Huevos de oro: Elizabeth y las 150 productoras que están cambiando la economía rural en Jalisco

Desde la región Sierra de Amula, mujeres logran prosperar su negocio llegando a ser proveedoras en Guadalajara.

El huevo rojo es igual de nutritivo que el blanco y ha sido un producto de éxito para emprendedoras (Fátima Briceño)
Fátima Briceño
Guadalajara /
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M+.- Elizabeth Chagollán lo intentó una vez y fracasó. Compró 500 gallinas con la ilusión de convertir el huevo en un negocio próspero, pero las aves llegaron enfermas, la inversión se esfumó y el sueño se vino abajo.

Lejos de rendirse, la mujer de El Grullo, municipio localizado en el suroeste de Jalisco, decidió intentarlo de nuevo, esta vez con capacitación, acompañamiento y el respaldo de otras mujeres.

Hoy, con 140 gallinas bajo el programa En Pro de la Mujer Jalisco, Elizabeth no solo produce huevo de calidad junto con sus dos hijas, sino que también ha aprendido a vacunar, desparasitar y tomar decisiones sin depender de terceros.

Su historia, contada a MILENIO, refleja lo que ocurre en los patios rurales de la Sierra de Amula, donde más de 150 mujeres han transformado la crianza de gallinas ponedoras en un proyecto de vida que va más allá de la producción.

Generan ingresos propios, rompen esquemas de dependencia económica y construyen una red de apoyo que ya produce entre 50 mil y 60 mil huevos al mes, comercializados bajo la marca Obofres, demostrando que una oportunidad también puede caber en una canasta llena de huevos.

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Un huevo que también cuenta una historia

En los patios de las casas rurales de la Sierra de Amula, el día comienza antes de que el sol termine de asomarse. Hay quienes preparan el desayuno, llevan a sus hijos a la escuela o atienden otros pendientes de la familia.

Pero, entre esas tareas, decenas de mujeres tienen una rutina que se ha convertido en parte fundamental de su vida: alimentar a sus gallinas, revisar el agua, recoger los huevos y procurar que cada ave esté sana.

No se trata únicamente de producir huevo. Para muchas de ellas, tener un gallinero ha significado aprender a tomar decisiones, generar ingresos propios y demostrar que una actividad que parecía pequeña puede convertirse en un proyecto de vida.

“Primero fue decir: vamos a tener un alimento sano para nuestra familia. Después se pasó a verlo como un negocio”, explica Cecilia Araceli Osorio Estrella, coordinadora del proyecto En Pro de la Mujer Jalisco, impulsado por la fundación Educampo.

La iniciativa acompaña actualmente a mujeres de Unión de Tula, El Grullo, Autlán de Navarro, Tonaya, Tuxcacuesco y Zapotitlán de Vadillo, todos localizados en la misma región.

Son municipios donde la agricultura, la caña y las actividades del campo forman parte de la vida cotidiana, pero donde ahora también comienza a abrirse paso una red de productoras de huevo.

“Cuando alguien escucha Sierra de Amula, su mente se va a la caña o a otro tipo de sistema productivo, pero no al huevo. El huevo lo relacionamos más con Tepatitlán y otros municipios productores. Entonces, para muchas mujeres fue una novedad”, cuenta Cecilia.

En conjunto producen entre 50 mil y 60 mil huevos al mes. (Fátima Briceño)

Una idea que nació para dar autonomía

El proyecto comenzó en Jalisco en 2021, primero en municipios del sur del estado, como Tuxpan, Ciudad Guzmán, Zapotiltic, Tecalitlán y San Gabriel.

La intención era trabajar con mujeres que, aunque participaban en las labores del campo junto con sus esposos o familias, no siempre contaban con un ingreso propio ni con la posibilidad de decidir sobre su economía.

“Muchas de ellas trabajaban en las tierras de sus esposos o ayudaban en otras actividades, pero no tenían tenencia de la tierra ni un ingreso propio”, explica la coordinadora.

A través de diagnósticos y talleres, las mujeres fueron consultadas sobre las actividades productivas que les interesaban. Algunas pensaron en transformar maíz; otras consideraron trabajar con animales.

Finalmente, muchas eligieron la crianza de gallinas ponedoras.

No eran las gallinas criollas que tradicionalmente se tienen en los patios de las casas, sino aves de postura con manejo técnico, alimentación específica y cuidados constantes.

“Ellas eligieron tener gallinas de una genética distinta, con un manejo más organizado y disciplinado. La idea era que pudieran aprender a producir huevo bajo buenas prácticas”, señala Cecilia.

La primera etapa reunió entre 200 y 250 mujeres. Después de varios años de acompañamiento, algunas concluyeron su proceso y se abrió una nueva generación de participantes en la Sierra de Amula.

Desde 2023, el programa se instaló en esta región. Actualmente hay 150 mujeres activas; de ellas, entre 60 y 65 ya cuentan con gallinas, mientras que el resto continúa en capacitación antes de recibir su primera parvada.

“No se trata de entregar gallinas y ya. Primero tienen que conocer lo que implica tenerlas, porque es muy diferente tener unas gallinas de traspatio a manejar un sistema de producción”, explica.

Aprender antes de emprender

En los talleres, las mujeres aprenden desde lo más básico: cómo acondicionar un gallinero, qué cantidad de alimento requieren las aves, cómo identificar signos de enfermedad y por qué la limpieza puede marcar la diferencia entre una buena producción y una pérdida económica.

También aprenden a organizar sus tiempos.

“Las gallinas son muy rutinarias. Antes de que lleguen, las mujeres tienen que planear a qué hora les van a dar de comer, cuándo van a revisar el agua y cómo van a organizar sus actividades”, explica Cecilia.

Cambiar constantemente los horarios puede afectar a las aves. Si un día reciben alimento dos veces y al siguiente sólo una, pueden estresarse y disminuir su producción.

“Las mujeres empiezan a ver que, si no les dan de comer a tiempo o si el agua está caliente porque el bebedero quedó bajo el sol, las gallinas dejan de tomar y eso las afecta. Son detalles pequeños, pero hacen una diferencia enorme”, agrega.


​El cuidado también parte de una idea que repiten en cada capacitación: las gallinas son seres vivos y deben vivir sin maltrato.

“Se habla mucho del bienestar animal. Que no sufran por hambre, enfermedad, miedo o falta de espacio. Algunas personas creen que es algo romántico, pero no. Es darle valor a un animal que te está proporcionando un producto y que también necesita cuidados”, sostiene la coordinadora.

Cada gallinero debe contar con espacio suficiente para que las aves se muevan, se asoleen, extiendan las alas y tomen baños de arena. En el área techada, la recomendación es no concentrar demasiadas gallinas; además, deben contar con ventilación, nidos, perchas, comederos y bebederos adecuados.

Cada gallinero debe contar con espacio suficiente para que las aves se muevan. (Fátima Briceño)

“Ellas van aprendiendo a conocer a su gallina por fuera y por dentro. Entienden por qué una gallina puede dejar de poner, qué pasa si come de más o si se estresa, y eso les ayuda a tomar decisiones”, dice Cecilia.

El huevo de una familia

Entre las historias que han surgido dentro del proyecto está la de Elizabeth Chagollán, una mujer de El Grullo que ya tenía experiencia en la compra y venta de animales, pero que también conoció de cerca lo que significa perder una inversión.

Hace alrededor de un año decidió emprender por su cuenta y compró 500 aves. La expectativa era grande: había escuchado que producir huevo podía ser un buen negocio y decidió apostar fuerte.

Sin embargo, las gallinas llegaron con problemas. Algunas se enfermaron, la calidad no era la esperada y, sin el conocimiento técnico necesario, la inversión se vino abajo.

“Fue un golpe muy fuerte para ella, en lo económico y también en lo emocional. Ella decía: ‘Yo le había apostado porque había escuchado que era muy bueno producir huevo’”, recuerda Cecilia.

Lejos de abandonar la idea, Elizabeth decidió intentarlo de nuevo, pero esta vez acompañada por otras mujeres y con capacitación previa.

“Le dijimos: venga a los talleres, conozca qué fue lo que falló y qué tenía que considerar antes. Y ella se integró muy animada”, cuenta la coordinadora.

Aunque el proyecto recomienda comenzar con pocas aves para aprender el manejo, Elizabeth volvió a mostrar su carácter emprendedor. Esta vez inició con alrededor de 140 gallinas.

“Ella misma dice que es muy diferente tener un grupo de acompañamiento, escuchar a otras mujeres, saber con qué proveedor comprar y entender qué calidad de aves necesitas para que te vaya bien”, señala Cecilia.

Hoy, Elizabeth ya aprendió a vacunar y desparasitar a sus gallinas. Ya no depende por completo de alguien externo para resolver un problema en el gallinero. Su sueño de tener 500 o 600 aves sigue vigente, pero ahora quiere crecer con mayor preparación.

“Ella dice que su gallinero grande está ahí, esperando el momento. Fue una caída, pero también algo que la impulsó a pensar en el futuro”, agrega.

El proyecto de Elizabeth no se quedó solo en ella. Sus dos hijas se han involucrado en las tareas diarias y, poco a poco, el gallinero se ha convertido en una actividad familiar.

Elizabeth ya aprendió a vacunar y desparasitar a sus gallinas (Fátima Briceño)

La menor, que aún cursa la primaria, disfruta acompañar a su mamá a recoger huevos, limpiar los espacios y alimentar a las aves.

“Ella dice que su niña es la primera granjera. Se levanta y le dice: ‘Vamos con nuestras gallinas, vamos a recoger sus huevos, a limpiarles y a darles de comer’”, relata Cecilia.

La hija mayor, recién egresada de preparatoria, participa en la clasificación, el pesaje y la distribución de los huevos. Entre las tres se organizan para vender, llevar las cuentas y atender los pedidos.

Elizabeth incluso les paga por algunas de las actividades que realizan, con la intención de que aprendan que el trabajo tiene valor y que un negocio requiere constancia.

“Ella quiere que sus hijas entiendan que, si tienen disciplina en sus actividades, también pueden tener una retribución. Pero, además, les está enseñando el contacto con otro ser vivo, la delicadeza y el cuidado”, explica la coordinadora.

Entre 50 mil y 60 mil huevos

Actualmente, las mujeres del proyecto trabajan con cerca de 4 mil gallinas de distintas edades. Algunas parvadas llegaron recientemente; otras llevan más tiempo en producción.

En conjunto producen entre 50 mil y 60 mil huevos al mes para su comercialización. La cifra puede variar dependiendo de la edad de las aves, el clima y los cuidados que reciben.

No todos los huevos llegan a la venta. Las productoras revisan cada pieza y separan aquellas que presentan alguna irregularidad en el cascarón o que no cumplen con las condiciones adecuadas para el consumidor.

“El huevo que producimos es de gallina libre de jaula, para plato y en un sistema de semipastoreo”, explica Cecilia.

Esto significa que las gallinas no viven encerradas en jaulas, pero tampoco permanecen completamente expuestas en terrenos abiertos. Los gallineros están protegidos con malla para evitar el ingreso de otras aves o animales que puedan transmitir enfermedades.

“Las gallinas tienen su área techada, sus comederos, bebederos, perchas y nidos. También cuentan con un espacio para asolearse y moverse, pero todo está cercado para cuidar la inocuidad y evitar que se enfermen”, detalla.

El huevo es para consumo, por lo que no hay gallos dentro de los gallineros. Así, las productoras aseguran que no habrá huevos fecundados.

“A veces, en los ranchos o con las abuelitas, se encontraba un huevo que ya estaba fecundado. Aquí no, porque solo hay gallinas. El huevo es el óvulo de la gallina; el gallo solo es necesario si se quiere que nazca un pollito”, explica.
Mujeres forman parte de la feria de productores donde llevan el huevo rojo de la región Sierra de Amula en Jalisco (Fátima Briceño)

Una red que busca llegar más lejos

Además de vender en sus comunidades, con familiares o vecinos, las productoras comienzan a organizarse para comercializar de manera conjunta bajo la marca Obofres.

La intención es que el consumidor pueda identificar de dónde proviene el huevo, cómo fue producido y quiénes están detrás de cada caja.

“Vender de manera individual es el primer paso. Pero entrar a una venta comunitaria implica ponerse de acuerdo, cumplir reglas y tener una organización distinta”, explica Cecilia.

La marca también permite dar seguimiento a la calidad del producto. Si un cliente reporta que algún huevo tiene el cascarón más frágil, las mujeres pueden revisar qué ocurrió en el gallinero: si hubo cambios de temperatura, problemas de alimentación o alguna condición que afectó a las aves.

“Eso les ayuda a tener trazabilidad. Ya no es sólo decir: ‘Compré huevo rojo’; ahora pueden saber de qué grupo viene, cómo se manejó y qué se puede mejorar”, señala.

Pero el logro más importante, asegura Cecilia, no se mide únicamente en huevos vendidos o en gallinas cuidadas. Está en la red que han construido las mujeres.

“Lo más valioso es que sienten que no están solas. No es una, no son dos; ya es un grupo. Si alguna tiene una dificultad, las otras pueden ayudarla, darle un consejo o compartirle lo que a ellas les funcionó”, dice.

En una región donde todavía puede resultar incómodo que una mujer tenga un ingreso propio o tome decisiones económicas, cada gallinero representa algo más que una actividad productiva.

“Todavía hay realidades en las que a algunas mujeres les hacen sentir culpa por decidir o por tener algo propio. Por eso este proyecto busca que ellas tengan autonomía, que sepan que pueden generar ingresos y sostener un negocio”, concluye Cecilia.

En la Sierra de Amula, entre el ruido de las gallinas, los cascarones y las manos que clasifican huevos, decenas de mujeres están demostrando que emprender también puede comenzar en un patio y que, a veces, una oportunidad cabe en una canasta llena de huevos.

SRN/MC

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