Aunque lo olvidemos con frecuencia, en Norteamérica, mientras que Europa protagonizó dos guerras mundiales en el siglo pasado, México, Estados Unidos (EU) y Canadá acumulan más de un siglo y medio de paz.
No ha sido una relación exenta de desconfianza, pero, comparada con casi cualquier otra frontera del mundo, las nuestras han sido extraordinariamente estables.
Esa estabilidad puede y debe continuar porque sigue vigente la apuesta de fondo de quienes diseñaron el TLCAN hace más de tres décadas: concebirnos no como tres mercados separados, sino como un espacio productivo común.
El vehículo aún es el mismo, aunque hayamos cambiado varias veces de conductor y de siglas, y tengamos que recalibrar la ruta con cada nueva administración.
Vivimos, otra vez, un año bisagra para Norteamérica. En medio de un reacomodo geopolítico que resquebraja certezas, la asociación entre México, EU y Canadá prevalece pese a sus fricciones, que en los últimos 12 meses han sido notables.
Que estos tres países, con más de 500 millones de habitantes y un comercio combinado que ronda los 2 billones de dólares al año, decidan seguir profundizando su integración productiva responde a una geografía que no cambia y a unas cadenas de producción que llevan tres décadas entrelazándose, gústele a quien le guste.
La pregunta relevante en 2026 no es si conviene mantenerse juntos, sino en qué términos.
Este año, el resultado del ejercicio más importante para la región —la revisión conjunta del T-MEC— sigue abierto. El pasado 1 de julio, tal como marca el artículo 34.7 del tratado, los tres gobiernos se reunieron para decidir si extendían el acuerdo 16 años más, hasta 2042. México y Canadá se pronunciaron a favor.
Washington, representado por el USTR Jamieson Greer, optó por revisiones anuales durante la década que resta de la vigencia original. El tratado no desaparece, pero entra en una negociación casi permanente.
Ante ello, si ya era relevante tener Promotores de Norteamérica, hoy resultan indispensables ante las incertidumbres sobre temas que ya pesan en la relación.
Los aranceles sectoriales al acero, al aluminio y a la industria automotriz; las reglas de origen y el contenido regional exigido a cada producto; los debates migratorios y, sobre todo, de seguridad, cuya ausencia puede ser un obstáculo estructural para la inversión nueva y para la consolidación de unas cadenas de suministro que México, EU y Canadá construyeron y que ninguno de los tres puede permitirse desmantelar de golpe.
El comercio sigue siendo el ancla de esta cercanía. México es hoy el principal proveedor de bienes de EU, con una participación de mercado superior a 16 por ciento, por encima de Canadá y muy por delante de China.
Más de 4 de cada 5 dólares que exporta México tienen como destino el mercado estadunidense, una cifra que confirma la falta de diversificación real de nuestras ventas al exterior.
Para Washington, en cambio, los productos mexicanos representan una fracción menor de su comercio total: la relación vuelve a ser, por necesidad, más asimétrica que igualitaria.
Con Canadá, el vínculo comercial directo de nuestro país, es todavía modesto, aunque la cooperación en logística, energía, agricultura y minería avanza mediante el Plan de Acción México-Canadá impulsado por los liderazgos de Mark Carney y Claudia Sheinbaum.
ella dice..."México, Estados Unidos y Canadá son más fuertes
Juntos, porque juntos consolidan un poder que, por separado, ninguno de los tres alcanzaría México, Estados Unidos y Canadá"
Pero también está cambiando lo que México vende en Norteamérica. Durante décadas, el automóvil fue el gran símbolo de la integración manufacturera regional; hoy, los productos tecnológicos, los racks, los chips, las computadoras mismas comienzan a ganar terreno.
Se apunta a que la fabricación de servidores para inteligencia artificial (IA) será la muestra de esa transformación combinando manufactura avanzada y talento técnico que ya abre para México una nueva vía de integración de la IA a su economía.
Pero la relevancia de esta región no es solo comercial. Vale la pena detenerse en el argumento demográfico.
La edad mediana en Estados Unidos es de 39.1 años, en Canadá, de 40.8 y en México, de 30.5 —lo que arroja un promedio regional de 36.8 años—, claramente por debajo de los 44.9 de Europa y por abajo de los 40.6 de China, que, junto con sus vecinos asiáticos, enfrenta, además, el reto de la pérdida de población.
Una demografía más joven no es un dato menor: dinamiza el consumo interno, atrae inversión e innovación y alivia la presión sobre los sistemas de pensiones, variables que hoy pesan tanto como los aranceles en la competencia entre bloques económicos.
Ese argumento —promover Norteamérica como una sola entidad, y no como tres mercados que compiten entre sí— es lo que eleva la competitividad regional frente al resto del mundo.
Difícil no coincidir: México, EU y Canadá son más fuertes juntos, porque juntos consolidan un poder que, por separado, ninguno de los tres alcanzaría.
El verdadero examen anual que enfrentamos no se resolverá con un comunicado conjunto ni con una fotografía trilateral.
Se medirá en lo concreto: aranceles que bajen en lugar de subir, reglas de origen claras que no se reinterpreten cada año, certidumbre para quien decide invertir en una planta que tardará lustros en amortizarse, y una coordinación real en materia aduanera y de seguridad fronteriza e interna.
No basta con decir que somos socios; hay que demostrarlo cada vez que nos sentemos a negociar una nueva ronda, pensando, por supuesto —y así tiene que ser—, cada quien en sus ciudadanos y en sus intereses particulares, y en su soberanía pero también sabiendo que, si negociamos con altura de miras y con una visión transgeneracional, más que electoral, a largo plazo tendremos un mejor vecindario, precisamente, para nuestros tres pueblos.
Este es un año de amenazas arancelarias, sí, pero también de oportunidades: entre ellas, decidir con la cabeza fría cuánto vale la pena seguir construyendo esta región compartida.
Vivimos en un mundo donde resurgen los reflejos proteccionistas, baten los tambores de guerra y una decisión unilateral puede fracturar una cadena de suministro creada durante décadas.
Al mismo tiempo, vivimos un presente en el que empresarios, académicos, funcionarios y diplomáticos —mexicanos, estadunidenses y canadienses— trabajan todos los días para que Norteamérica siga siendo un proyecto compartido y no solo un tratado comercial.
A ellos les toca ahora, y por eso los reconocemos aquí, demostrar que la paciencia estratégica —no el arrebato ni la consigna, el vituperio ni la amenaza permanente— aún es la mejor apuesta para México, Estados Unidos y Canadá.
MGS