DOMINGA.– Bajo del taxi para toparme con esta fachada nada discreta de la propiedad que en los años treinta adquirieron Guillermo Kahlo y Matilde Calderón en la colonia Coyoacán, y donde vivieron Cristina, la hermana menor de Frida, y sus descendientes, ahora convertida en museo. Desde que compras el boleto de entrada, te das cuenta de que la Casa Roja de Frida Kahlo no será una experiencia artística. La plataforma Viator, una empresa de TripAdvisor, es el vehículo en línea para reservar el día, la hora y pagar; un miércoles a las nueve de la mañana de principios de abril: cuesta poco menos de 700 pesos.
La casa, rebautizada como Museo Casa Kahlo, abrió sus puertas al público el 27 de septiembre de 2025, como un proyecto impulsado directamente por los descendientes de la familia Kahlo, en particular por Mara Romeo Kahlo y su hija, herederas de la línea de Cristina. La noticia no pasó desapercibida. The New York Times lo registró como un nuevo capítulo en la explotación global de la figura de la artista, subrayando su carácter de “precuela” de un universo ya presente en la Ciudad de México: la Casa Azul, a unas cuadras de allí, y la Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, en San Ángel, que pertenecían a Diego Rivera y que, a diferencia de la Casa Roja, fueron convertidas en museos a la muerte del pintor.
El antiguo inmueble promete mostrar otro aspecto de la intimidad de la artista y está diseñado como una experiencia inmersiva por Rockwell Group, especialista en convertir biografías en recorridos sensoriales. Y no es un despacho cualquiera: están detrás del diseño de espacios para instituciones, como la Academy Museum of Motion Pictures, y experiencias escénicas para Broadway, donde la narrativa espacial es tan importante como el contenido. En la Casa Roja aplican esa misma lógica: no se trata de mostrar, sino de coreografiar la experiencia.
La operación es un eslabón más en la cadena de reactivaciones culturales que fueron desplazando a Frida del margen al centro. Durante décadas, su figura orbitó en torno a la de Diego Rivera, hasta que el mercado del arte, el feminismo global y la cultura pop encontraron en su biografía –dolor, identidad, autorrepresentación– un relato perfectamente contemporáneo, que lo mismo emociona que vende productos: un tequila, un mezcal, un perfume y hasta una película, como El diablo viste a la moda 2, que hizo recientemente una de sus presentaciones en la Casa Azul, con la presencia de Meryl Streep y Anne Hathaway.
Así que aquí estoy, a las nueve de la mañana, entrando a la Casa Roja en la calle de Aguayo. Me recibe un guardia, que me lleva con otra persona (luego me enteraré de quién es), que me lleva a la taquilla: ahí muestro el código QR que me ha llegado al celular. En la entrada me dicen que el tour será en inglés, que si puedo aguardar en una de las bancas del patio central. Mientras espero pienso en ese color: este hermoso rojo me parece todo menos inocente.
La chica que será mi guía, y que lee un libro mientras esperamos al resto de los visitantes, también parece diseñada para la ocasión: una argentina menudita que va vestida con uniforme coyoacanense de huaraches y jeans de corte anticuado.
A las nueve y media me avisan que nadie más ha llegado y que el tour será en español e individual. “Perfecto”, me digo.
La recreación de la casa familiar de Frida Kahlo
Apenas entras, te recibe una pantalla con un video que introduce al lugar y los personajes, como el primer acto de una película u obra de teatro. Es un video muy lindo, muy bien hecho, muy feliz, porque también te introduce al relato central de la casa: Frida como hija, hermana y tía. En lenguaje contemporáneo: esta casa relata la historia de la red de soporte de Frida Kahlo para convertirse en un ser extraordinario.
El recorrido en la Casa Roja me enfrenta con fotos fantásticas (la serie de arquitectura del Porfiriato tomadas por Guillermo Kahlo), trucos de museografía geniales, como cajones que abre mi guía, donde hay más fotos y textos, pero que dan la sensación de hurgar en la casa de la abuela; y artefactos de dudosa procedencia, que parecen comprados ayer en la Lagunilla pero que dan una idea de la época.
Oscilo entre la admiración y la pena ajena: ¿a quién se le habrá ocurrido instalar una cámara antigua frente a un marco vacío para que el visitante se ponga detrás del mismo, se saque una foto digital, que se “revela” en un cuarto oscuro adyacente y que será enviada al WhatsApp como recuerdo?
Como soy el único del recorrido, no me queda más que obligar y ponerme detrás de un marco, sonreír frente a la cámara antigua con tecnología digital. Debo decir que mi foto nunca llegó por WhatsApp.
Luego está el cuarto con vestidos de Frida y algunas joyas extraordinarias; está también el sótano que la guía asegura era el refugio favorito de Frida, pero uno se pregunta a quién le gustaría irse a meter a esa cueva que debió haber sido tan húmeda y oscura, y que ahora tiene mucha luz y parece el rincón de un bar de la zona.
La cocina recuerda a la de la Casa Azul. La guía dice que rasparon las paredes hasta encontrar unos frescos que se podrían atribuir (o no) a Frida Kahlo. Al baño lo llaman el cuarto del “autocuidado”, también en lenguaje contemporáneo, lo mismo que el cuarto de Cristina Kahlo se llama “un cuarto propio” para hacer eco con un tema del feminismo. El comedor, dice la guía, es el lugar donde se leían las cartas que mandaba Frida a la familia desde el extranjero, en el tiempo en que Frida ya estaba casada con Diego y viajaba, ya sea para acompañarlo o para promover su propia obra. Y allí hay un video que se proyecta sobre una pared para recrear esos momentos fundamentales en la creación del mito.
El último cuarto está dedicado a los discípulos de Frida Kahlo, los llamados “Fridos” –como Fanny Rabel y Arturo García Bustos, que se convirtieron en los alumnos más destacados de Frida en los años cuarenta–. Allí también se establece que la propia Cristina Kahlo hacía obras filantrópicas por la repartición de despensas a los necesitados.
El cuarto que sigue es la tienda. Tiene el tequila y el mezcal Frida Kahlo, algunas artesanías, unos pósteres y tote bags con el sospechoso y hermoso rojo, y un diseño retrofuturista que lo mismo se veía bien en los años veinte del siglo pasado que en los de este siglo. La dependienta de la tienda me enseña de nuevo un cuadro con el árbol genealógico de la familia dueña de la casa, la rama Kahlo, y me dice que el señor de la entrada que te ayuda con tu boleto viene de la rama Calderón, que obviamente no tuvo la misma fortuna.
Salí con una sensación ambigua: no puedo negar que la experiencia me entretuvo. Hay momentos bien logrados, trucos eficaces, una narrativa que avanza sin tropiezos y que sabe exactamente dónde quiere producir emoción. Caí redondo en el pase de magia y me da cierto gusto pensar que los devotos de Kahlo y los turistas encontrarán aquí otra estación en su peregrinaje.
Yo me voy de allí en busca de dónde desayunar en esta ciudad, que no sean unos tamales como los de Pujol, que no sea un desayuno orgánico, ni sustentable, ni que tenga masa madre, que no sea en un mercado de la ciudad descubierto por los influencers, o que tenga hormigas chicatanas. Algo que, por favor, no sea una experiencia empaquetada: me quedaré con hambre toda la mañana.
IYC/GSC