DOMINGA.– Donald Trump anunció un breaking news el pasado 29 de agosto con su habitual tono megalómano: “el mayor acuerdo petrolero de la historia”. Se refería al deal alcanzado con el gobierno venezolano, que encabeza la presidenta interina Delcy Rodríguez, por un total de 65 mil millones de barriles petroleros. Es decir 21 mil millones más que todas las reservas petroleras que posee Estados Unidos, o casi diez veces más que las reservas petroleras probadas de México. Muchísimo petróleo.
El anuncio sacudió a políticos, economistas, bolsas, y analistas por su magnitud. Aunque estuvo rápidamente teñido por las dudas. Se sabe, en esta época es necesario indagar dos veces, en particular cuando se trata de un anuncio de Trump con su tendencia a generar clickbait que no se corresponden con la realidad. Y además, por quien confirmó luego el acuerdo, o sea el Palacio de Miraflores en Caracas, acostumbrado por su parte a la opacidad numérica, es decir a dar poca información.
El acuerdo tuvo algunas precisiones contradictorias con el transcurso de los días. Las concesiones serían a cien años según la Casa Blanca, a veinticinco según Miraflores, con el protagonismo de la empresa North American Blue Energy Partners (Napeb), y un 35% de participación dentro de esa empresa para el Departamento de Guerra estadounidense, a través de su Oficina de Capital Estratégico. Petróleo directamente para aviones, buques de guerra o portaaviones gringos. La inversión sería de cien mil millones de dólares, sin precisión de quién pondrá esa montaña de capital ni en cuánto tiempo.
Chris Wright, secretario de Energía, se encargó en persona de aterrizar en Caracas para rubricar el acuerdo ante las cámaras, junto a Delcy Rodríguez. Ambos sonrieron, evitaron profundizar en el directivo de Napeb, Alejandro Betancourt, investigado por la justicia suiza y española por corrupción, una acusación también hecha desde el gobierno venezolano en 2019. Incluso el Departamento de Justicia tenía el ojo puesto en Betancourt por lavado de dinero, hasta que los fiscales federales de Miami cerraron la investigación semanas antes del anuncio. La política son los tiempos y algunos son evidentes.
Wright no fue a Caracas a debatir, ni a dar explicaciones, sino a llevar un mensaje con su presencia: Estados Unidos respalda al gobierno interino venezolano, logró que Caracas deponga sus banderas antiimperialistas y vuelva a abrirle los campos petroleros para uso exclusivo. Al menos en los papeles de un acuerdo que nadie vio.
Estados Unidos busca el petróleo de Venezuela desde 1921
No existe acuerdo sin contexto, aunque ambas partes lo presenten como despojado de los acontecimientos que comenzaron hace exactamente un año. Entonces Washington inició la llamada Operación Lanza del Sur, a través de la cual el Comando Sur militarizó el mar Caribe con el primer bombardeo a una lancha acusada de ser de narcotraficantes el día 2 de septiembre de 2025. Siguieron cuatro meses en el que cercó militarmente a Venezuela en un despliegue de buques, sobrevuelos y redes sociales.
Hasta que llegó el Día D: la madrugada del 3 de enero pasado, cuando Estados Unidos, por primera vez en la historia, bombardeó una capital sudamericana. No sólo Caracas, sino también puntos claves de la costa venezolana para la Operación Resolución Absoluta, que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, y su traslado al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn en Nueva York.
Con el país en shock, la gran pregunta que se abrió entonces fue qué seguía de acuerdo con los planes del campo vencedor. Y qué decisiones tomarían quienes, derrotados militarmente, quedaban en Miraflores.
La respuesta no se hizo esperar, Caracas optó por ceder ante lo que exigía Washington. Y lo que quiere Estados Unidos de Venezuela es lo mismo desde 1921 cuando desembarcó la Standard Oil Company de John Rockefeller: el petróleo. La ecuación es sencilla, Venezuela es la principal reserva petrolera mundial, Estados Unidos el principal consumidor, y sólo los separan seis días de navegación en aguas sin guerra. Eso, que siempre fue importante, lo es más aún en estos tiempos de guerra entre Estados Unidos e Irán, con el paso petrolero del estrecho de Ormuz en medio del fuego cruzado.
El resultado de esas negociaciones llegaron con el acuerdo petrolero anunciado el 29 de agosto pasado. Previo a eso, en enero, el Congreso venezolano con mayoría oficialista modificó la Ley Orgánica de Hidrocarburos de 2001, para flexibilizar la legislación a favor de los privados. Las señales enviadas desde Caracas fueron inequívocas para anunciar el fin de la etapa de la nacionalización de Hugo Chávez y la luz verde a la nueva apertura petrolera a empresas privadas. No todas las empresas, claro, sino aquellas insertas en el campo geopolítico aliado a Estados Unidos.
Eso significó, en simultáneo y sin anuncios, la renuncia de Caracas a desplegar cualquier geopolítica petrolera contraria a los intereses de Estados Unidos. Es decir con China, que se había convertido en el principal importador de crudo en el contexto del bloqueo petrolero estadounidense a Venezuela, o con Cuba, a quien Caracas dejó de enviar petróleo, agravando su situación hasta las zonas críticas en que se encuentra hoy la isla. La apertura petrolera significó el realineamiento a la Casa Blanca, que desde el mes de enero ve a Venezuela como su botín de guerra, y maneja directamente las cuentas donde ingresa el dinero del petróleo venezolano.
Trump no está interesado en la democracia de Venezuela
El cálculo de quienes quedaron en el poder en Venezuela es sencillo: ganar tiempo luego de la derrota. Para eso deben demostrarle a Trump que son confiables, que pueden garantizar sus intereses, aunque cueste una quinta parte de las reservas petroleras y el giro de 180 grados de la geopolítica del país. Aunque no existe, según analistas, un cambio radical en la idea de impulsar una apertura petrolera, en el marco de la industria estatal, Petróleos de Venezuela S.A, roída años de bloqueo y corrupción.
“Hay una realidad y es que esta política de apertura petrolera el gobierno venezolano ya la venía llevando a cabo desde antes del 3 de enero. A partir de ahí se profundizó en forma y fondo”, explica Bruno Sgarzini, analista geopolítico. Ese argumento es levantado por quienes, dentro del chavismo, defienden el canto de sirenas a los capitales privados del Palacio de Miraflores, sosteniendo que esto era el plan que venía trabajando Nicolás Maduro en los últimos meses y que, por ende, no existe ninguna traición.
El acuerdo firmado ocurre sin embargo en un contexto de ausencia de datos, documentos públicos y una institucionalidad frágil de ambas partes. “Como esta política de apertura está totalmente atada a la suerte de Donald Trump, a que pueda abrir esa ventana de inversiones para que ingresen sus capitales amigos [a] invertir en el petróleo venezolano, este gobierno decidió hacer la apertura por la vía cerrada de uno a uno con Trump, como se hacía en la vieja Venezuela”, explica Sgarzini.
Se trata de un mega acuerdo sin bases sólidas por los actores firmantes, que podría verse afectado si Trump tiene un mal resultado en las elecciones de medio término del próximo 3 de noviembre, que lo obligue por ejemplo a tener que rendir cuentas del uso del dinero del petróleo venezolano. O cuando asuma el nuevo gobierno en la Casa Blanca en 2029. Aunque existe la posibilidad de que se realicen elecciones presidenciales en Venezuela antes de esa fecha, algo que por ahora también está en la zona de incertidumbre.
“No están listos todavía”, afirmó Trump al preguntarle por las elecciones en Venezuela, luego del anuncio del acuerdo petrolero. “Los sacamos de una dictadura y nos llevamos muy bien con el nuevo gobierno. Delcy, como sabes, está haciendo un muy buen trabajo y es muy respetada”, agregó para desconcierto de quienes fantaseaban con la idea de que Trump estaba interesado en la democracia en Venezuela, antes que en el petróleo.
¿Cuánto tiempo puede durar la sociedad Trump-Delcy Rodríguez? Es lo que todo el universo de la política se pregunta, tironeado entre quienes ven beneficios a este nuevo statu quo y quienes como el senador estadounidense Ted Cruz o la opositora María Corina Machado, quieren que se acelere el cambio de gobierno lo más pronto posible. La respuesta parece estar como tantas veces en la historia venezolana en un aspecto determinante: los petrodólares y su flujo hacia las arcas estadounidenses.
El limbo ahora en la Venezuela de Delcy Rodríguez
El acuerdo petrolero puso nuevamente una promesa económica en el centro del debate. Aquella de que ahora sí, con el desembarco de capitales estadounidenses, el país se arreglará. Aunque no existen fechas anunciadas para el arribo de las inversiones, ni el lapso de tiempo necesario entre la instalación de la maquinaria (en particular en los llamados greenfield projects que requieren infraestructura desde cero), hasta que salga el petróleo y sea embarcado en tanqueros. Y cuando finalmente todo eso se dé, queda preguntarse cuál será el uso de las ganancias por parte del Estado venezolano, que se encuentra bajo tutela de Washington que le administra las cuentas.
“El acuerdo atraviesa su primer desafío, la batalla cultural, ganar en el terreno comunicacional y organizar los términos de los nuevos consensos en Venezuela”, explica Lorena Freitez, socióloga venezolana. En esa batalla narrativa algunas de las críticas más fuertes provienen del propio chavismo, que denuncia una entrega y cambio de rumbo político de la Revolución Bolivariana.
“Todos los demás temas sociales: salarios, presos políticos y elecciones, existen. Cuentan con grupos que se movilizan y acumulan fuerza, pero dejaron de estar en el centro. Este es el efecto de reordenamiento de las prioridades políticas que el acuerdo petrolero produce”, afirma Freitez.
Y el objetivo de Delcy Rodríguez es el de colocar la economía como bandera principal: menos Chávez, Simón Bolívar, y socialismo del siglo XXI, y más agua, luz, salarios, revestido de un discurso religioso de renacimiento.
Se trata de una estrategia para un país exhausto por el enfrentamiento político de suma cero, la violencia que trajo de lado y lado, así como por las penurias económicas que llevan más de diez años. A lo que se sumó este año el bombardeo, y el doble terremoto de 7.2 que dejó bajo escombros la zona costera de La Guaira, cerca de Caracas. Como si las siete plagas hubieran caído una tras otra sobre el país sudamericano.
En Venezuela existe un dicho: lo más seguro es quién sabe. Hoy nadie puede asegurar qué sucederá en los próximos meses, si efectivamente llegarán los capitales para invertir o el acuerdo habrá sido más humo que perforaciones en campos petroleros. Tampoco si se acelerarán los tiempos electorales para una posible contienda a mediados de 2027. Puede ocurrir que todo siga suspendido en el limbo, donde, despejando todos los discursos, existe un hecho innegable: Venezuela vuelve a ser para Estados Unidos su gran gasolinera con descuento.
GSC