• "Ya sólo se le veía el puro esqueleto": niños calcinados y cuerpos entre las llamas... el drama que los bomberos cargan en la memoria

Para ellos, cada incendio representa una nueva enseñanza. También, algunas veces, una herida que no se ve.

Eleazar Bandala
Guanajuato /
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M+.- Hay incendios que terminan cuando se apagan las llamas. Y hay otros que permanecen durante años en la memoria de quienes entraron a combatirlos.

Un niño de tres años calcinado dentro de una vivienda. Dos hermanos, de tres y cinco años, encontrados abrazados sobre una cama después de ser consumidos por el fuego. Un menor de 11 años cuyo cuerpo permaneció 14 horas bajo los escombros de una casa que se derrumbó tras una explosión de gas. Y una mujer de 60 años que murió calcinada mientras dormía.

En tres de estas tragedias, una veladora que permaneció encendida fue el origen del fuego. En otra, un cigarro que cayó sobre las sábanas provocó el incendio mortal.

Son historias que los bomberos de León, Guanajuato, han tenido que enfrentar como parte de su trabajo, pero que no necesariamente desaparecen cuando termina la emergencia.

Para ellos, cada incendio representa una nueva enseñanza. También, algunas veces, una herida que no se ve.

En 14 años de apagar incendios y desafiar el peligro, ninguna emergencia ha sido tan devastadora para Luis Alejandro Ayala Galván como aquella madrugada en la que acudió al rescate de una vivienda humilde.

Bombero leonés de 33 años, Luis Alejandro recuerda que, entre el humo y la desesperación, una madre logró poner a salvo a dos de sus hijos, mientras el más pequeño, de apenas tres años, quedó atrapado entre las llamas.

“Llegar y ver al niño calcinado… parecía como si fuera de juguete, pero ya luego empecé a ver los huesitos, y sí te quedas impactado; y más en el aspecto de que uno piensa en su familia y no quisiera que les pasara eso”, comenta con voz entrecortada.

Luis Alejandro Ayala Galván, bombero leones | Dany Béjar

Imágenes que se aferran a la mente

Él forma parte de los más de 300 hombres y mujeres que integran el Cuerpo de Bomberos de León, distribuidos en nueve estaciones en distintos puntos de la ciudad.

Con 33 años de edad, admite que ver el cuerpo de aquel niño consumido por el fuego ha sido la experiencia más fuerte de su carrera. Junto con tres de sus compañeros, tuvo que sofocar el incendio mientras la madre, desconsolada, abrazaba a los únicos dos hijos que le quedaban.

La tragedia ocurrió durante la madrugada, hace ocho años. Aunque Luis no recuerda la fecha exacta, la hora ni la colonia, conserva fresco el momento en que el reporte llegó a la estación y salieron de inmediato al llamado.

Al llegar, las llamas continuaban vivas. El equipo hizo todo lo posible para sofocarlas a toda prisa, pero era demasiado tarde: el pequeño ya había fallecido. No había nada más que hacer.

La madre cayó en una crisis de llanto mientras se aferraba a sus otros dos hijos, menores de 12 años. “Fue muy duro ver eso… te dan ganas de no estar en sus zapatos”.

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Luis recuerda que el incendio fue provocado por una veladora que la familia utilizaba para iluminarse, debido a que no contaba con electricidad.

“Estaban dormidos, la dejaron prendida y se les debió caer; eso fue lo que originó el incendio”, relata a MILENIO.

Lo que más permanece en su memoria no es únicamente el cuerpo del pequeño, sino la escena de aquella madre abrazando a los hijos que había logrado salvar.

“Lo que comentaron era que la mamá no alcanzó a sacar al niño, solamente a los demás hermanitos”.

Han pasado ocho años de aquella noche y Luis todavía se pregunta qué habrá sido de esa familia, de aquella madre que escuchó morir a su hijo de apenas tres años mientras era devorado por las llamas.

Que nunca le pase a nadie

Reconoce que ser bombero es un trabajo que les toca el alma. Resulta imposible no pensar en los hijos que los esperan en casa y desear que jamás tengan que enfrentar una tragedia semejante.

Fuera del uniforme, Luis Alejandro es padre de tres hijos: una niña de 10 años, otra de cinco y un niño de cuatro, a quienes atesora profundamente. Por eso, reconoce que las tragedias en las que un menor pierde la vida a tan corta edad le marcan el corazón para siempre.

“Yo siento que todos los incendios son complicados, porque ninguno es igual. Aunque tengamos capacitaciones dentro del cuerpo de bomberos, no sabes realmente cómo va a reaccionar el fuego”, dijo.

Cuerpo de bomberos de León en acción | Dany Béjar

Los hermanos se abrazaron hasta el final

Juan Manuel Hernández Robledo, capitán del Heroico Cuerpo de Bomberos de León, también tiene una escena que permanece intacta en su memoria.

Una casa incendiada. Dos niños muertos. Y un abrazo que continuó incluso después de que el fuego les quitó la vida.

Hace 25 años, en la colonia Morelos, Juan Manuel participó en una de las emergencias más difíciles de su carrera: buscar en el interior de una vivienda incendiada los cuerpos de dos hermanos, de tres y cinco años.

Los menores estaban solos en casa porque sus padres habían salido a trabajar como pepenadores.

Era una vivienda de escasos recursos, con techo de lámina. En su interior había un altar a la Virgen con una veladora encendida que permaneció prendida durante todo el díaLa veladora desencadenó el incendio.

Cuando los bomberos lograron ingresar y localizaron a los menores, encontraron una escena que Juan Manuel no ha podido olvidar: estaban sobre una cama y el hermano mayor abrazaba al pequeño.

“Cuando los descubrimos, ya estaban calcinados… el menor estaba abrazando al menor”, dice en entrevista el bombero de 51 años con la voz quebrada, como si volviera a vivir aquel momento.

Para Juan Manuel, la escena adquiere otra dimensión porque también es padre de familia.

Juan Manuel Hernández Robledo, capitán del Heroico Cuerpo de Bomberos de León | Dany Béjar

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“Como padre de familia, lo más feo es ver la pérdida de los menores… yo creo que eso es lo que más nos pega a todos como bomberos… —reflexiona— yo creo que sí es muy complicado sobrellevarlo porque uno se va guardando todas las cosas”.

Las tragedias que encuentran en el trabajo no siempre tienen un lugar donde quedarse cuando termina el turno. Algunas se las llevan a casa.

Más incendios en León

Las historias de estos bomberos ocurren en una ciudad donde las emergencias por fuego forman parte de su trabajo cotidiano.

De acuerdo con la Secretaría de Seguridad, Prevención y Protección Ciudadana de León (SSPPCL), del 1 de enero al 30 de junio de este año se han reportado 3 mil 788 atenciones por incendio.

De ellas, 3 mil 449 corresponden a incendios menores, mientras que 289 son incendios mayores, categoría que engloba daños a casas-habitación o a zonas grandes de terreno.

Durante el mismo periodo de 2025 se habían registrado 3 mil 290 incendios, lo que representa un aumento de 498 incendios este año.

Detrás de esas cifras hay emergencias distintas, pero también escenas que algunos bomberos conservan durante años.

Catorce horas entre los escombros

A sus 45 años, Carlos Alberto Reyes Mancilla ha presenciado toda clase de tragedias dentro de la corporación. Sin embargo, hay una que llevó su labor al límite: trabajó durante 14 agotadoras horas para rescatar el cuerpo de un niño de 11 años atrapado entre los escombros de una vivienda derrumbada por una explosión de gas.

“Fue una de las escenas que a mí me han dejado marcado”, expresa con tristeza Reyes Mancilla, quien tiene 11 años siendo bombero.

La casa pertenecía a sus dos abuelos. El menor había viajado desde el otro lado del país para visitarlos, pero nadie imaginó que aquella sería la última vez que estarían juntos.

Carlos recuerda con dificultad que los padres habían llevado al menor a la ciudad para que pasara las vacaciones en casa de sus abuelos, pero una fuga de gas cambió sus vidas.

La abuela del menor sintió que la vida se le iba cuando le notificaron que su esposo había muerto calcinado y que todavía no encontraban el cuerpo de su nieto.

El incidente ocurrió hace siete años en la colonia La Selva, pero Carlos conserva intacto aquel doloroso recuerdo: la imagen del pequeño entre los escombros mientras su abuela lloraba desconsoladamente.

Retirar los restos de la estructura y hallar el cuerpo sin vida del menor se convirtió en la escena más impactante de toda su carrera, una vivencia que, admite, le ablandó el corazón para siempre.

“El impacto fue muy triste, ya que yo también soy padre y lo que se me vino a la mente fueron mis hijos… —se le hace un nudo en la garganta— en el momento que yo veo al niño ya fallecido, es cuando se me vienen los sentimientos encontrados y piensas en tu familia”, menciona a MILENIO mientras recuerda a su esposa y a sus tres hijos, de 25, 24 y 17 años.

Dice que aquel día, después de 14 horas de trabajo y con ayuda de otros cinco bomberos, lograron rescatar el cuerpo del niño.

La labor se complicó por la gran cantidad de escombros que había sobre el menor, pues las paredes y los techos de los tres pisos de la vivienda cayeron sobre él. El menor falleció por falta de oxígeno.

Carlos Alberto Reyes Mancilla, bombero de León | Dany Béjar

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A pesar de las escenas que le ha tocado enfrentar, Carlos asegura que continúa convencido de su oficio.

“Yo soy bombero porque me gusta ayudar a las personas. Me encanta mi trabajo. Trato de aprender cosas nuevas día a día, y esta labor me ayuda también en lo personal, ya que aprendo a superar estas situaciones”, finaliza el bombero de 45 años.

Un cigarro mortal

Emilio Guillermo Sainos de la Rosa apenas tiene cuatro años como bombero y, pese a ello, se ha encontrado con situaciones que le han hecho replantearse si realmente está dispuesto a continuar en esta profesión.

Hace tres años acudió de inmediato a una casa ubicada en la colonia San Miguel, muy cerca de la Escuela de Nivel Medio Superior de León, en el sur de la ciudad, tras recibir el reporte de un incendio.

Al arribar, Emilio, de 35 años, se percató de que las llamas ya habían consumido 80 por ciento de la casa-habitación.

Los vecinos le informaron que habían logrado rescatar a dos menores, de aproximadamente seis y siete años, pero todavía faltaba auxiliar a la mujer de 60 años que estaba a cargo de ellos.

De acuerdo con las declaraciones de los vecinos, la mujer no tenía ninguna relación familiar con los pequeños. Una vecina le había pedido el favor de cuidarlos mientras ella salía a trabajar.

Mientras Emilio averiguaba qué había ocurrido, la columna comenzaba a adquirir un color negro más intenso.

No dudó en entrar para rescatar a la mujer antes de que sus otros tres compañeros terminaran de apagar el fuego, como establece el protocolo de seguridad.

La puerta de la casa estaba abierta. Las llamas habían dañado la cerradura, lo que facilitó su acceso. Atravesó la sala, el comedor y finalmente llegó al cuarto donde yacía la mujer, quemada.

“Lamentablemente murió en su cama. Me comentaban que fue por un cigarro y se quedó dormida, entonces, sí me tocó verla ya calcinada”, relata mientras recuerda aquella escena.

Ya sólo se le veía el puro esqueleto”, detalla crudamente.

De acuerdo con lo que le informaron, la mujer se encontraba fumando en su cama cuando se quedó dormida. El cigarro cayó sobre las sábanas y comenzó a incendiar todo lo que encontró a su paso, incluida ella.

Fue la primera vez que Emilio vio a una persona calcinada. Aun así, se armó de valor, sacó el cuerpo de la vivienda y permitió que se le diera el trato correspondiente.

La imagen de aquel primer cuerpo calcinado, “enchicharrado” y con los huesos expuestos, lo hizo replantearse dos veces si realmente era apto para continuar como bombero.

“Debido a eso, no pude dormir durante dos días… a pesar de saber que son tragedias que pasan todos los días, mi subconsciente lo guardó y fueron dos días los que estuve inestable, sin poder dormir”, expresa con voz entrecortada.

Para quienes combaten incendios, apagar las llamas es apenas una parte del trabajo.

Después viene lo que no se ve: regresar a casa, mirar a los hijos, intentar dormir y tratar de dejar atrás imágenes que, algunas veces, permanecen encendidas en la memoria mucho después de que el fuego ha desaparecido.

Emilio Guillermo Sainos de la Rosa, bombero de León | Dany Béjar


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