enfrentar a las mujeres que tienen hijos con las que decidieron no tenerlos. Irán cree, justamente, que esa división es parte del problema.
“El sistema nos quiere así, separadas”. La pregunta que plantea es otra: “¿Cómo aprendemos todas a caminar juntas?”
¿Maternidad? ¡Ni madres!...
Irán es publirrelacionista y maestra en Políticas Públicas y de Género. Está casada. La decisión de no tener hijos no llegó acompañada de una certeza absoluta. Llegó con temor. Y aun así había días en los que despertaba convencida de que quería ser madre y otros en los que pensaba exactamente lo contrario.
Irán había trabajado en el gobierno y conocía de cerca el problema de escasez de agua en Ciudad de México. Pensaba en el futuro ambiental, en el cambio climático, en el agua. La pregunta terminó formando parte de su decisión. “No hay forma que traiga una vida nueva a un potencial sufrimiento”.
En México, de acuerdo con la encuesta Global Trends 2026, que recoge las percepciones de habitantes de 38 países, 88% de los entrevistados considera que el mundo se encamina hacia un desastre ambiental.
Pero había otra preocupación más cotidiana: cómo se repartirían ella y su pareja las tareas de crianza. “En un sistema capitalista y patriarcal como en el que vivimos, definitivamente, el tema de las tareas de cuidado y de crianza iban a recaer 90% en mí”.
No lo plantea como una acusación contra su pareja. Lo plantea como un problema estructural. Por más voluntad que exista de un hombre para compartir la crianza, el sistema laboral está diseñado de otra manera. “El sistema es más grande que mi pareja y simplemente las licencias de paternidad son de cinco días”. La maternidad, en otras palabras, puede ser una decisión de dos, pero sus consecuencias cotidianas siguen recayendo de manera desigual sobre las mujeres. Y mientras Irán intentaba responder qué vida quería para sí, México comenzaba a hacerse otra pregunta: ¿por qué cada vez nacen menos niños?
México se queda sin bebés: baja la tasa de natalidad
La historia de Irán ocurre mientras los demógrafos entienden la transformación que atravesamos: México está teniendo menos hijos. Y la velocidad del descenso ha sorprendido a quienes llevan décadas estudiando la población, como lo dice en entrevista, Víctor Manuel García-Guerrero, demógrafo de El Colegio de México.
De 2017 a 2025, en sólo ocho años, los nacimientos se desplomaron casi 40%. Los nacimientos registrados en hospitales públicos comenzaron a caer de manera sostenida. En ese lapso de tiempo, en el ISSSTE hubo una reducción de 48.2%. Y en el IMSS, una reducción superior a 36%, de acuerdo con una investigación de datos realizada por MILENIO y Martín Szyszlican, de Abrimos.info.
La Encuesta Intercensal 2025 del Inegi dibuja el mismo cambio: la tasa global de fecundidad cayó de 1.9 hijos por mujer a 1.2 en cinco años. En la Ciudad de México llegó a 0.8, la cifra más baja del país.
Pero el descenso no tiene una sola explicación. Un estudio cualitativo publicado en 2026 en el Vienna Yearbook of Population Research, “¿Aplazamiento o limitación? Mecanismos de las intenciones reproductivas en el contexto de fecundidad más baja de la Ciudad de México”, realizado por los demógrafos Nathaly Llanes Díaz, Víctor M. García-Guerrero y Paula Martes-Camargo, exploró qué hay detrás de las intenciones reproductivas en la capital mexicana.
Las 35 mujeres entrevistadas hablaron de obstáculos distintos que terminan encontrándose en un mismo lugar. El primero es el material. “Hoy por hoy la vida es más cara, los sueldos son más bajos”, dice Irán. La vivienda se convirtió en otro muro. “En Ciudad de México, el tema de acceso a vivienda es carísimo”. La decisión de tener un hijo comienza entonces a competir con algo más elemental: poder sostener la propia vida. Precariedad laboral. Desempleo. Vivienda. Costo de los cuidados.
Ahora bien, para algunas mujeres, tener hijos comienza a competir con otros proyectos. Estudiar. Consolidar una carrera. Viajar. Construir independencia económica. La maternidad deja de ser una estación obligatoria y empieza a competir con otras formas de imaginar una vida. Eso también modifica el calendario. No necesariamente significa “no quiero”. A veces: “Ahora no puedo”. Y ese “ahora no”, con el tiempo, podría convertirse en un “ya no”.
En México, la maternidad continúa estrechamente relacionada con la vida en pareja, a diferencia de otros países. Pero encontrar pareja tampoco es una variable menor. “La conexión humana se está rompiendo y cada vez es más complejo encontrar pareja”, dice Irán. No se trata solamente de encontrar a alguien. Se trata de encontrar a alguien con quien compartir una vida y, eventualmente, la crianza.
El empleo funciona bajo reglas que dificultan la crianza presente
La maternidad contemporánea también tiene nuevas exigencias. La llamada crianza positiva elevó el estándar de lo que significa ser una “buena madre”: estar presente, acompañar, estimular, cuidar, educar, atender. El problema es que “tenemos un sistema que laboralmente no te garantiza poder cubrir esa crianza”, sintetiza Nathaly Llanes Díaz, investigadora de El Colegio de México. La paradoja es evidente: se espera una crianza cada vez más presente mientras el mercado laboral continúa funcionando bajo reglas que la dificultan.
La pandemia llegó en medio de esta transformación. “La pandemia vino a quitar las certezas y a dar incertidumbre”. Para Irán funcionó como un espejo, pues le permitió mirar de cerca la vida de sus amigas que eran madres. Mujeres que durante el confinamiento trabajaban, cuidaban, educaban, administraban la casa y sostenían emocionalmente a sus familias. Cuatro turnos de trabajo.
“Son cuatro turnos laborales que ni se reconocen, ni se agradecen y sólo se te remunera, y de medio tiempo, el profesional”. Ahí Irán terminó de mirar la maternidad desde otro lugar. “Vi de forma muy cercana la carga de cuidados y crianza que implicaba ser mamá en el siglo XXI”. Y decidió que esa no era la vida que quería. Su decisión personal, sin embargo, ocurrió dentro de una transformación colectiva.
¿Fue el covid-19 un punto de inflexión? La respuesta todavía no está escrita.
La caída de la fecundidad había comenzado antes de la pandemia, en 2017, y responde a múltiples factores. Pero el covid-19 pudo haber acelerado algunas decisiones: modificó la relación con el trabajo, con la enfermedad, con la muerte, con el cuidado y con la incertidumbre. Pero, sobre todo, hubo una juventud que chocó de frente contra la fragilidad de la vida. José Antonio Pérez Islas, investigador y coordinador del estudio “Jóvenes en México 2026”, elaborado por el Observatorio de la Juventud Iberoamericana de la Fundación SM, encontró precisamente esas dos preocupaciones entre los jóvenes. La enfermedad y la muerte.
Preocupaciones que, de acuerdo con su experiencia al comparar distintas generaciones, no aparecían anteriormente. “Son fundamentalmente hijos de la pandemia”, explica.
El demógrafo Víctor Manuel García-Guerrero lo plantea con cautela: “No sé si sea un efecto poscovid-19, pero también ya habla de una sociedad madura que está reaccionando ante la incertidumbre y eso también es una buena noticia”. Por eso, quizá la pregunta no sea si la pandemia “provocó” la baja de la fecundidad. Si no si aceleró una transformación que ya estaba en marcha.
Cuando la familia pequeña vivía mejor…
Durante décadas, México tuvo una política demográfica que buscaba contener el crecimiento de la población. “La familia pequeña vive mejor” fue la gran campaña creada por el Consejo Nacional de Publicidad cuando el promedio era de siete hijos por mujer. El mensaje formó parte de una transformación histórica: reducir el crecimiento poblacional. Ahora el péndulo demográfico se encuentra en otro extremo. Hay menos nacimientos. La población envejece. Y la velocidad del cambio obliga a replantear políticas públicas. Hoy la familia llega a tener en promedio 1.2 hijos.
Después de conocer los resultados de la Encuesta Intercensal 2025, la presidenta Claudia Sheinbaum mostró preocupación y reconoció que el fenómeno debía estudiarse desde distintas disciplinas antes de diseñar respuestas. “Primero hay que analizar qué está pasando”. No se trata simplemente de convencer a las mujeres de tener más hijos. La propia presidenta señaló que en otros países los incentivos económicos o las campañas para aumentar la natalidad no necesariamente han producido los resultados esperados.
Los demógrafos del Colegio de México también advierten que, en países europeos, las políticas pronatalistas –medidas que implementan los gobiernos para incentivar a las familias a aumentar las tasas de natalidad– han contribuido en algunos casos a contener la caída, pero no han conseguido devolver las tasas al nivel de reemplazo de 2.1 hijos por mujer.
El temor a un embarazo de alto riesgo
Después están los años. Las mujeres entrevistadas en el estudio del Vienna Yearbook of Population Research, identifican alrededor de los 30 una frontera cargada de ansiedad: el temor a un embarazo de alto riesgo, a problemas de salud o a que un hijo pueda nacer con alguna discapacidad. Y ahí aparece una de las claves para entender la caída de la fecundidad. No todas las mujeres que tienen menos hijos han dejado de desearlos. Algunas simplemente dejaron de encontrar las condiciones para tenerlos.
En Nunca Madres hay mujeres que llegan con una frase que, para Irán, resume una parte de esta transformación: “Yo sí quiero ser mamá, pero no puedo ser mamá”. Ella llama a eso “infertilidad social”. Desde hace tres años, dice, son cada vez más frecuentes las mujeres que llegan a la comunidad deseando ser madres y encontrándose, en cambio, con una suma de condiciones adversas.
No es infertilidad biológica. Es querer un hijo y sentir que la vida que se tiene –el salario, el trabajo, la vivienda, la pareja, la salud emocional, las redes de apoyo– no alcanza para sostenerlo.
Quizá el problema no sea que las mujeres hayan dejado de querer ser madres, sino que siguen sin ofrecer las condiciones para que la maternidad pueda ser una decisión y no una hazaña. Durante años, Irán escuchó las preguntas y la presión social que tantas mujeres que no tienen hijos conocen de memoria.
“¿Y tú para cuándo?”, “¿Y no te vas a arrepentir?”, “Vas a ver que vas a cambiar de opinión”, “Cuando sea tu hijo va a ser distinto”, “¿No te da miedo quedarte sola?”.
Preguntas y señalamientos que ella misma experimentó terminaron convirtiéndose en parte de la razón para construir una comunidad.
Su testimonio personal y como cofundadora de Nunca Madres llegará también a un libro publicado por Planeta en octubre de 2026. Pero el propósito de la comunidad, insiste, no es producir nuevas “Nunca Madres”. Es acompañar una decisión. Y, sobre todo, ayudar a que esa decisión no se tome desde el miedo.
Las ‘Nunca Madres’ crean comunidad
Irán tiene una imagen para explicar qué significa para ella una comunidad de mujeres. “Si me voy a aventar quiero que estén ahí diez colchones; no me voy a romper. Voy a aventarme pero no al abismo”. La comunidad es ese colchón.
Los talleres y conversatorios de Nunca Madres también se ofrecen a empresas interesadas en abordar el tema de la no maternidad en el espacio laboral. Las mujeres que llegan a estos encuentros no necesariamente salen con una respuesta. Salen con algo que puede ser más importante antes de decidir: claridad y paz. Porque el objetivo no es convencerlas de no tener hijos. Tampoco convencerlas de tenerlos. Es que puedan preguntarse qué quieren y por qué lo quieren.
Decidir no ser madre tampoco significa vivir sin pensar en el futuro. Implica construir otras redes. Planear la vejez. Cuidar las amistades. Hacer acuerdos con la pareja. Construir, en suma, una familia elegida. Durante décadas, la familia fue también una red informal de cuidados: padres, hijos, nietos, hermanos. Ahora esas familias serán más pequeñas. Y algunas personas ni siquiera tendrán hijos.
La pregunta terminará siendo inevitable: ¿Qué red vamos a construir para cuidarnos cuando seamos viejos? Quizá ahí se encuentre una de las conversaciones que apenas Mexico comienza a tener. Nunca Madres nació para nombrar una posibilidad. Para quitarle a una mujer el “sin”. Para decir que detrás de una decisión de no maternidad no hay ausencia. Puede haber una elección. Un proyecto. Una vida. Y quizá la pregunta ya no tenga que ser qué le falta a una mujer que no tiene hijos, sino algo mucho más sencillo: ¿Qué vida quiere construir?
GSC