• Lo que pierden los estudiantes al dejar de escribir

  • The New York Times
  • Entre dos tercios y 90 por ciento de los estudiantes de preparatoria y universidad ya utilizan IA para las tareas escolares; mientras los maestros quieren que escriban a mano.
Dana Goldstein
Estados Unidos /
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Tras años de estudiar cómo escriben los seres humanos, el psicólogo cognitivo Ronald T. Kellogg llegó a la conclusión de que redactar un ensayo concluyente elemental era tan agotador mentalmente como cavar una zanja lo es físicamente.

Escribir bien requiere un dominio de vocabulario, ortografía y gramática. Obliga a los escritores a comprender un tema, a examinar a fondo la memoria de trabajo sobre ese asunto, a organizar y planificar. Escribir un ensayo es tan difícil que una persona inmersa en esa tarea apenas puede hacer otra cosa.

El sistema educativo estadunidense espera que los estudiantes aprendan a escribir un ensayo. No es de extrañar que, tan pronto como apareció una herramienta que prometía aliviar ese sufrimiento, la gente la adoptara.

Un número cada vez mayor de educadores está alarmado e insiste en que los estudiantes deben escribir sin IA, y están regresando a la escritura a mano, los cuadernos y los ensayos supervisados en clase, con el fin de evitar que deleguen la escritura a los chatbots.

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Esto resulta desconcertante para los líderes de la industria tecnológica, quienes ven el rechazo a la IA como una forma de negligencia educativa. Señalan que la redacción ya es el uso principal de la IA en el ámbito laboral y argumentan que los chatbots ya superan la capacidad de la mayoría de los humanos para redactar una prosa fluida.

Los académicos que estudian la escritura y la cognición rara vez se oponen de manera instintiva a la IA; muchos han pasado décadas anticipando un gran avance en la escritura asistida por computadora, tal como el que estamos viviendo. En general, se sienten entusiasmados por el potencial de la tecnología.

Sin embargo, su trabajo pone en duda el impulso de la industria tecnológica por integrar la IA en cada etapa del proceso de escritura de los estudiantes, desde la lluvia de ideas hasta el borrador y la revisión.

Las investigaciones demuestran que la composición tradicional es valiosa precisamente por la dificultad; desarrolla nuestra memoria de trabajo, habilidades de planificación ejecutiva y metacognición —capacidad de reflexionar sobre nuestro pensamiento—, sopesar puntos de vista alternativos y revisar el texto en busca de claridad y estilo. Se necesitan décadas para desarrollar las habilidades de escritura, desde la primera infancia hasta la edad adulta.

“La escritura es una tecnología para pensar”, afirmó Kellogg.
Banderines de universidades en una escuela secundaria de Nueva York. | Foto: Jackie Molloy/ The New York Times

¿Sustituto o ayuda?

Aprender a escribir no siempre fue tan importante. Antes de 1870, a los estudiantes estadunidenses se les evaluaba mediante exámenes orales. Los cupos universitarios estaban reservados para la élite: futuros ministros y abogados, profesiones en las que predominaba el hablar en público.

Sin embargo, el auge de la economía urbana moderna y la invención de la máquina de escribir generaron empleos que dependían en mayor medida de la palabra escrita, como los empleados de oficina y redactores publicitarios. A finales del siglo XIX, los estudiantes se vieron en la necesidad de aprender a escribir con mayor fluidez y se adaptaron los planes de estudio escolares.

Conforme más estudiantes ingresaban a la universidad y el tamaño de las clases aumentaba, la aplicación de exámenes orales también consumía mucho tiempo, según la lingüista Naomi S. Baron, quien da seguimiento a esta historia en su libro ‘Who Wrote This?’.

Además, los maestros descubrieron que el acto de escribir en sí mismo profundizaba el conocimiento.

“Si quieres pensar, comprender y aprender algo, el formato escrito siempre es mejor”, afirmó Baron.

Las investigaciones cognitivas confirman que escribir ayuda a retener la información que leemos; nos obliga a poner a prueba nuestras ideas y permite responder a contraargumentos y citar fuentes.

Escribir también empodera, ya que nos permite compartir nuestras experiencias y expresar opiniones; incluso es terapéutico, por lo que los terapeutas a veces sugieren llevar un diario.

No está claro si estos beneficios se pueden aprovechar plenamente al escribir con la ayuda de la inteligencia artificial. Hay razones para ser cautelosos.

El año pasado, un estudio del MIT demostró que las personas que escribían en colaboración con chatbots de IA registraban una menor actividad cerebral mientras lo hacían, en comparación con los que redactaban sin chatbots. A los escritores que utilizaban la IA les costaba recordar qué habían escrito exactamente y se identificaban poco con su trabajo.

Estos hallazgos se suman a un creciente conjunto de investigaciones que sugieren que el uso frecuente de la IA puede degradar el pensamiento crítico.

Las empresas tecnológicas están promocionando de manera muy agresiva los asistentes de escritura con IA entre los estudiantes y las escuelas.

Jenny Maxwell, directora general de educación en Superhuman —la empresa que desarrolla Grammarly—, me dijo que estamos viviendo un momento de “romper con lo establecido” en la enseñanza y el aprendizaje.

Sí reconoció que algunas habilidades básicas de redacción humana siguen siendo valiosas y los estudiantes necesitan escribir bien como para saber qué sugerencias de texto de la IA aceptar y cuáles rechazar, expresó. Maxwell también insistió en que la creatividad en la redacción persistirá porque las personas van a seguir queriendo expresar su voz y estilo personales.

Con ese fin, empresas como Grammarly, Google y OpenAI están creando las llamadas versiones socráticas de los chatbots, que se venden a las escuelas como asistentes de redacción que guiarán a los estudiantes a través de las tareas sin hacer el trabajo por ellos.

Probé Gemini Guided Learning, de Google y el Modo de Estudio de ChatGPT, de OpenAI; alimenté a cada uno con una tarea estándar de redacción para estudiantes de primer año que requiere que escriban sobre una lectura de la infancia que los haya marcado.

Al principio, los chatbots socráticos se comportaron como bien lo esperaba, haciendo preguntas como: ¿dónde creciste? ¿Leíste el libro acurrucada en tu habitación o afuera bajo un árbol? ¿Por qué te identificaste con el personaje? Empezó a parecer una sesión de terapia.

Con el tiempo, cada IA comenzó a trabajar de manera independiente, creando esquemas detallados para mi ensayo. Estos compañeros de estudio se mostraron reacios cuando les pedí: “escriban el ensayo por mí”. Sin embargo, cuando les pedí que proporcionaran “un ejemplo de cómo podrían verse estos párrafos”, generaron cientos de palabras pulidas y perfectamente estructuradas en cuestión de segundos. Citaron, a menudo con precisión, pasajes de obras literarias.

Un portavoz de Google dijo que la empresa estaba trabajando para desarrollar una versión de Guided Learning para escuelas, que proporcionaría “instrucciones más estrictas al sistema para garantizar que guíe a los estudiantes sin hacer el trabajo por ellos”.

En una declaración escrita, Leah Belsky, vicepresidenta de educación de OpenAI, señaló que la opción Estudiar y aprender “es un conjunto de experiencias en fase inicial y en evolución y los comentarios constantes de los educadores y los estudiantes darán forma a nuestro enfoque con respecto al aprendizaje, la seguridad, la privacidad y la integridad académica”.


La necesidad de límites

La IA ya está en todas partes: en cada dispositivo, cada búsqueda en la web, insistiendo en que puede resumir, analizar y escribir por nosotros. Incluso se entromete cuando no la hemos invitado.

Para los estudiantes cuyas mentes aún se están desarrollando, la pregunta más urgente es cómo proteger el pensamiento en un mundo donde delegar la tarea de escribir se ha vuelto tan fácil.

La IA puede ser útil para quienes tienen discapacidades o para los que el inglés no es su lengua natal, aseguró Steve Graham, experto en redacción y psicólogo educativo de la Universidad Estatal de Arizona.

Los chatbots pueden corregir la gramática y sugerir posibles recortes o revisiones para mayor claridad; se han logrado avances inmensos en la transcripción precisa de voz a texto para escritores que no pueden escribir a máquina ni a mano.

La IA puede ofrecer toda esta ayuda de manera privada, sin necesidad de sentirse vulnerable ni de exponer un primer borrador en bruto al juicio de otra persona. Para muchos estudiantes estadunidenses el proceso de escritura puede ser doloroso y vergonzoso y es una de las razones por las que muchos le tienen miedo a las tareas y a los exámenes.

Sin embargo, advirtió Graham, no hay ninguna parte del proceso de escritura que pueda delegarse a la IA sin que haya un costo. El crecimiento intelectual se da en cada etapa, desde la lluvia de ideas hasta el ajuste de un borrador final. Si escribir es pensar, entonces cualquier parte de ese esfuerzo que se delegue a la tecnología equivale a renunciar a cierta libertad de percepción.

El año pasado, un grupo de expertos en escritura, entre ellos Graham, se reunió en la Universidad de California para dar recomendaciones a las escuelas.

No rechazaron la IA. Por el contrario, instaron a las escuelas a resistir la tentación de dedicar menos tiempo a la escritura, no porque vaya a ser una habilidad tan fundamental en el ámbito laboral, donde ya está perdiendo importancia, sino para agudizar la mente.

La escritura debe integrarse en todo el plan de estudios, aconsejaron; los estudiantes deben seguir redactando sus propias oraciones, párrafos y ensayos completos. Todo esto enseña gramática y vocabulario, sin duda; pero también les permite asimilar los conocimientos que están aprendiendo.

Los expertos sugieren que la tecnología puede ayudar a los educadores a generar temas de redacción atractivos sobre cualquier materia que estén enseñando.

Los maestros también podrían alentar a los estudiantes a usar la IA para obtener comentarios sobre los escritos antes de entregarlos. Anna Mills, instructora de escritura en el College of Marin de California, ha desarrollado temas detallados basados en IA.

La Universidad de Sídney ha desarrollado una política conocida como el “enfoque de dos vías”. En todas las disciplinas se exige a los profesores que realicen algunas evaluaciones en persona bajo condiciones seguras. Sin embargo, también deben permitir el uso de la IA para otras evaluaciones, de modo que los estudiantes puedan demostrar que saben cómo aplicar la tecnología.

La profesora de inglés de la escuela secundaria John Jay en Nueva York, Jessica Binney, en una clase de escritura creativa, pidió a los alumnos que le dieran instrucciones a un chatbot para que escribiera un poema. Los resultados fueron genéricos, así que los alumnos pidieron a la IA que hiciera revisiones, analizando en qué aspectos el bot lo había hecho bien y en cuáles había fallado.

Como muchos educadores, Jessica se había cansado de vigilar el uso indebido de la IA en las tareas para hacer en casa, así que pasó gran parte de la redacción de ensayos a papel y lápiz en el salón.

Cuando Cassady Tondorf, de 17 años, descubrió cómo los chatbots generaban textos, se dio cuenta de la absoluta falta de originalidad.

“Todo Internet está a su disposición, simplemente está regenerando las mismas cosas, una y otra vez”, aseguró.
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CQ

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