Ya sea intencional o no, padres y madres son propensos a causar daños emocionales en sus hijos. Especialmente durante sus primeros años de vida, cuando los errores de la crianza o las bromas aparentemente inocentes las perciben mucho más intensas. Por ejemplo: esconderse del niño cuando empieza a caminar sólo en la calle o no llevarlo a la feria pese a habérselo prometido.
Estas son las famosas “heridas de la infancia”: eventos que, pese a no ser necesariamente traumáticos, sí caminan en esa delgada línea con el trauma.
— ¿Es distinto hablar de una herida de la infancia a un trauma?, preguntó MILENIO al psicólogo, Emiliano Villavicencio.
— Absolutamente sí, respondió.
“Es distinto cualitativamente hablando. El trauma sí puede traer una huella anémica o emocional en el adulto, estructurando su personalidad hasta, incluso, rayar en alguna psicopatología. (...) Pero una herida puede volverse traumática si no se elabora adecuadamente”.
¿Qué son las heridas de la infancia?
Se engloba a toda aquella circunstancia emocionalmente desagradable que una persona experimentó durante los primeros años de vida. Se producen en las relaciones con la madre y el padre, así como con el entorno familiar y social; algunas de ellas dejando una huella sutil y otras mucho más presente.
Por su parte, Villavicencio explicó que también pueden ser el resultado de no haber trabajado adecuadamente algún “momento cumbre” de la infancia —o sea, “un evento propio del desarrollo, el cual, por la intensidad e importancia, puede generar una experiencia emocional adversa” —. Para ejemplificarlo, retoma el ejemplo de la caminata en la calle:
“Cuando el niño comienza a dar sus primeros pasos solo y se aleja de mamá, papá o su cuidador para conocer el medio. Pero de repente, con la fantasía de jugar, el adulto se esconde y cuando el pequeño voltea, ya no lo ve.
Eso es una mala elección porque cuando el pequeño comienza a separarse del cuidador, lo que necesita es tener certeza de que, al voltear, el adulto permanecerá ahí como una base segura. (...) Entonces al no estar, genera una herida de la infancia”.
Otros momentos cumbres de la vida de una persona
- 1 El control de los esfínteres .
- 2 La adolescencia, debido a la crisis de identidad.
- 3 El fallecimiento de los padres .
- 4 La jubilación, para aquellas personas mayores de 50 o 60 años.
Queda claro que la educación de la infancia influye de manera importante en el crecimiento de la niña o el niño. No obstante, una herida (que no llegue a evolucionar como trauma) no siempre determina el desarrollo que la persona tendrá en la adultez, pues ésta también se construye con elementos, herramientas y aprendizajes de otras etapas de la vida.
“Lo que me conforma como adulto no sólo se construye en la infancia, también en la juventud, adolescencia, en la adultez temprana, etcétera. Se van acumulando otras experiencias que van abonando a mis recursos de afrontamiento durante la adultez”, explicó Villavicencio. “La infancia no es el destino. Por lo tanto, las heridas infantiles no determinan el tipo de adulto que yo voy a ser”.
¿Cuáles son las heridas de la infancia?
Aunque cualquier momento cumbre del desarrollo es propenso a convertirse en una herida de la infancia, se han identificado entre tres a cinco tipos de heridas universales.
Rechazo
Ese temor al “no” por parte de una persona que nos gusta o en una entrevista de trabajo puede devenir de la infancia. Ocurre, por ejemplo, “cuando el cuidador o el adulto no valida los recursos y la autonomía del pequeño”; impactando en su autonomía y volviéndolos hipersensibles a la crítica, al aislamiento o rechazo.
Abandono
Se gesta en situaciones como esconderse del niño o la niña cuando recién empiezan a caminar o, al dejarlo en la escuela, retirarse antes de que entre a su salón y cuando aún pudieran vernos al voltear.
“Lo que genera esta idea es la inexistencia de una base segura por parte de los adultos en la infancia”, explicó Villavicencio.
Traición
Cuando los adultos prometen “n” cantidad de cosas a los niños o las niñas y jamás las cumplen. Algo que es mucho más evidente con matrimonios separados o divorciados, pero las familias unidas no están exentas.
“Esta herida puede generar, además de incertidumbre, desconfianza. Porque (desde la perspectiva del niño), el adulto me promete y no me cumple y esta desconfianza puede permanecer incluso en la adultez, al no confiar en la pareja o en lo que los demás nos dicen. Y así, al no confiar, tendemos a aislarnos o a celar a los demás”.
ASG