M+.- A los Gen Z nos da pena pedir una pizza por teléfono. También hacer una llamada para preguntar cuánto cuesta algo, entrar solos a un restaurante, mandarle un audio a un desconocido. Pero podemos bailar en medio de una plaza, grabarnos haciendo el ridículo y subirlo a internet para que lo vean cientos más. ¿Qué está pasando?
Hace unas semanas, DOMINGA publicó un texto sobre la llamada 'batalla del aura', una tendencia en la que jóvenes compiten por hacer cosas cada vez más absurdas en espacios públicos sin perder la compostura. La gracia está en aguantar la mirada de los demás como si nada estuviera pasando: bailar en medio de una plaza, caminar como personaje de videojuego, hacer una pose ridícula o cualquier otra cosa que en otro contexto nos daría pena.
Valeria, de 21 años, cree que las batallas de aura son “el mejor invento que se ha creado”. Para ella, hacer una “pendejada” en público es un acto de rebeldía, un símbolo de libertad. Es una manera de expresarse, enseñar una parte de quién eres y, de paso, “causar un poco de escándalo para que la vida no sea tan aburrida”. Pero también tiene límites. Ella sí se metería a una batalla de aura en la calle; en su universidad, reconoce que no tanto.
“Son desconocidos”, explica. A la gente que estudia en la universidad quizá no la conozca personalmente, pero sí tiene una idea de cómo podrían reaccionar. “Me voy a sentir más juzgada”, dice. En cambio, hacer el ridículo frente a desconocidos puede sentirse casi como hacerlo frente a nadie. Si nunca volverás a ver a esas personas, ¿qué importa lo que piensen? La vergüenza, entonces, no parece depender únicamente de lo que estamos haciendo, sino de quién creemos que nos está mirando.
Xime, de 24 años, lo entiende desde otro lugar. Dice que pedir una pizza por teléfono ya no le da pena cuando está sola. “Cuando estoy con gente, sí me da pena. Pero cuando estoy sola ya me vale”. Hablar en público, sin embargo, sigue siendo otra historia. Incluso le da mucha pena hacerlo frente a otras personas.
En redes sociales la lógica vuelve a cambiar. Xime publica cosas en sus cuentas públicas y ya no le preocupa demasiado cómo se ven ahí. La pantalla ofrece una distancia extraña. Miles de personas pueden ver lo que haces y, aun así, sentirse menos intimidante que tener a cinco personas enfrente.
¿Hacer el ridículo en la calle y hacerlo en TikTok o Instagram?
El internet nos enseñó que exponerse también puede ser una elección. Desde hace años, investigadores que estudian el comportamiento de adolescentes han observado que publicar algo también implica imaginar a la audiencia: pensar quién lo va a ver, cómo lo va a interpretar y qué versión de nosotros queremos mostrar. Es decir, no sólo compartimos cosas, también aprendemos a controlar cómo queremos ser vistos. Eso hace la diferencia entre hacer el ridículo en la calle y hacerlo en TikTok o Instagram.
En internet podemos escoger el momento, repetir la toma, borrar el video, ponerle una canción, editarlo y decidir cuándo publicarlo. Incluso cuando cientos de personas terminan viéndolo, hubo un momento previo en el que nosotros decidimos: ‘Sí, esto lo quiero enseñar’. Pero en la calle no existe ese botón de editar.
Valeria explica que durante la pandemia era normal que todos subieran videos bailando, se maquillaran de formas exageradas o intentaran verse 'alt' (alternativo). No necesariamente porque cada persona hubiera decidido hacerlo por sí misma, sino porque todos los demás ya lo estaban haciendo. Si todos están haciendo el ridículo, hacer el ridículo deja de sentirse tan ridículo.
Es una especie de permiso colectivo. Cuando una conducta se vuelve suficientemente común, deja de ser una transgresión.
La lógica tiene incluso un nombre viejo para una situación que ahora ocurre en plataformas nuevas: la espiral del silencio. La idea, propuesta originalmente por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, plantea que las personas tienden a callar cuando sienten que sus opiniones son minoritarias y temen quedar aisladas. En redes sociales también se ha encontrado algo parecido: cuando creemos que nuestro entorno está de acuerdo con nosotros, somos más propensos a expresarnos; cuando pensamos que no, tendemos a medirnos más.
Las batallas de aura funcionan porque quienes participan ya saben que hay otros que entienden el juego. Uno entra al círculo, hace una 'pendejada', como dice Valeria, y los demás saben que esa es precisamente la gracia. El absurdo deja de ser una falla social y se convierte en la actividad. Hay seguridad en saber que alguien más también está dispuesto a hacerlo.
Por eso quizá no es casualidad que muchas de estas conductas nazcan o se normalicen primero en internet. Antes de que algo llegue a la calle, probablemente ya lo vimos 100 veces en TikTok. Lo que en persona podría parecer extraño deja de serlo después de verlo repetido hasta el cansancio en una pantalla. Xime, sin embargo, no está particularmente convencida de todo esto. Para ella, las batallas de aura son una tontería y una muestra de que los jóvenes tienen “demasiado tiempo libre”. Cree que las redes sociales empeoran el asunto. Si pasas buena parte del día viendo contenido, eventualmente vas a querer hacer algo que llame la atención.
¿Las redes sociales nos ayudan a liberarnos del “qué dirán”?
Ahí aparece otra contradicción. Las redes pueden hacernos más conscientes de cómo nos vemos ante los demás y, al mismo tiempo, darnos más herramientas para dejar de preocuparnos por ello. Nos enseñaron a mirar constantemente cómo se comporta el resto y también a convertir nuestra propia vida en contenido.
También nos ayudan a entender que sí importa quién está mirando. Valeria no se metería a una batalla de aura en la Ibero, pero sí en la calle. Xime puede publicar algo en una cuenta pública y no sentir demasiada pena, pero hablar en voz alta frente a otras personas todavía le incomoda. Para ambas, la audiencia cambia la experiencia.
No es lo mismo que te vea un desconocido al que probablemente no volverás a encontrar que alguien que comparte salón contigo. Mucho menos un familiar.
De hecho, Xime dice que su mayor vergüenza aparece justamente con su familia, porque la conocen demasiado. “Me hacen mucha burla”, explica. El juicio de alguien que no sabe quién eres puede desaparecer en cinco minutos. El de alguien que te conoce puede acompañarte durante años.
Quizá por eso una generación que aparentemente vive exhibiéndose puede ser, al mismo tiempo, tremendamente penosa.
IOGE