M+.- Hace unas semanas estas palabras provocaron controversia en la opinión pública: “Los viejitos huelen a baúl... del recuerdo”. Fueron expresadas en un famoso pódcast. Sus participantes lanzaron comentarios despectivos hacia los adultos mayores, afirmando de manera hiriente que “ya se estaban pudriendo”. Pero más allá de las disculpas públicas, la indignación reveló algo más: la falsa idea de que la vejez despoja a las personas de su atractivo, de su dignidad física y, sobre todo, de su derecho a la intimidad y al goce sexual.
La sexóloga y terapeuta Alexa Castillo-Nájera Zaliv explica que existe una marcada tendencia social a desexualizar tanto a los adultos mayores como a las personas con discapacidad en ese rango de edad, mientras el cuerpo cambia, el impulso sexual no.
Francisco tiene 76 años, está casado; tiene un hijo y una hija que ya formaron sus propias familias. Una demencia inicial le dificulta recordar algunos nombres, rostros y escenas de su propia historia. A veces no sabe cómo se llaman las cosas, aspectos sobre sus hijos o nietos; aunque es funcional: camina, come y se viste solo.
Pero hay un rostro que todavía reconoce: el de Alicia, su esposa, ella le prepara de comer, le administra sus medicamentos y se encarga de llevarlo puntualmente a las citas médicas, lo que no hace es abrazarlo, tocarlo y besarlo.
“No le gusta el contacto físico”, comenta.
Durante años, la familia ha hablado de Francisco desde la enfermedad. Nadie se detuvo a preguntarse qué había pasado con su vida íntima, pero cierto día, su hija menor, vio salir a Francisco de la casa de una vecina y entregarle un par de billetes. Además, le preguntó a su padre qué había pasado, pero no recibió respuesta, se lo contó al resto de la familia y comenzaron a investigar.
La explicación resultó mucho más incómoda: La vecina mantenía encuentros sexuales con Francisco a cambio de dinero, pero no era trabajadora sexual. Era una vecina que él conoció y le hizo la propuesta; y ella, a cambio, le pidió dinero para pagar el gas.
Alicia ya no puede hablar de lo ocurrido como lo haría con cualquier pareja. No puede preguntarle por qué lo hizo, reclamarle o esperar una explicación. Francisco puede olvidar nombres, fechas y rostros, incluso algunos de los vínculos que construyó durante su vida. Pero parece no haber olvidado que quiere tener sexo.
En el caso de Alicia, a sus 66 años, la desgastante rutina de cuidar a su esposo junto con la drástica caída de los estrógenos y la progesterona, derivada de la menopausia, han hecho que se olvide de su propio deseo. La historia de ambos es un reflejo de que la vejez no borra el deseo pero debido a prejuicios sociales nos cuesta hablar del derecho al placer y a la intimidad luego de los 65 años.
El “viejismo” y una vida íntima sexual ignorada
Cuando la vejez se conjuga con la discapacidad física o sensorial, la exclusión social se agudiza.
“Vivimos en una cultura que asocia la sexualidad casi exclusivamente con la juventud, la belleza hegemónica y la productividad", señala la doctora Castillo-Nájera Zaliv.
Según su análisis, el “viejismo” y “capacitismo” alimentan la idea de que estas personas no son sujetas de deseo ni derechos sexuales.
El “viejismo” es un término acuñado por el gerontólogo estadunidense Robert Butler en 1969 en un articulo llamado “Age-Ism: Another Form of Bigotry”, por lo que lo definió como un conjunto de prejuicios, estereotipos y discriminación que se aplican a las personas mayores debido a su edad.
A finales de la década de 1990, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció dicho concepto junto con el “capacitismo”, que valora a las personas sólo por su productividad física o mental e independencia normativa. La OMS destaca en sus investigaciones que ambas discriminaciones se relacionan fuertemente en la vejez: cuando una persona mayor adquiere una discapacidad, los prejuicios se duplican.
La primera reacción de la familia de Francisco fue la indignación. Para Alicia no sólo era la preocupación por la condición de su esposo, sino que fue muy vergonzoso que sus hijos se enteraran de las acciones de su padre y que su vida sexual quedara expuesta.
“Tiene más de diez años que no tenemos contacto físico como pareja y todo empeoró cuando esta enfermedad le dio más fuerte, a partir de ahí, nuestra vida íntima fue inexistente, pensé que a ninguno de los dos ya nos importaba el sexo y con todo esto me doy cuenta de que no es así”, señaló.
Cuando el cruce de la vejez se combina con un padecimiento o una condición física o mental es vista como una enfermedad, la mente inmediatamente cancela o anula el derecho al placer.
De acuerdo con el doctor Víctor Javier Sánchez González, profesor e investigador del Centro Universitario de los Altos, en Jalisco, y coordinador del doctorado de Biociencias, en el caso de la demencia o el alzhéimer, la manifestación de la conducta sexual depende de la evolución de la enfermedad. En las fases iniciales, el paciente mantiene la consciencia, pero a medida que el cuadro se agrava, la degeneración cerebral altera el comportamiento.
Esta alteración neurológica explica por qué una persona puede mantener un impulso sexual activo aun cuando haya perdido la facultad de reconocer a sus seres queridos.
“El paciente puede mantener el deseo, pero ya no reconoce a la pareja, lo que dificulta la expresión adecuada de la conducta sexual”, señaló.
Desde luego, el doctor Sánchez agrega que el consentimiento es un principio indispensable en cualquier intimidad.
El debate de la asistencia sexual, ¿puede ser posible?
A pesar de ser visibilizada por instituciones, la vida afectivo-sexual de las personas con discapacidad física o intelectual y de edad avanzada es ignorada por falta de alternativas profesionales.
Ante este panorama, a principios de los 2000, en la ciudad de Zúrich, la organización Pro Infirmis impulsó un proyecto para formar personas que ofrecieran servicios de acompañamiento sexual a personas con discapacidad para promover la autodeterminación corporal como un derecho humano fundamental, diferenciando claramente la asistencia sexual de la prostitución por medio de la capacitación ética y el seguimiento profesional.
Debido a que la prostitución es legal y regulada en Suiza, se facilitó establecer un marco ético e institucional para la asistencia sexual sin caer en la ilegalidad o explotación. El modelo de Zúrich sirvió como referencia para países como Francia, Bélgica, España y Alemania. En cambio, las leyes mexicanas no reconocen ni diferencian la “asistencia sexual” del trabajo sexual o el acompañamiento de cuidados y quienes brindan este tipo de apoyo lo hacen de manera independiente y sin un marco institucional que proteja legalmente a usuarios o proveedores.
Pero la doctora Alexa Castillo-Nájera Zaliv explica que es posible encontrar en nuestro país asistentes sexuales, que acompañan a las personas con alguna discapacidad para poder acceder sexualmente al propio cuerpo o al de una pareja, como en el sitio asistenciasexual.org/zonas/mexico/. Y dice que es fundamental aclarar que “el objetivo de la asistencia sexual es facilitar el acceso al propio cuerpo y a la autoerótica asistida, no al cuerpo de otra persona”.
La empatía frente al olvido y el rechazo. Esto dice la especialista
El cuerpo de las personas a los 65, 70 o 75 años ya no responden como antes. Hay hombres con problemas de erección, diabetes o afecciones de próstata, pero “siguen teniendo ganas”. Las mujeres atraviesan la menopausia y todos los cambios que llegan con ella. Por ejemplo, Isabel es una mujer de 68 años, aprendió que la falta de lubricación puede resolverse de otras maneras y que el placer no tiene por qué desaparecer porque las hormonas hayan cambiado.
“El apetito sexual no se acaba”, dice desde su experiencia.
En este sentido, Castillo-Nájera agrega que quizá el error está en seguir midiendo el sexo con una regla diseñada para cuerpos jóvenes.
En la vejez, explica la especialista, el erotismo puede desplazarse hacia las caricias, los besos, las fantasías, la complicidad, la comunicación y el afecto. La penetración deja de ser la única medida posible del placer. Sus parejas necesitan paciencia y cariño en la intimidad.
Para llevar una vida sexual sana, las personas de este rango de edad, es importante cambiar la mirada del propio cuerpo y dejar de lado las exigencias del rendimiento.
“Es una oportunidad para explorar nuevas sensaciones y conocer cómo ha cambiado y que siente ahora nuestro cuerpo”, agrega Castillo-Nájera.
Pero sobre todo, es importante la comunicación con la pareja, no descuidar la parte de la intimidad, bajo ninguna circunstancia y tratar, en la medida de lo posible, plantear ideas juntos en las que ambos puedan seguir explorando y romper con el tabú de que la vida íntima se termina en una relación después de algunas décadas.
También es útil asistir a un terapeuta sexual porque en ocasiones los niveles de deseo pueden no estar alineados, así como hablar de este tema con un especialista puede reducir la ansiedad y la sensación de aislamiento, lo que impacta positivamente en la calidad de vida general de la pareja.
Frente a los discursos excluyentes que desdeñan la vejez, la confluencia entre la práctica clínica de la sexología y la realidad que viven las personas bajo esas condiciones, evidencia que la necesidad de afecto, placer e intimidad permanecen vigentes a lo largo de toda la existencia humana.
De acuerdo con la doctora Castillo-Nájera, envejecer sí transforma la respuesta sexual.
“Algunas enfermedades y medicamentos pueden modificar el deseo o la respuesta sexual, pero con acompañamiento médico y sexológico es posible encontrar alternativas”, comentó.
Castillo-Nájera enfatiza que el abordaje de la sexualidad debe ser rigurosamente centrado en la persona, respetando sus capacidades individuales, preferencias, redes de apoyo y proyectos de vida.
KL/GSC