M+.- A las 7:45 de la mañana, cuando Guadalajara apenas comienza a activarse, Dionisio Arellano ya está listo para enfrentar un día que no sabe cómo va a terminar.
En la Base 1 de Bomberos Guadalajara, el pase de lista marca el comienzo de otras 24 horas de servicio.
Alrededor de 25 elementos permanecen atentos, mientras radios, herramientas, mangueras y equipos son revisados una vez más. Aquí no hay espacio para la improvisación: cuando llegue una emergencia, todo tiene que estar en su lugar.
Dionisio es primer oficial de Bomberos Guadalajara y ha pasado casi tres décadas entrando a lugares de los que cualquiera intentaría salir; ha visto incendios consumir viviendas, accidentes cambiar vidas en segundos y emergencias en las que cada minuto pesa.
Pero, si algo ha aprendido durante todos estos años, es que el trabajo de un bombero no comienza cuando suena la sirena, sino mucho antes, cuando prepara el equipo y espera, junto a sus compañeros, la siguiente llamada.
"Mira, en lo personal, quien me inculcó y me causó la inquietud de ingresar aquí fue mi papá. Él, en su momento, también fue bombero de Guadalajara. Después de sus pláticas sobre cómo eran los servicios, me llamó la atención. Fue entonces que le dije: 'Papá, yo quiero entrar aquí'", recuerda Dionisio.
Con motivo del Día del Bombero, que se conmemora este 22 de agosto, MILENIO habló con Arellano a lo largo de su guardia, la cual no termina cuando el reloj lo dicta, sino cuando la última emergencia queda resuelta.
24 horas en guardia: la llamada que puede cambiarlo todo
Jalisco enfrenta un déficit aproximado de 3 mil bomberos, de acuerdo con información de la Unidad Estatal de Protección Civil y Bomberos. La falta de personal en los 125 municipios se atribuye principalmente a restricciones presupuestales y no a una falta de interés de los jóvenes por incorporarse a estas corporaciones.
Pero ser bombero en Guadalajara va mucho más allá de apagar incendios: implica poner en riesgo la vida, honrar la memoria de los compañeros caídos y sostener la certeza de miles de personas que, en los momentos críticos, esperan a un héroe.
Dionisio lleva 29 años corriendo hacia las llamas, cargando con la memoria de su padre, quien, antes de morir, le dejó un compromiso: "No me quedes mal". Ese compromiso se volvió su misión para siempre.
Los servicios llegan a través del 911 y son canalizados por el C5. La información entra a la cabina de la sede de bomberos, desde donde se determina la cobertura y, entonces, una unidad es enviada hacia el punto del reporte.
A partir de ahí, todo sucede rápido. Se identifica la emergencia, se toma el equipo y los bomberos suben a la unidad. La ciudad puede seguir con su rutina, pero para ellos el tiempo acaba de detenerse.
Todo tiene que estar listo antes de que suene la chicharra
En la estación, Dionisio supervisa parte de las herramientas que pueden marcar la diferencia entre controlar una emergencia o verla crecer. Hay mangueras de diferentes medidas, conexiones y equipos destinados a distintos tipos de incendios. Incluso existe un plan para cuando el agua comienza a terminarse: conectar la unidad a una pipa y continuar con el abastecimiento.
“Tenemos el C5, que es el 911, deriva los servicios de la cabina del C5, que automáticamente nos lo mandan a nosotros, que es cuando se activa el servicio a los reportes. Prioridad directamente por vía telefónica. Si el servicio corresponde a la cobertura, se solicita el servicio y ya se manda la unidad para la dirección de los reportes”, revela.
Y no se trata solamente de apagar fuego. Un reporte de fuga de gas puede hacer que toda la dinámica de la estación cambie en segundos. Los elementos comienzan a colocarse el equipo de protección, revisan sus herramientas y se preparan para salir. La tranquilidad de la base dura exactamente hasta que la chicharra decide romperla.
Entonces todos saben qué hacer.
El entrenamiento, la disciplina y las revisiones previas tienen un propósito: que, cuando alguien está en peligro, ellos puedan llegar preparados. Por eso también mantienen actividad física durante el turno y permanecen en capacitación constante. El cuerpo es parte de la herramienta de trabajo y debe estar listo para cargar equipo, subir escaleras, entrar a espacios reducidos o permanecer durante horas expuesto a las llamas.
“Sabemos cuándo entramos, pero no sabemos cuándo salimos”
Pero hay una realidad que pocas veces se ve desde afuera. El turno es de 24 horas, aunque 24 horas no siempre son suficientes.
“Muchas de las veces, aunque llegue el personal entrante, si el servicio lo requiere, nos quedamos más tiempo. No es de que hay mis 24 horas y ya me voy”, cuenta Dionisio.
Después pronuncia una frase que parece resumir toda una vida detrás del uniforme: “Sabemos cuándo entramos, pero no sabemos cuándo salimos”.
Porque, mientras sus compañeros llegan para relevarlos, ellos pueden seguir dentro de un incendio. Mientras una familia espera que su padre, madre, hermano o hijo vuelva a casa, el bombero puede seguir trabajando. En esta profesión, el reloj marca el turno, pero la emergencia decide cuándo termina.
Dionisio lo sabe bien. Durante casi 30 años ha acumulado historias que no caben en un parte de servicio. Algunas terminan con personas rescatadas y familias agradecidas; otras dejan heridas que no siempre se ven.
Una de las más difíciles ocurrió en 1998, cuando Dionisio perdió a un compañero durante un servicio. El tiempo pasó, pero aquella noche quedó marcada en él.
Un compañero que no regresó
“Me tocó vivir muchísimos servicios, muchos servicios, y a mí de los que me han dejado marcado y siempre he recordado por mucho tiempo es donde perdió la vida un compañero mío en servicio”, recuerda con la mirada triste y el dolor que se refleja en su voz.
En Bomberos, la muerte de un compañero no es solamente una estadística. Es un nombre. Una voz. Una persona con la que se compartió una guardia, una comida, una emergencia. Es alguien que salió contigo y que ya no regresó.
Y quizá por eso Dionisio entiende mejor que nadie lo que significa estar del otro lado de la emergencia.
Él no llegó a los bomberos por casualidad. Llegó siguiendo los pasos de su padre.
Una herencia que se convirtió en vocación
Su papá también fue bombero de Guadalajara. Fue en casa, escuchando sus historias sobre los servicios, donde comenzó a imaginarse dentro de una estación. Las anécdotas que para otros podían parecer lejanas, a él comenzaron a despertar una inquietud.
“Mi papá, en su momento, también fue bombero, aquí de Guadalajara. Después de sus pláticas de qué eran los servicios, a mí me llamó la atención”, recuerda.
Hasta que un día tomó una decisión: “Papá, yo quiero entrar aquí”.
Su papá le mostró un camino que terminaría convirtiéndose en la profesión de su vida.
Sin embargo, los años también se llevaron a su padre, pero no a su vocación.
Hoy Dionisio ya no puede regresar a casa para contarle cómo fue el último servicio ni compartir nuevas historias en la estación. Solo conserva la convicción que su padre le dejó en una frase que todavía pesa.
“Nada más recuerdo que me dijo que no le quedara mal”.
Durante 29 años, Dionisio ha intentado responderle. Y cuando habla de eso, la historia deja de ser solamente la de un bombero. Se convierte en la de un hijo que siguió una promesa.
“Creo que no le quedó mal”
“Creo que no le quedó mal. Ya sumé una vida de servicio y ahora está conmigo, pero sé que donde está me está cuidando y está orgulloso de mí”, sentencia orgulloso.
Quizá esa sea la parte más profunda de su historia. Dionisio no solamente heredó el uniforme de su padre; heredó la obligación de honrarlo.
Cada vez que se coloca el casco, hay algo de aquel hombre que sigue presente. Cada vez que escucha la chicharra, también está aquella voz que alguna vez le dijo que no le quedara mal.
Y Dionisio siguió. Incluso después de perder compañeros. Siguió después de despedirse de su padre. Siguió después de enfrentarse a servicios que seguramente habría preferido olvidar. Porque la vocación, cuando se vuelve una vida entera, deja de ser solamente un trabajo.
Una estación que nunca duerme
En la estación hay dormitorios, comedor, radios encendidos y equipo listo. Es una especie de hogar temporal para quienes entregan un día completo a proteger a desconocidos.
Durante la madrugada, cuando la ciudad duerme, ellos permanecen atentos. Una llamada puede romper el silencio y convertir una cama en una unidad de emergencia en cuestión de segundos.
Aquí el descanso nunca es completo. La radio puede sonar en cualquier momento. La chicharra puede despertar a todos. Y alguien, en algún punto de Guadalajara, puede estar esperando que ellos lleguen.
Por eso, cuando los bomberos salen de la estación, no llevan solamente mangueras, herramientas y equipo de protección.
Llevan años de entrenamiento, experiencia, miedo controlado y también historias personales que pocas veces aparecen cuando vemos una unidad pasar con la sirena encendida.
Preparación constante para enfrentar cualquier emergencia
Dionisio lleva 29 años haciendo ese recorrido. La duración de la formación para ser bombero en México no es una carrera con años fijos, sino que se compone de varios cursos y capacitaciones.
Para convertirte en bombero, el proceso general implica una formación inicial intensiva que puede durar desde dos meses y medio hasta tres meses y medio.
Sin embargo, el aprendizaje no termina ahí. Los bomberos se mantienen en constante actualización a lo largo de su carrera para enfrentar los diversos tipos de emergencias.
En Jalisco se cuenta con alrededor de 5 mil oficiales en conjunto de las corporaciones municipales y estatales; se debería contar con 8 mil bomberos, entre personal urbano y forestal.
Dionisio se siente orgulloso de pertenecer a la corporación; ha visto lo peor de algunas emergencias y también la recompensa más grande: encontrar a alguien con vida al final de ellas.
Y cuando termina un servicio, vuelve a la estación. Revisa el equipo. Descansa si puede. Come con sus compañeros. Espera la siguiente llamada. Hasta que la chicharra vuelva a sonar.
CH