• Panteones saturados. Así es la lucha de los sepultureros para abrirle espacio a los muertos

  • “Y ¿por ahí por los pasillos hay espacio?”. Panteones saturados, tumbas temporales y restos exhumados por refrendos vencidos: la CdMx enfrenta una crisis silenciosa en sus cementerios.
Ciudad de México /

DOMINGA.– Rigoberto Saldaña Galicia perdió a su hija Dulce Soledad hace catorce años. Estudiaba Derecho, tenía apenas veintidós. Era la menor –y única mujer– de seis hermanos. El plan de la familia era enterrar a Dulce en el panteón de su comunidad, en Santiago Tulyehualco, Xochimilco. Aquí está sepultado el célebre compositor Quirino Mendoza y Cortés, autor del “Cielito lindo”. El 10 de mayo es su cumpleaños y mucha gente local y hasta turistas visitan su tumba. Pero el encargado dijo a los Saldaña que no había lugar, el cementerio estaba lleno.

–Y ¿por ahí por los pasillos? –preguntó don Rigo, como le dicen en el pueblo.
–No hay –insistió el administrador.

Un familiar les cedió un espacio y pudieron sepultar a Dulce en el panteón comunitario, como dictan los usos y costumbres de este pueblo originario. Pero Rigo no se quedó cruzado de brazos, hizo una promesa: lucharía para que nunca a nadie se le niegue un lugar. “Juré delante de mi hija que iba a hacer algo por el panteón”, recuerda. Lo primero que hizo este hombre de 68 años, de expresión afable, piel morena, ojos cansados y un bigote oscuro con ligeros hilos plateados, fue volverse una especie de activista vecinal.

Morir en la CDMX implica convertirse en un trámite administrativo | Neldy San Martín


​Impulsado por el dolor de la pérdida, buscó generar más espacios. Recorrió de norte a sur el cementerio, revisó cada fosa y todos los rincones, hasta quebrarse la cabeza, parecía imposible. Pronto se dio cuenta de que no cabía ni un alma más en este panteón que data desde hace 130 años. Tiempo después se postuló como administrador del cementerio y lo eligieron popularmente en 2018. Es un puesto sin sueldo pero, para don Rigo, se trata de un deber moral.

Un día, mientras hacía un recorrido ya como administrador, vio un espacio grande, un montículo de tierra desaprovechado dentro del panteón, tenía basura, escombros, rocas y árboles, y pensó en pedirle a los vecinos que lo ayudaran a limpiar. Imprimió tres mil volantes y los voluntarios llegaron con palas, machetes y escobas.

“Así empecé porque no tenían espacios. Hace catorce años no me dieron el lugar y entro yo y pude generar ochenta lugares nuevos”, dice Rigoberto con un aire de confianza, como quien está camino a cumplir su promesa.

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El vecino que logró crear 305 espacios para tumbas

Ahí nació su lucha pero el trayecto ha sido largo. Rigoberto y las personas de la comunidad se han organizado para mejorar el panteón, han hecho concursos para decorar las paredes con grafitis de catrinas, cempasúchil, chinampas y calaveras, y darle así vida al lugar. Han puesto banquitas y plantado árboles. “Antes daba miedo el panteón”, dice Rigo. “La gente iba de entrada por salida porque estaba muy descuidado”. Terminaron la capilla que llevaba veinte años en obra negra.

El panteón de Tulyehualco tiene 24 mil 430 metros cuadrados y en sus tierras descansan más de 3 mil 660 difuntos, esto lo mantiene al 97% de su capacidad, según información de la alcaldía Xochimilco. Ahora el plan de Rigo es que el pueblo se organice para comprar el predio contiguo, unos siete mil metros cuadrados de un terreno baldío que por muchos años fue una granja, y extender el panteón.


En Xochimilco hay diecisiete panteones, uno civil y los demás comunitarios que administran los vecinos. Siete de ellos están al 100% de su capacidad. En la alcaldía hay un total de 68 mil 836 fosas y de ellas 48 mil 155 están ocupadas, esto quiere decir que hay una saturación del 69.9%, de acuerdo con una solicitud de acceso a la información pública. “Ya tiene muchísimos años que tenemos esta saturación”.

Hace siete años, parte de la comunidad compró mil metros cuadrados del terreno contiguo llamado La Granja y construyeron más de 225 gavetas o cajones de concreto para las inhumaciones. Este es un pueblo originario y según los usos y costumbres las personas cuando fallecen tienen que ser enterradas, no incineradas. Ahora, Rigo y algunos habitantes del pueblo buscan juntar más dinero para comprar lo que falta. Todavía tienen pendientes los permisos. Han tenido trabas burocráticas para poder regularizar el espacio, aunque han visto mayor apertura de las autoridades.


“Mi compromiso es terminar la ampliación”, dice Rigo sobre sus planes y la promesa que le hizo a su hija.

Con un colapso del 97% de su capacidad, el panteón de Tulyehualco refleja la crisis que viven 33 cementerios de la Ciudad de México | Neldy San Martín

Los panteones se ven obligados a recuperar espacio

En la Ciudad de México ya no cabe ni la muerte. Candelario González ha sido testigo de cómo en los panteones de Iztapalapa, la alcaldía más poblada de la capital con más de 1.8 millones de habitantes, se ha ido agotando el espacio.

El Panteón General de Iztapalapa tiene cincuenta mil metros cuadrados de lápidas, cruces, urnas, estatuas de la Virgen de Guadalupe y Cristos de distintos tamaños que compiten por el terreno, mientras grandes árboles les dan sombra. Diminutos pasillos separan las filas de tumbas. La saturación que Candelario administra es visible desde la entrada: una fosa junto a otra, casi sin respiro.

Este hombre de cabello entrecano y de piel morena, tiene 59 años y ha dedicado cuatro décadas de su vida a los cementerios. Empezó a los diecinueve años como sepulturero. Abrió fosas, enterró cadáveres, sacó restos y los llevó a incinerar. Al principio le daba miedo su trabajo porque le decían que en los panteones había “espantos”, que se aparecían “los muertitos”. Cuarenta años después, sabe que son puros cuentos. “Nunca he escuchado nada. A mí ya no me espantan los panteones”.

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Hoy es jefe de campo en los cementerios de Iztapalapa y su responsabilidad es llevar a los trabajadores a la fosa indicada. En este trabajo no puede existir el error. Trae puesto un sombrero porque es mediodía y el sol pega con fuerza en el Panteón General de Iztapalapa. Viste con orgullo su uniforme: pantalón tipo cargo caqui y camisa del mismo color. Conoce el panteón mejor que la palma de su mano. “Nosotros sabemos cómo se cuentan los lotes, las líneas, las fosas”.

Durante la pandemia de covid-19, se vivió una verdadera crisis en los panteones. Candelario recuerda que llegaban cadáveres y no había espacio disponible. “Entonces [...] escarbamos fosas nuevas”. Sólo en 2023, cuando terminó oficialmente la pandemia, se registraron 65 mil 291 defunciones en la Ciudad de México.

Dalia Palma, administradora del panteón, escucha a Candelario recordar los tiempos más crudos de la saturación y asiente. “En ese tiempo comenzamos a tener un colapso. Teníamos incluso hasta diez servicios por día. Después, la situación fue escalando un poquito, al punto donde ya no teníamos a veces lugares donde recibir a la gente, y empezamos a tomar la medida de cremarlos”.

La joven explica que en los últimos años en los panteones de la ciudad se han tenido que recuperar espacios para “que haya un lugar digno” dónde sepultar.

En 2024, el gobierno de la ciudad publicó los lineamientos para la recuperación de fosas, gavetas, criptas y nichos en estado de abandono ante la saturación que lleva décadas prendiendo alertas. Aunque se ha logrado gestionar con medidas, como las exhumaciones de restos no reclamados u olvidados, las labores han sido insuficientes.

Un mapeo de panteones por alcaldía en la CdMx


En Álvaro Obregón, por ejemplo, los nueve panteones están saturados sin excepción. La alcaldía reporta cero fosas disponibles hasta abril de 2026. En Tlalpan, ocho de 11 panteones están al 100%. En Gustavo A. Madero quedaban 296 fosas disponibles en 11 panteones, hasta 2025. La alcaldía tiene una saturación del 99%.

Los tres panteones civiles de Azcapotzalco están saturados y operan exclusivamente a fosa vencida, es decir, sólo pueden recibir nuevos cuerpos exhumando los que ya cumplieron más de siete años enterrados. Mientras que en Venustiano Carranza en el único panteón de la alcaldía, Peñón de los Baños, no queda ni un espacio disponible, las 3 mil 500 fosas están ocupadas a perpetuidad, lo que significa que no hay posibilidad de liberación. El único panteón civil de Cuajimalpa, El Calvario, con 9 mil 236 fosas, también ya está al tope.

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Las alcaldías Coyoacán y Tláhuac respondieron a solicitudes de información pública que sí tienen fosas disponibles. Coyoacán reveló que hay 555 fosas y nichos en cinco panteones comunitarios. En el caso de Tláhuac, aunque San Pedro Tláhuac, San Andrés Mixquic, Tlaltenco Viejo, Zapotitlán Viejo y Zapotitlán Anexo están al límite, otros seis panteones cuentan con capacidad para recibir difuntos, se trata de un total de 11 mil 826 fosas. En esta demarcación los restos no se exhuman, se conservan en las mismas fosas por usos y costumbres, esto significa que la capacidad no se recupera por vencimiento de títulos temporales, a diferencia de otras alcaldías.

La sobrepoblación de la Ciudad de México no sólo se percibe en el transporte o en los hospitales, también en sus cementerios. Los 118 panteones de la capital suman 8 millones 288 mil 964 metros cuadrados de terreno y al menos 33 ya colapsaron, de acuerdo con información pública.

Sin embargo, la cifra podría ser mayor. Porque Miguel Hidalgo, Magdalena Contreras y Milpa Alta no entregaron la información solicitada y algunas alcaldías dijeron no contar con los datos de los panteones comunitarios o vecinales, pues no los administran. Benito Juárez, Cuauhtémoc e Iztacalco respondieron que no contaban con la información y remitieron a la Consejería Jurídica y de Servicios Legales de la CDMX , pero ésta respondió que le correspondía a las alcaldías.

En la ciudad no existe un registro unificado de panteones civiles y comunitarios. En el caso de los privados el gobierno no tiene datos. A cuenta gotas, entre lo que brindan las alcaldías, se puede tener una idea de la saturación.

Daniel Morales, administrador del panteón San Nicolás Tolentino, supervisa las jornadas | Neldy San Martín

​​Las perpetuidades se acabaron en los panteones

Esto convierte al cuerpo de una persona en un trámite en la Ciudad de México. Puede permanecer sepultado hasta veintiún años, con dos refrendos, el primero a los siete y el segundo a los catorce. Después sus familiares tienen que cremarlos o llevarlos a otro lado para que alguien más haga uso del espacio. Sólo existen algunas excepciones, como las tumbas registradas como parte del legado histórico y cultural por el Gobierno de México o las que alojan restos de personajes ilustres.

En Iztapalapa hay tres panteones civiles y siete comunitarios. Los que administra la alcaldía son el Panteón General; San Nicolás Tolentino, con capacidad de entre 300 y 500 fosas para adultos y 5 mil 534 para niños, y San Lorenzo Tezonco, con entre 150 y 250 lugares para adultos y 12 mil 374 para las infancias.

En el Panteón General hay criptas que lucen abandonadas y otras con rastros de visitas recientes, como una tumba con flores marchitas y globos desmayados. Daniel Morales, administrador del panteón civil San Nicolás Tolentino, cuenta que son las fechas festivas, como el Día de las Madres, Día del Padre y en el Día de Muertos, cuando las familias vienen a visitar a sus difuntos. “Es cuando hay familia en prácticamente todas las fosas. Es mucha gente la que asiste”.

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Los abuelos de Candelario están enterrados juntos en el Panteón General, Don Emilio Morales y Crescencia Mosco. “Este es el panteón de la gente de los ocho barrios de Iztapalapa”, dice. “Aquí pueden descansar juntos abuelitos, papá, mamá, hijos, nietos”. Muchas de esas familias tienen perpetuidades, parcelas adquiridas para uso indefinido, lo que les garantiza seguir trayendo a sus muertos, siempre que el contrato esté en regla. Las perpetuidades dejaron de venderse en 1974 en la Ciudad de México, ahora se otorgan concesiones temporales.

Las exhumaciones en este panteón se realizan los lunes, miércoles y viernes. “El doliente ya tiene conocimiento de qué día tiene que venir por sus restos”, explica Candelario. Cada siete años hay que hacer un refrendo; por ley, los restos se pueden exhumar a partir de ese plazo. “Como son muchas exhumaciones cada día, la gente ya está avisada qué día le toca y la hora”. Es, dice Candelario, lo que mantiene vivo al panteón. “Siempre va a haber espacio. A diario hay fosas que se exhuman y quedan disponibles para otros cuerpos que van a llegar”.

Agustina se encarga del registro en el panteón donde trabaja | Neldy San Martín

La labor de Candelario no es sencilla pero es crucial. “Alguien tenía que hacer este trabajo para apoyar a la gente”.

La familia de José Martínez Guillen, Cuco, viene a verlo cada mes o cada quince días al Panteón General de Iztapalapa. Desde que Cuco murió el 23 de enero de 2026 a sus 45 años, sus familiares no han dejado de visitarlo. Es 23 de abril y José cumple tres meses desde que una bebida alcohólica adulterada le causó la muerte. Nadie se lo esperaba. En su tumba un libro abierto con los colores del cielo resume lo que ocurrió: “Tus alas ya estaban listas para volar, pero nuestros corazones nunca estuvieron listos”. En el aniversario luctuoso decoraron su sepultura con margaritas amarillas y rosas.

Berenice, su cuñada, cuenta que José comparte la fosa con su tía. No tienen perpetuidad pero sí un espacio temporal. En este panteón, como en muchos otros, se construyen gavetas por lo saturado, para que los familiares puedan ser sepultados en el mismo espacio, en un segundo o tercer nivel. El costo de esos espacios temporales es de 237 pesos con refrendos de 113. Para la familia de José es una tradición venir a este panteón a enterrar a sus seres queridos y visitarlos en sus aniversarios luctuosos.

Candelario González, con 40 años de experiencia, recorre los pasillos del Panteón General de Iztapalapa | Neldy San Martín
“No lo íbamos a cremar”, dice.

Se busca espacio hasta en los pasillos

El rostro de Agustina Quijano Martínez, con una sonrisa de labios coral y un cabello gris cortito, se asoma detrás de una máquina de escribir. No tiene computadora. En la época de la inteligencia artificial, ella trabaja a la antigua. Es la encargada de los trámites en el Panteón General de Iztapalapa. Ella conoce la historia del lugar por los registros. Los cajones repletos de documentos son la memoria del cementerio.

En los últimos años, Agustina ha estado haciendo un inventario con fichas de papel: 3 mil 400 fosas ocupadas en total. Ese conteo a conciencia le permite decir sin vacilar que están al 100% de capacidad. En su enorme máquina de escribir Agustina llena los formatos de los ingresos, los títulos de temporalidad y las exhumaciones.

Agustina ha dedicado toda su trayectoria a los panteones, desde que llegó de Hidalgo a vivir a Iztapalapa, primero en el panteón de San Lorenzo, en 1972. “Desgraciadamente como no hay mucho espacio aquí se dieron [fosas] en pasillos. Entonces, en tiempo de Día de Muertos o cualquier operativo de 10 de mayo o Día del Padre es un problema llegar a las fosas del fondo”, explica.

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Afuera, en el emblemático camposanto, los trabajadores limpian con escobas y agua tanto las tumbas antiguas como las más recientes, con epitafios sobre la eternidad o frases con las que sus familias o parejas los quisieron inmortalizar. Organizadas por años en gavetas, cada una representa apenas un número dentro de la oficina de Agustina. Ella ejemplifica, con la habilidad de una maestra de Matemáticas, cómo han resuelto el problema de la falta de lugares. “Aquí teníamos una gaveta ocupada en 2011, se ocupa la segunda en 2015, se vuelve a ocupar esa fosa hasta el ‘24, ya podemos exhumar las dos anteriores y volvemos a ocupar la primera”.

Desde las epidemias de cólera del siglo XIX, Iztapalapa ha lidiado con la falta de espacio para sus difuntos | Neldy San Martín

También dice que una fosa se puede profundizar, dependiendo del terreno, para tres, cuatro y hasta cinco gavetas, y los que cumplen más de siete años un día se pueden exhumar. “Aquí no hay mucho terreno para más fosas”, sentencia.

En unos meses va a cumplir 32 años trabajando en este panteón, conocido como de “La Cuevita”, pues a un lado se encuentra la Catedral de Iztapalapa, también llamada el Santuario del Señor del Santo Sepulcro de La Cuevita.

Según la leyenda entre 1833 y 1843 una epidemia de cólera azotó la ciudad y la cantidad de fallecidos en Iztapalapa fue tan elevada que los panteones se saturaron. Los habitantes habrían hecho una peregrinación a La Cuevita para pedir el cese de la enfermedad. El cólera cedió y en respuesta prometieron representar la Pasión de Cristo cada Semana Santa. Lo cumplieron. La muerte encuentra saturación en Iztapalapa desde tiempos coloniales.

GSC


  • Neldy San Martín
  • Periodista feminista dedicada al periodismo de investigación. Fue jefa de información en Animal Político y reportera en Proceso y El Financiero Bloomberg. Cubrió la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador en 2018. Le interesa narrar historias de resistencia y promover el periodismo de soluciones.

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