• Fábrica de Parejas: el regreso de las celestinas para quienes se cansaron de Bumble y Tinder

Una agencia de celestinas –psicólogas, mercadólogas y expertas en imagen– promete lograr lo que no pueden las apps de citas. Pero su experimento revela algo más: para encontrar pareja, hay que volver a confiar.

Ciudad de México /
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DOMINGA.– Dos horas antes de mi primera cita a ciegas estaba haciendo algo que me cuesta trabajo: plancharme el pelo. Mi cabello es chino. Siempre termina imponiendo su voluntad, pero esa tarde insistí, lo estiré mechón por mechón. No porque creyera que esa noche iba a conocer al amor de mi vida. A los 47 años una aprende a desconfiar de las historias perfectas. Pero no iba a una cita cualquiera: no conocía a mi date, no sabía cómo era, si gesticulaba al hablar o si era de esos hombres que parecen pedir permiso para ocupar espacio.

Sabía apenas unas cuantas cosas. Que era abogado. Cinco años mayor. Tenía un despacho propio. Había estudiado una maestría. Era divorciado. Tenía un hijo. Buscaba una relación formal. Y había grabado un audio de un minuto respondiendo a una sola pregunta: ¿Por qué valdría la pena conocerle? Su voz transmitía tranquilidad. Hablaba de construir, cuidar, compartir, recorrer la vida. No sonaba como aquellos que venden una versión exagerada de sí mismos. Sonaba, simplemente, dispuesto.

Nunca vi una foto suya. Él tampoco. Una casamentera o matchmaker y un algoritmo habían decidido que, entre casi dos mil personas registradas en la plataforma de Fábrica de Parejas, él era el hombre con quien yo tenía mayores probabilidades de hacer pareja. Su matchmaker debatió con la mía, Leslie, si veía posibilidades, si podría haber conexión, como si fueran abogadas del amor.

En los últimos quince años las aplicaciones prometieron democratizar el amor. Nunca había sido tan sencillo conocer personas. Basta abrir el teléfono, deslizar un dedo y esperar un match. Sin embargo, ocurrió una paradoja. Mientras aumentaban las posibilidades de conocer gente, también crecía la sensación de soledad, el agotamiento emocional y la impresión de que encontrar pareja es más difícil.

Por eso, decidí confiar en la filosofía de esta agencia que busca obligarnos a salir de nuestros prejuicios, a conocer nuestros contextos emocionales, para sentarnos frente a personas que jamás hubiéramos elegido por iniciativa propia.

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Elegir en el mercado del amor contemporáneo

Semanas antes había aceptado entrar al experimento. Quería entender por qué miles de personas estaban pagando 10 mil pesos para que alguien más nos encontrara pareja. El proceso comenzó frente a una computadora, no con fotografías, ni con perfiles sino con preguntas repartidas en cuatro tests de opción múltiple que definen tu forma de relacionarte, temperamento, herida de la infancia y tipo de soltero. Respondí sobre mi personalidad, relaciones anteriores, forma de resolver conflictos, historia familiar, emociones y mis expectativas.

Descubrí que tenía un apego seguro, un temperamento unificador y una herida de injusticia que, según su plataforma, había marcado parte de mi manera de relacionarme con los demás. Después vino una entrevista de casi una hora con mi matchmaker. Quería saber quién era yo cuando nadie me está mirando. Y entonces llegó la pregunta difícil: ¿Cuáles son tus no negociables? No pedí que fuera alto, ni millonario, tampoco atlético, ni guapo. Le respondí casi sin pensarlo: Quiero un hombre dispuesto. Respetuoso. Con valores. Lo demás, honestamente, me daba igual.

Si es calvo, si tiene barriga, nada de eso parecía determinante. Mientras hablaba entendí que mi lista era sorprendentemente corta. No sabía todavía que, para muchos hombres, la lista suele ser exactamente al revés. Las probabilidades tampoco jugaban de mi lado: Tengo 47 años. Estoy divorciada. Tengo dos hijos. En el mercado del amor contemporáneo esas tres características pesan más de lo que imaginaba.

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Verónica Pérez Orozco
es la directora de la agencia Fábrica de Parejas, con honestidad casi brutal dice que los hombres suelen pedirle mujeres más jóvenes. Muchas veces menores de cuarenta, sin hijos, con un físico determinado, las piden fit aunque ellos no hagan ejercicio y por lo menos cinco años menores a ellos. Yo reunía casi todas las condiciones que muchos colocaban del lado de los descartes. Aun así, un algoritmo de IA y Leslie habían encontrado un candidato para mí.

Llegué unos minutos antes a una cafetería de la Del Valle. La matchmaker me escribió para avisarme que mi cita venía atrasada. Esperé observando la puerta. Los hombres comenzaron a entrar, ninguno era él. Hasta que por fin apareció. Mi primera impresión fue superficial. Era más bajo de lo que imaginaba. Más bajo, incluso, de lo que recordaba haber leído en su ficha. No pensé si era guapo o feo. Pensé algo mucho más incómodo: en otra circunstancia probablemente nunca me habría detenido a hablar con él y entonces entendí cuál era la apuesta de esta agencia.

La conversación empezó bien: hablamos de universidades, hijos, el trabajo, divorcios, de viajes, de la vida. Él me contó que ya había tenido otras citas organizadas por la agencia. Una mujer le había parecido muy atractiva pero, dijo, tenía comportamientos demasiado extraños, casi autistas. Otra había mentido sobre su peso. Yo escuchaba mientras una certeza iba creciendo en silencio: no me gustaba. Simplemente no estaba pasando. Hay cosas que el cuerpo entiende mucho antes que la razón. Y esa noche el mío ya había tomado una decisión. Lo curioso fue descubrir, al despedirnos, que él había llegado exactamente a la misma conclusión.

Mientras regresaba a casa pensé en la paradoja. Había permitido que una desconocida eligiera al hombre que, estadísticamente, tenía más posibilidades de enamorarme. Y aun así bastaron unos minutos para entender que las personas seguimos siendo infinitamente más complejas que cualquier algoritmo.

Fue entonces cuando comprendí que el reportaje que iba a escribir no era sobre una agencia de citas. Era sobre nosotros. Sobre por qué, en una época donde nunca había sido tan fácil conocer gente, millones de personas están pagando para que alguien más les enseñe, otra vez, cómo enamorarse.

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Ella dejó de buscar marido para ‘fabricar’ parejas


Verónica se ríe cuando le digo que parece diez años más joven. Le pasa seguido. Tiene 53 años, un hijo en sus veintes que ya vive en Londres y una energía que desarma la imagen tradicional de una celestina. No lleva lentes colgados al cuello ni habla con solemnidad sobre el amor. Se ríe mucho, hace bromas, cuenta anécdotas, habla de Tinder, Bumble, speed dating, con la naturalidad de alguien que entiende que el amor dejó de parecerse a las películas románticas.

Es psicóloga egresada de la UAM, aunque casi toda su vida trabajó en recursos humanos. La psicología clínica quedó guardada en un cajón porque, como tantas mujeres de su generación, estudiar también significó trabajar para mantenerse.

Antes de convertirse en una de las celestinas más conocidas, Verónica también hizo fila para buscar el amor. Aceptó las citas que organizaban los amigos. Salió con conocidos de conocidos. Y una noche terminó sentada en un restaurante de Polanco durante una sesión de speed dating. La dinámica incluía una clase de salsa, fue con su mejor amiga. Lo recuerda como una experiencia reveladora.

Los hombres que se sentaban frente a ella eran mucho más jóvenes de lo que esperaba. Muchos trabajaban en informática. “Era chistoso porque todos se parecían. Mi amiga me hacía caras diciendo ‘ya vámonos’. Yo preferí quedarme. Al final hasta bailamos salsa”. No encontró pareja. Encontró preguntas: ¿Por qué resultaba tan difícil conocer a alguien?, ¿Por qué tanta gente terminaba buscando ayuda profesional para algo que antes parecía ocurrir naturalmente?

La respuesta apareció años después, casi por accidente. Conoció 6 Grados, la primera agencia de matchmaking en México. No llegó buscando novio. Llegó buscando trabajo. Quería convertirse en casamentera. La contrataron. Y de pronto pasó del otro lado del escritorio. Comenzó a entrevistar a hombres y mujeres que, igual que ella, llegaban cansados de las apps, de las citas arregladas por amigos, de los matrimonios rotos, de los fantasmas de relaciones anteriores.

Descubrió que casi nadie llegaba diciendo la verdad completa. Los hombres afirmaban querer estabilidad, pero pedían mujeres veinte años menores. Las mujeres aseguraban no fijarse en el físico, aunque casi todas preguntaban primero cuánto medía él. Y debajo de todas esas exigencias aparecía siempre la misma palabra: miedo a volver a equivocarse, a quedarse solos, a repetir historias.

“Yo empecé a entender que el problema nunca era la cita. El problema era todo lo que cada quien llevaba cargando cuando llega a esa cita”.

Aquella idea terminaría convirtiéndose en la filosofía de su empresa. La pandemia interrumpió ese aprendizaje. Como miles, tuvo que concentrarse en sobrevivir. Dejó temporalmente el trabajo como matchmaker. Después vino otra relación sentimental. Se ríe cuando la recuerda. “Yo le digo el difunto”.

¿Y si el problema de las agencias de citas era que seguían concentrándose en encontrar personas compatibles sin ayudarles primero a entenderse a sí mismas?

Aquella pregunta terminó convirtiéndose en un negocio. Fundó Fábrica de Parejas en 2023, buscando construir algo distinto, con más psicología, con más inteligencia emocional, con más herramientas para que las personas entendieran por qué seguían tropezando con la misma piedra. Diseñó una plataforma donde los clientes no sólo contestan cuestionarios de personalidad. También descubren su tipo de apego, su temperamento dominante, la herida emocional que arrastran desde la infancia, su estilo para relacionarse y hasta su lenguaje del amor. Después deben grabar un audio respondiendo una pregunta aparentemente sencilla: ¿Por qué valdría la pena conocerte? No hay fotografías. “Las fotos ya las tienen todas las apps [en el celular]. Nosotros queríamos que la gente escuchara primero quién eres”.

El experimento funcionó. Ahora antes de intentar emparejar a dos desconocidos, intenta responder una pregunta más incómoda. No quién podrá enamorarte, sino por qué, hasta ahora, has elegido siempre al mismo tipo de persona.

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Cada celestina protege los intereses de su cliente

Los martes son los días más importantes de la semana. Mientras la mayoría apenas comienza su jornada laboral, un grupo de psicólogas, terapeutas, mercadólogas y expertas en imagen se reúne para hablar de hombres y mujeres que nunca se han visto juntos. Sobre la mesa no hay fotografías, hay expedientes. Cada carpeta contiene una vida resumida en decenas de páginas: edad, profesión, estatura, peso, escolaridad, ingresos aproximados. Si tiene hijos. Si quiere volver a tenerlos. Cómo terminó su último matrimonio. Qué aprendió. Qué errores reconoce. Qué no volvería a permitir.

En Fábrica de Parejas las relaciones también pueden morir antes de nacer. Las apps de citas hicieron creer que encontrar pareja era una cuestión de oferta. Mientras más perfiles vieras, mayores posibilidades tendrías de encontrar a la persona correcta. Verónica piensa lo contrario. “Nosotros creemos que el problema no es conocer mucha gente. El problema es conocer a la gente equivocada”.

Por eso eliminaron lo primero que domina cualquier app: las fotografías. No porque el físico deje de importar, simplemente decidieron que no fuera el primer filtro. En lugar de una imagen, los clientes reciben un audio. Un minuto que resuelve una sola pregunta. ¿Por qué valdría la pena conocerte? Parece un ejercicio sencillo. No lo es. Hay quienes descubren, mientras graban ese minuto, que nunca antes habían pensado seriamente qué podían ofrecerle a otra persona. Verónica dice que ese pequeño audio termina diciendo mucho más que cualquier fotografía cuidadosamente editada. “Puedes escuchar una voz y pensar: me cayó bien o se oye pretencioso o parece una buena persona”, dice.

El algoritmo hace la primera selección. Pero nunca toma la decisión final. Ese trabajo sigue siendo humano. Cada cliente tiene asignada una matchmaker. Su trabajo se parece más al de una terapeuta, una reclutadora y una hermana mayor al mismo tiempo. Primero entrevista al cliente. Después revisa los resultados de las pruebas. Escucha la historia completa. Descubre qué heridas carga, qué patrones repite, qué cree estar buscando. Y qué cree ella que realmente necesita.

Sólo entonces empieza a buscar candidatos. Tiene que convencer a la matchmaker del otro cliente. Cada una protege los intereses de quien representa. Como si fueran abogadas negociando un contrato. Sólo cuando ambas están convencidas de que existe una posibilidad real, autorizan el encuentro. Después envían los perfiles, sin apellidos, sin fotografías, con la información suficiente para decidir si quieren conocerse y esperan. La mayor parte del trabajo ocurre antes de la primera cita.

Lo que sigue parece casi una operación logística. Los clientes nunca intercambian teléfonos. Nunca chatean. Nunca hablan. Para organizar el encuentro utilizan un sistema interno. Uno de ellos propone tres opciones de día, hora y lugar. La agencia mantiene un directorio de cafeterías y restaurantes previamente seleccionados. Cuando ambos aceptan, la cita queda confirmada. Y entonces sucede algo inesperado. La matchmaker no desaparece. Se queda pendiente durante toda la cita. Si alguien no llega, si hay un problema, si alguno cancela de último momento, si alguien se siente incómodo. Está ahí como una especie de ángel de la guarda.

Cuando la cita termina comienza otra parte del proceso. La retroalimentación. Los dos responden un cuestionario. Califican el lugar, la conversación y sobre todo responden la pregunta más importante. ¿Te gustaría volver a salir con esta persona? Verónica presume un dato con orgullo: Ocho de cada diez parejas responden que sí. Es un porcentaje de efectividad cercano al 82 %. No significa que terminen casándose. Significa algo más modesto, que ambos tuvieron ganas de volver a verse.

En un país donde millones de personas desaparecen después de una conversación por WhatsApp, esa cifra parece casi revolucionaria. Sin embargo, el verdadero trabajo de una celestina comienza después. Porque incluso cuando dos personas quieren volver a verse, aparecen nuevos problemas.

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Los hombres que quieren una fantasía

Verónica le puso nombre: La parálisis de selección. “Es como cuando compras una caja de chocolates y quieres probarlos todos antes de decidir cuál te gusta más”. Ocurre mucho con los hombres. Compran una membresía que incluye cinco citas, con un costo de 10 mil pesos conocen a una mujer que les gusta. Pero piensan: “Ya pagué cinco. Quiero conocer a las otras cuatro”. Mientras tanto, muchas mujeres hacen exactamente lo contrario.

Conocen a un hombre, les gusta y dejan de aceptar nuevas citas. “Nos pasó una vez. Él quería seguir conociendo mujeres. Ella ya estaba siendo completamente fiel. Tuvimos que decirle: si quieres seguir saliendo con otras personas, primero dícelo”. La agencia no obliga, aconseja, insiste en que, si alguien cumple con tus no negociables, te cae bien y existe curiosidad mutua, vale la pena salir dos o tres veces más antes de descartarlo. No porque crean en el amor a primera vista, sino porque saben que la primera cita está dominada por los nervios.

En la oficina existe otra expresión que provoca carcajadas durante las reuniones casamenteras: “La pastilla de Ubícatex”. No aparece en ningún manual, pero todas las matchmakers saben cuándo administrarla. Generalmente el paciente es un hombre recién divorciado. Tiene cincuenta y tantos años, barriga prominente, dos hijos y una lista de requisitos que parece salida de un concurso de belleza. Quiere una mujer de treinta, sin hijos, muy atractiva, que haga ejercicio, preferentemente rubia. Verónica los escucha, los deja terminar y después comienza el tratamiento. 

“Nosotros te vamos a presentar personas que tengan congruencia con lo que tú también estás ofreciendo”. Algunos entienden. Otros no. “Creo que este servicio no es para ti”, les responden. No porque sea imposible sino porque la agencia no vende fantasías, vende posibilidades y esa diferencia cambia el negocio. Si hubiera que resumir en una sola frase lo que Verónica Pérez ha aprendido después de entrevistar a cientos de hombres solteros, divorciados y viudos, sería ésta: “Los hombres dicen que buscan estabilidad. Pero lo que muchas veces buscan es juventud”; no lo dice con ironía, lo dice como quien lleva demasiado tiempo escuchando la misma confesión.

Durante años ha visto desfilar ejecutivos, médicos, abogados, empresarios, ingenieros, contadores, arquitectos. Hombres que llegan agotados de Tinder, Bumble y las apps de citas. Casi todos comienzan igual. “Quiero una relación seria”. Ella les cree pero sabe que la verdadera entrevista apenas empieza. Entonces aparecen los “Que sea más joven. Que no tenga hijos. Que esté en forma. Que sea muy atractiva”. Algunos afinan todavía más la búsqueda: pelirroja, muy alta, que haga ejercicio, sin cargas familiares, como si la pareja ideal pudiera pedirse a la carta. Verónica escucha. Toma notas. Y espera. Porque todavía falta hacer una pregunta más. ¿Y tú qué ofreces? Entonces ocurre algo curioso: Muchos guardan silencio.

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Los hombres que pagan para que les fabriquen una pareja son, en su mayoría, recién divorciados, rondan los cincuenta años. Llegan después de matrimonios largos. Han recuperado cierta libertad económica. Empiezan a hacer ejercicio, compran ropa nueva, algunos vuelven al gimnasio. Y de pronto sienten que el tiempo retrocedió veinte años. “Es como si les diera un segundo aire”, dice Verónica.

En la experiencia de Fábrica de Parejas, la mayoría de las mujeres acepta salir con hombres hasta diez años mayores que ellas. Más allá de esa diferencia, casi siempre aparecen los problemas. No porque sea imposible. Las etapas de vida dejan de coincidir. Ella quiere hijos, él ya no. Él quiere viajar sin compromisos, ella apenas está consolidando su carrera. Él quiere tranquilidad, ella está construyendo futuro.

La compatibilidad deja de ser una cuestión de deseo. Empieza a ser cuestión de tiempo. Verónica insiste en que el problema no es la edad. Es la falta de congruencia. Recuerda a un cliente que exigía una mujer completamente fitness. Él mismo cargaba varios kilos de sobrepeso. Otro quería una modelo alta. Vivimos en México, le respondió ella. No en Irlanda. La escena se repite tanto que las matchmakers ya aprendieron a detectarla desde la primera entrevista.

Muchos hombres no describen una pareja. Describen una fantasía y ese es precisamente el momento en que empieza el verdadero trabajo de la agencia.

Agencias de ‘matchmaking’: el negocio de la esperanza

En el fondo, las agencias de matchmaking funcionan como una especie de bolsa de valores emocional. Todos llegan creyendo que valen más. Todos creen que pueden aspirar a un poco más, un poco más joven, un poco más atractiva, un poco más exitosa, un poco más interesante. Las matchmakers pasan buena parte del día negociando entre el deseo y la realidad. A veces convencen. A veces no.

Un hombre llega a una cafetería. Ve entrar a la mujer con la que fue emparejado. Ni siquiera se sienta, la mira de lejos, da media vuelta, se va. Las matchmakers tienen que inventar una excusa. Un problema de trabajo, una emergencia, lo que sea para evitar una humillación innecesaria.

“Los hombres son mucho más físicos”, dice. No lo plantea como una crítica, lo hace como una observación repetida mil veces. Ellos deciden antes de escuchar. Las mujeres, casi siempre, después. Porque mientras ellos llegan buscando una imagen, ellas buscan una conversación. Le pregunto qué es lo primero que buscan los hombres cuando creen que nadie los está juzgando. No responde inmediatamente. Después sonríe. “Lo mismo que todos: no quedarse solos”.
Leslie aprendió que ese negocio de citas era reflejo de una necesidad generacional | Especial


En los últimos quince años las apps prometieron democratizar el amor. Basta abrir el teléfono, deslizar un dedo y esperar un match. Sin embargo, ocurrió una paradoja. Mientras aumentan las posibilidades de conocer gente, también crece la soledad, el agotamiento emocional y la impresión de que encontrar pareja es difícil.

Los sociólogos llevan años hablando de la fatiga de las aplicaciones, del exceso de opciones, de la economía de la atención y de los vínculos desechables. Las celestinas de Fábrica de Parejas llegaron justo a ocupar ese vacío. No ofrecen miles de perfiles. Ofrecen cinco. No prometen el amor, prometen tiempo, escucha, contexto, alguien que haga una selección por ti cuando tú ya no sabes en quién confiar. Vende la sensación de que alguien te escuchó antes de presentarte a otra persona. Hay una palabra que apareció una y otra vez durante todas las entrevistas: Dispuesto.

Yo misma la pronuncié cuando la matchmaker me preguntó qué estaba buscando. Verónica la escucha constantemente. Ellas ya no hablan de príncipes, hablan de disponibilidad emocional, de alguien que quiera quedarse. Que quiera intentar, quizá porque, después de los cuarenta, el amor deja de ser una aventura y empieza a parecer un proyecto.

Antes de despedirme le pregunté a Verónica cuál era el secreto que había descubierto después de tantos años observando parejas. Esperaba una respuesta sofisticada. Alguna teoría psicológica, un concepto aprendido en la universidad. Respondió algo mucho más simple: “La gente que realmente quiere conocer a alguien termina encontrándolo”.

Entré a Fábrica de Parejas creyendo que iba a escribir un reportaje sobre un negocio. Salí entendiendo que, en realidad, estaba escribiendo sobre una generación que aprendió a protegerse tanto de volver a sufrir que terminó necesitando que un desconocido le recordara cómo volver a confiar. Tal vez ése sea el verdadero trabajo de las nuevas celestinas. No encontrarte pareja: convencerte de que todavía vale la pena salir a buscarla. 


GSC/ASG

  • Cinthya Sánchez
  • Periodista y Productora de Contenido. La investigación de sus historias se ha contado en libros, documentales y series. Ha recibido Mención Honorífica en el Premio Nacional Rostros de la Discriminación

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