Susana tiene unas piernas tan largas como su pelo religiosamente alaciado. Los hoyuelos que se dibujan debajo de sus ojos negros lucen casi tan coquetos como su sonrisa. Una auténtica bolsa Louis Vuitton descansa plácida sobre la mesa de mi sala.
“Sí bebé, lo más emocionante de mi trabajo es cuando me toca espiar a políticos”, comenta orgullosa a MILENIO mientras sorbe como pajarito un poco de agua mineral.
La veracruzana de caderas de infarto se convirtió en la escort del primo de un amigo desde hace algunos meses. Y tiene una historia que contar; la quiere contar.
La única y obvia reserva es que, en esta indagación para MILENIO, proteja su nombre verdadero o cualquier pista que pueda ponerla en el radar de lo que ella llama El Cisen (Centro de Investigación y Seguridad Nacional), un organismo de inteligencia del gobierno que ya no existe bajo ese nombre.
“Soy una Mata Hari”, me dice en referencia a la bailarina que realizó labores de espionaje durante la Primera Guerra Mundial.
El diputado federal que ha compartido noches de motel con ella no debe inquietarse. Tampoco el subsecretario de Estado ni el empresario de medio pelo que cayó bajo sospecha de traición ante uno de sus socios. Un famoso periodista de televisión también estuvo entre sus brazos. Susana cobra caro el servicio de una hora, pero puede dar descuentos si los clientes son amables o no detecta algún peligro que ponga en riesgo su integridad física.
Nadie la obliga a hacer su trabajo, o eso dice. De hecho, me lo juró más de una vez en nombre de su 'Santa Madre'. Tiene un chofer de taxi de toda su confianza. Nicolás la lleva y la trae a donde la inviten. Se queda estacionado cerca como un diablo guardián.
Un día hubo una amenaza de pleito justo afuera de mi casa y el señor salió del coche con una llave de cruz. Todos se amainaron y poco a poco se fueron yendo. Las noches son así a veces.
En aquella oscuridad trémula, ella y yo regresamos a mi casa. Quería escuchar más detalles de su historia. Sonrió, se sirvió otra agua mineral y me puso en la mesa un whisky en las rocas. Le pedí que me dejara anotar en una tarjeta para no olvidar lo contado. Cruzó las piernas y dio otro sorbo. Sacudió su melena. Su vanidad no tiene vergüenza.
El diputado federal al que se ha dado varias veces representa una de las historias más divertidas. Un adversario del señor le pagó una lana a la agencia de escorts que la promueve en internet. Mr. Legislador puso en Google la palabra “escorts” y de inmediato le apareció una página web que le ofrecía los servicios de varias sexoservidoras. Era la agencia convenida por la empresa contratada. Un malware o software malicioso redireccionó la búsqueda.
Unos minutos después le avisaron a Susana que tenía que ir a un conocido hotel del sur de la Ciudad de México.
La jefa le dio una instrucción simple: “Anota las cosas que diga el Señor”.
Susana ama sus rodillas
Así lo hizo. El diputado iba a cambiarse de partido. Se lo contó entre las sábanas sin que ella tuviera siquiera que preguntar. Un político cuyo nombre desconocemos quería obtener información sobre los planes del legislador.
“Lo más divertido es que los hombres son tan básicos que te cuentan sus secretos nomás para reivindicar sus supuestas posiciones de poder”, me dice entre risas.
Susana no solo tiene una licenciatura, está terminando su maestría en línea en un tema relacionado con la abogacía en la plataforma de una de las universidades más caras del país.
Me sorprende que utiliza palabras precisas, tiene una autoestima por encima del promedio, se goza a sí misma: la belleza de sus rodillas le provoca un extraño placer.
“No son picudas, están amoldadas, ¿o qué piensas?”, me consulta sabiendo la respuesta.
No bebe alcohol, pero me pide permiso para meterse una raya de cocaína. Le digo que no hay problema con eso, siempre y cuando podamos seguir platicando de detalles de sus clientes.
“No seas loco, tarado, no puedes publicar lo que te cuente, ya te inspeccioné y eres un periodista de investigación: no vas a joder a nadie si no tienes pruebas”. Ríe y sigue platicando.
La muchacha sabe con quién está hablando. Y le pagaré su cuota sin los beneficios de esa vibrante piel morena, pero con los derechos de escuchar secretos de gente que he visto muy oronda en redes sociales.
Una de las madrugadas más interesantes fue cuando me contó que otro político le adelantó que se integraría a un alto puesto en un gobierno estatal. Ella pasó esa información a la agencia de escorts y esta, a su vez, entregó un reporte con audios y fotos al contratante. Susana se siente orgullosa de moverse en el mundillo político mexicano, y se vuelve a ver las rodillas, se acaricia las caderas. Saca de la bolsa su celular.
“Invítame a una de tus fiestas de periodistas y me hago pasar por tu novia”, me propone.
Kiira y Yuzzu —mis gatas— la miran atentas. La muchacha lista cambia de conversación.
“¿Por qué quieres contar mi historia?”, me pregunta.
“¿Por qué quieres que cuente tu historia?”, le respondo.
Se levanta del sillón, pasea sus nalgas, me tienta una rodilla. “Ya viene el 14 de febrero, ¿me vas a invitar a mí o a tu novia?”.
La loca descarada de Susana conoce detalles de mi vida personal; llevamos varios meses platicando.
“¿No me crees, verdad?”, me dice agarrándose las tetas erguidas y medianas.
“No entiendo por qué quieres que cuente tu historia”, le digo.
“Es simple: quiero ser la puta escort (sic) que salga en las noticias, aunque nadie sepa quién soy”.
La contradicción me divierte. Algo quiere y aún no sé qué es. Tendré que contratarla otra noche para entender su misterio. El Día del Amor y la Amistad es el momento preciso para darle voz a una señora de pelos inmensamente largos e ideas misteriosas. Amén.
Epílogo: un comentario
No basta con contar una historia este 14 de febrero de 2026; creo que vale la pena dejar registro de una persona que desea ser contada. Su vida, sus contradicciones, su sonrisa, sus hoyuelos debajo de los ojos. Una probadita de que pasó por el mundo mientras Donald Trump se destruye a sí mismo.
Esto lo leerá su mamá, los hijos que algún día tendrá, sus amigas y colegas de oficio. Y probablemente el diputado. Susana sonreirá cuando salga en las noticias. Y yo probablemente me anime a contar más adelante sus emocionantes cuitas.
MD