• La CdMx está de moda: los gringos salen de la Condesa, abarrotan la Arena Coliseo y pasean en Tepito

Como la Berlín de comienzos de siglo, el París de los 60 o la Londres de siempre, la CdMx se convirtió en “el otro país nuestro” de los extranjeros que aman la buena vida.

Marco Teruggi
Ciudad de México /

DOMINGA.– Los gringos están en todas partes. En la Arena Coliseo, durante la pelea entre Dark Panther y Magnus, se escuchan los “¡culeeero!” y los “¡chinga tu madre!” que los aficionados lanzan cada minuto hacia los luchadores, de las tribunas bajas a las de arriba y viceversa. Ahí, entre golpes acrobáticos, hay una fila entera de cabezas rubias que toman cerveza. Uno se da vuelta:

—¿Hablas inglés?

Pregunta y yo asiento con la cabeza.

Who is the good one?—dice que “quién es el bueno”, mientras Dark Panther vuela por los aires sobre Magnus, que cae rendido. O casi.

The bad one is the good one —contesto.

No explico si el good one es Magnus, con su máscara y pantalón rosado, o Dark Panther con su máscara y pantalón negro. El gringo y su amigo parecen satisfechos con la respuesta, que se posiciona de forma sintetizada en la disputa entre luchadores rudos o malos contra técnicos o buenos. Debería decirles que eso también pasa en las películas de Hollywood, que los bad ones son casi siempre los good ones; pero en ese momento Magnus contraataca como puesto de pie por un rayo y le realiza una quebradora a Dark Panther, quien rueda de dolor.

El gringo no es estrictamente gringo sino canadiense, de Vancouver, se coloca una máscara, bebe su cerveza, y grita “¡culeeerou!” y se anima a lanzar un “¡putou!”. Miro hacia los lados y veo más filas de rubios. Es nuevo, me dicen, los extranjeros de la Roma y la Condesa no llegaban hasta esta zona donde comienzan las vecindades y calles arrabaleras, en el centro de la Ciudad de México.

Magnus finalmente derrota a Dark Panther con unos rodillazos fulminantes: ganó el good one, que es el bad one. Terminan todas las peleas, salimos de la Arena Coliseo y las cabezas rubias se dispersan entre la multitud de mexicanos que parten a casa o se van de fiesta.

Arena Coliseo, sede de eventos de lucha libre profesional y boxeo, está ubicado en la calle República de Perú en CdMx | Especial


Ciudad de México se puso de moda a partir de la pandemia
: con menos restricciones de movilidad, precios de vida más económicos, muchos mercados, colores, hospitalidad y un clima agradable todo el año. Un lugar ideal de teletrabajo para quienes ruedan por el mundo en búsqueda de lugares bien conectados, con buenos servicios, y además cerca de Estados Unidos; como el nearshoring de las empresas, que se asentaron a corta distancia de las casas matrices para abaratar costos, pero en este caso de personas.

La ciudad se volvió cool para gringos, canadienses, europeos. Como lo fue Berlín en Alemania a inicio de este siglo, cuando se convirtió en capital cultural, con alquileres baratos y más posibilidades para los jóvenes que otras metrópolis, como París o Londres, siempre tan caras. Las ciudades, como los bares y las calles, se ponen de moda, se mantienen o decaen. Y los “gringos” desembarcaron en la Ciudad de México. Comenzaron por el corazón geográficoRoma, Condesa, Juárez– y de a poco se extendieron a zonas cercanas –como Escandón o Narvarte–, donde es cada vez más habitual verlos pasar en bicicleta o sentados en un bar.

Los extranjeros llegaron a México para aprovechar el alto valor de sus dólares, mientras haacen 'homeoffice' | Octavio Hoyos/Milenio Diario


Puesto en números: en la alcaldía Cuauhtémoc, donde se concentra la mayoría, hay cerca de 56 mil extranjeros afincados, o sea 10% de los habitantes, según la FIABCI en México. Muchos y con poca discreción.

Con su llegada aumentaron los alquileres (más del 60% en la colonia Roma), abrieron comercios y restaurantes pensados para los nuevos habitantes y muchas veces con propietarios extranjeros; tiendas cool para gente cool, y comenzaron a irse los vecinos de toda la vida por el aumento de los precios. Lo que se llama la gentrificación, esa palabra tan fea como su significado, el desplazamiento de habitantes de clases medias, bajas, por otros de mayor poder adquisitivo, en este caso provenientes de San Francisco, Nueva York o Vancouver. No hay quien le gane al dólar.

Caminar por la Roma es escuchar una banda sonora en inglés, desde las charlas en las terrazas, la música, o las preocupaciones. Con su aumento poblacional crece el área de incursiones: llegan ahora a la Arena Coliseo, a las trajineras de Xochimilco, al mercado La Lagunilla en el barrio popular de Tepito, donde convive una parte del tianguis con puestos abarrotados de ropa, pasillos angostos, regateo de precios, y otra que tiene música alternativa, ropa retro, y los extranjeros que pasean michelada en mano en su inmersión popular de domingo. Todo lo que tocan se vuelve hípster. Todo lo hípster es caro.

—Hermano, la cosa es tan grave que en algunas partes las salsas ya no pican —dice un amigo mexicano preocupado.

La alcaldía Cuauhtémoc es en la que más extranjeros viven en CdMx | Octavio Hoyos/Milenio Diario.


Caminar por la Roma es escuchar una banda sonora en inglés, desde las charlas en las terrazas, la música, o las preocupaciones. Con su aumento poblacional crece el área de incursiones: llegan ahora a la Arena Coliseo, a las trajineras de Xochimilco, al mercado La Lagunilla en el barrio popular de Tepito, donde convive una parte del tianguis con puestos abarrotados de ropa, pasillos angostos, regateo de precios, y otra que tiene música alternativa, ropa retro, y los extranjeros que pasean michelada en mano en su inmersión popular de domingo. Todo lo que tocan se vuelve hípster. Todo lo hípster es caro.

La presencia de extranjeros se extienden a lugares, barrios y eventos que antes evitaban | Federico Mastrogiovanni

La valija guardada del exilio sudamericano

Algo sucede con México, anterior al boom gentrificador. Una atracción que aparece en relatos de exiliados republicanos que huyeron del franquismo a fines de los años treinta, de sudamericanos que escaparon de las dictaduras en Argentina, Chile o Uruguay en los años setenta, de centroamericanos que cruzaron desde Guatemala en los años ochenta ante la Guerra Sucia, o de colombianos que tantas veces debieron escapar hasta hace pocos años. Una coincidencia en la experiencia de muchos: en México, pasado el impacto primero, se sintieron en casa. Y casa y exilio son, casi siempre, palabras contrapuestas. Si algo es el exilio es la ausencia de la casa.

José Gaos, exiliado español que llegó a México en 1938, acuñó acá el concepto “transtierro” para referirse a esa experiencia. Ya no era sólo del destierro, ese ser arrancado de la tierra propia y vivir en la ausencia y el peso diario de la distancia, sino que incluía la posibilidad de arraigarse en el nuevo país, México, tener un doble enraizamiento. El exilio pasó a ser también una posibilidad de querer y ser querido en otro lugar, tan lejano como un océano de distancia en el caso de España.

Otro exiliado, argentino, Carlos Ulanovsky, que vino por primera vez en 1974, bautizó a México como “el otro país nuestro” y “una clínica de recuperación emocional”. Los exiliados argentinos en México, uno de los principales destinos durante la dictadura cívico-militar, crearon un nuevo término para referirse a su identidad y la de sus hijos, criados entre la guerra de las Malvinas y “Las mañanitas”: los argenmex. Una doble identidad que sigue hasta el día de hoy, que acompañó a quienes volvieron a Buenos Aires, y llevó a otros a quedarse en este país.

Se repite en este siglo XXI con los nuevos exilios en México, como de ecuatorianos, bolivianos o salvadoreños, que comenzaron a escapar de sus respectivas tragedias (golpes, autoritarismos, violencia) en lo que va del siglo XXI. Y como antes, al dolor de verse forzado a dejar su barrio, su familia, sus amigos, se une el descubrimiento de un nuevo país que se torna propio. Querer en el dolor es difícil y ocurre en muy pocos sitios. Al punto que algunos de ellos llegan a preguntarse, a veces, en voz baja, si quedarse aun pudiendo volver, llegado el momento.

—México, así de fácil lo sientes tuyo, así de fácil te quieres quedar —dice un amiga cubana-ecuatoriana exiliada en la ciudad.

México, donde quien llega guarda la valija y no la deja siempre lista para regresar.

​Si América Latina tuviera una capital…

México tiene una combinación muy particular: uno de los nacionalismos más arraigados y proclamados con banderas y gritos de independencia; una hospitalidad de puertas abiertas de par en par; y un universalismo continental, que lleva a que cualquier latinoamericano pueda reconocer acá algo de su propio país. Si América Latina tuviera una capital, Ciudad de México sería una de las primeras candidatas.

Esa mezcla, junto con la lista de paisajes, pueblos y comidas produce esa alquimia que invita. Una fuerza de gravedad que le dio casa por muchos años al escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien también ayudaba a colombianos que escapaban de la violencia en su país, como cuenta la escritora colombiana Saia Vergara Jaime en sus memorias del exilio en México en los años ochenta. Otros, como el gran poeta argentino Juan Gelman decidieron quedarse para siempre en México. Y quienes volvieron a sus países, siempre quisieron regresar a México, a sus quesadillas, al Ángel de Independencia o el Estadio Azteca.

La Ciudad de México ofrece casa ahora a aquellos miles de nómadas digitales que “hipsterizan” la Roma o la Condesa, que no conocen las historias de exilios en la ciudad, disparan los precios de todo lo que tocan; se sientan con sus notebooks en cafés de especialidad, toman mezcal en un bar por la noche, CMDX is so nice. Son parte del paisaje que se crea, chilango, cosmopolita, en movimiento. México generoso, siempre.

Y esos gringos en su inmersión en la cultura mexicana terminan alentando una noche a Dark Panther contra Magnus en la Arena Coliseo, por un cronista argentino les dijo que fueran por él. Y gritan “¡culerou!” y “¡chinga tu madrei!”, juegan a ponerse máscaras y beben rodeados de chilangos de las gradas de abajo que le gritan a los de arriba que no conocen a sus padres. No saben quién es el bien, el mal, el rudo o el técnico, el héroe o el villano, tampoco que ellos mismos con pinta de good ones son en realidad tantas veces los bad ones, pero todo es relativo con cerveza y lucha libre en la Ciudad de México.


GSC/ASG




LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite