• “Tus jefes no me quieren”: las sonideras reescriben el barrio chilango

  • El sonidero es comunidad, herencia y disputa. Una nueva generación de mujeres toma la consola, desafía el machismo y convierte la música en refugio, identidad y resistencia barrial.
Fátima Estrada, Valentina Castillo, Adriana Sánchez y Luciano Soto
Ciudad de México /

DOMINGA.– En la colonia Huichapan, de la Ciudad de México, el atardecer da paso a una escena comunitaria en la que el sonidero cobra vida en un ambiente ensordecedor al ritmo de cumbia, todo acompañado de saludos generales, sectoriales, hasta personalizados: “¡Ahí está para todas las chicas y chicos guapooos!”.

Los vecinos se congregan en un espacio público transformado en pista de baile y, sin darte cuenta, ya estás bailando. La gente a tu alrededor es diversa y se encuentra unida por la tradición: familias enteras con niños, adultos mayores, jóvenes. En este ambiente, los sonideros no sólo tocan, interactúan, dedican temas y fomentan un sentido de pertenencia que une al barrio.

Vecinos de la colonia Huichapan se reúnen al atardecer en torno al sonidero, donde la música refuerza la convivencia | Fernando Ramírez


Arlett Michelle Mendoza
, Princesa Duende, nació entre cables, bafles y micrófonos; para ella, poner un disco de vinilo fue como aprender a caminar. Cuando toma el micrófono su voz suena joven pero firme: mezcla de nervios y seguridad. A su lado se encuentran su madre, su abuela y otras sonideras que la respaldan, listas para apoyar si algo falla. Frente a ella, la gente ríe, baila y disfruta de la música.

“Pues desde que nací ya estaban los bafles, los discos, las tornamesas, el equipo de audio. Y yo estaba rodeada de todo eso”, dice.

Con su historia el sonidero deja de ser “el baile del barrio” para ser comunidad en construcción, donde la enseñanza ya no puede basarse en el regaño ni en el ego de quien lo enseña, sino en el acompañamiento: enseñar sin humillar, pasar el conocimiento y el micrófono a las más jóvenes, cuidar a las niñas que se acercan con curiosidad. El espacio se resignifica cada vez que Princesa Duende domina la consola y confronta a los machines que aún dudan de sus habilidades como sonidera.

Arlett Michelle Mendoza, conocida como “Princesa Duende”, se forma como sonidera en un entorno familia | Fátima Estrada


En ese momento, la pista se convierte en aula, refugio y trinchera, y el sonido que sale de esos bafles ya no es sólo música para bailar, sino el eco de una comunidad que se rehace a sí misma para volverse más incluyente, más diversa y más consciente.

La cultura sonidera: música y baile accesible

Hay un contexto histórico: el sonidero surgió como una alternativa accesible para disfrutar de la música y el baile sin recurrir a una orquesta en vivo. 

“Desde hace más de siete décadas, los sonideros animan calles y plazas de la Ciudad de México. Son parte del paisaje sonoro que identifica la vida cultural defeña, chilanga”, sostiene el Isaac Martínez, de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México.

Desde sus inicios, los sonideros se presentaron en vecindades, calles y plazas para animar quince años, bodas y celebraciones comunales, consolidando un tipo de fiesta popular que hizo de la vía pública su principal pista de baile. Esta apropiación del espacio público definió el carácter colectivo del sonidero y se integró a las experiencias de los barrios populares de la capital y sus alrededores mexiquenses.

Te recomendamos
Cumbias para blancos. Cuando la gentrificación alcanzó el jale, el goce y el baile
“La cultura sonidera representa una forma de sentir y de ver la realidad a través de la música, la danza, la gráfica, el video y la comunicación que de forma muy particular se han conjugado a lo largo de casi 70 años”, dice Yesenia Rivera en su tesis de la UNAM: Las tocadas sonideras como paisaje urbano. El arte urbano como medio de rescate y difusión de grupos marginales: Los sonideros.

Con el paso del tiempo, los sonideros se convirtieron en eje de convivencia y organización social. La superposición de las arengas y las referencias a la propia audiencia con la música es lo que caracteriza y lo distingue de la figura del DJ: actúa como animador, portavoz y narrador de su entorno, con saludos que se escuchan al mismo tiempo que la canción, generando una mezcla que es netamente mexicana, y es uno de los elementos más significativos de esta expresión cultural.

El movimiento sonidero ha sido reconocido como patrimonio cultural inmaterial de la Ciudad de México por la Unesco; va más allá de la fiesta; es un momento de encuentro social que ayuda a democratizar y recuperar el espacio público, dándole un nuevo sentido a lo que es común. Así ha trascendido fronteras. Actualmente no sólo se sitúa en el barrio, sino que también se apropia de espacios culturales como museos y plazas públicas, expandiendo sus oyentes y convirtiéndolo en un símbolo no sólo del barrio, de toda la ciudad.

Reconocido como patrimonio cultural inmaterial, los sonideros se consolidan como una práctica que resignifica el espacio público | Fernando Martínez


Este nombramiento evidencia que no se trata nomás de “música escandalosa y cierre de calles”, sino de una tradición que ha acompañado procesos de expansión urbana, desigualdad y resistencia simbólica en la ciudad. Al mismo tiempo, la mayor parte de proyectos sonideros continúan operando como negocios familiares, heredando no sólo nombre y equipo, sino también repertorios musicales, saludos y su manera particular de relacionarse con el público.

En cada presentación, se envían saludos a quienes bailan bonito, se conmemora a los sonideros predecesores y se dicen consignas de luchas sociales como: “¡Y que se escuche fuerte: el barrio unido jamás será vencido!”, o “¡Que viva el barrio y su gente trabajadora!”. El barrio se escucha, se reafirma y reclama su lugar.

La evolución del sonidero muestra cómo un género para pachanguear y amenizar terminó convirtiéndose en una plataforma de organización popular, un patrimonio cultural y un motivo de orgullo barrial. Y no hay mejor muestra de lo anterior que la colectiva Musas Sonideras.

Las princesas también son sonideras

Arlett es una adolescente que ha comenzado a trazar su camino dentro de esta tradición musical, y ya forma parte de la colectiva cultural Musas Sonideras. Como una marca de nacimiento que la ha acompañado desde pequeña, el sonidero constituye el centro de su identidad personal y familiar.

Al asumirse como “Princesa Duende”, Arlett reivindica sus raíces familiares y redefine su lugar dentro de esta tradición musical | Fátima Estrada


Arlett inició en el arte sonidero desde pequeña. Su árbol genealógico está hecho de sonideros. Comenzó con Ricardo Mendoza García,
Sonido Duende, su abuelo y fundador de la Dinastía Duende que junto con su esposa, hijos y nietos cultivó el amor por la música, los vinilos y el ambiente sonidero. De esa tradición es heredera Marisol Mendoza, hija del fundador y madre de Arlett, La Musa Mayor.

Ella formó en julio de 2017 a las Musas Sonideras, con el objetivo de rescatar las figuras femeninas de este género

La hija de La Musa Mayor recuerda sus inicios: “Desde los cuatro o cinco años de repente a mi mamá la invitaban a radios, cosas así, y me dejaban jugar con los micrófonos: ‘A ver, vente, te ponemos un banquito y tú lees los saludos, los mandas y así. Me dejaban jugar”.
Lo que empezó como un juego se convirtió en su vida diaria. Hace siete años decidió abrirse paso en el sonidero no como espectadora sino como protagonista del show. “Aún me falta aprender muchísimas cosas, aún me supernervioseo; de repente he intentado profesionalizar un poco más esto [...]. Aplico la de no sé qué estoy haciendo pero me veo bonita. Como princesa intento verme bonita y también resolver, ¿no?”, describe Arlett entre risas.
Heredera de la Dinastía Duende, Arlett creció entre vinilos y consolas, bajo la influencia de su abuelo Ricardo Mendoza García | Fátima Estrada


Con los años, Princesa Duende fortalece su pasión y comienza la búsqueda de un nombre que la identifique. Al principio, exploró muchos pseudónimos en inglés y uno que otro en japonés, pero no lograba conectar con ninguno. Hasta que se dio cuenta de que no necesitaba buscar más.

“Tengo una raíz. Quienes me han enseñado todo y quienes me han llevado por este camino son mi familia. Y qué mejor que el nombre que me conecta más a mi familia que Princesa Duende”.

Del vinilo al USB: el sonidero se reinventa

Las sociedades y las ciudades crecen, cambian y adquieren una nueva fisonomía, con lo que la transformación de la cultura que las mueve evoluciona de manera paralela. La cultura sonidera está atada a los mismos cambios. Los símbolos que le entregan su estatus de cultura –vestimenta, logotipos, estilos de hablar en el micrófono– están siendo reinterpretados por las nuevas generaciones, lo que permite que el género respire, se renueve y viva sin perder sus raíces culturales originales.

Entre tradición y cambio, la cultura sonidera evoluciona en respuesta a las transformaciones sociales y urbanas que la rodean | Fátima Estrada
“La gente que no entiende que va cambiando es la que se arriesga a quedarse estancada u olvidada”, explica Layla Sánchez Curi, académica de la UNAM, comunicóloga y doctora en Estudios Latinoamericanos. 
 “Es cambio pero también resguardo de todo lo que ya hay y hubo. Es respeto a lo que viene, porque de repente hay choques con quienes ya tienen una gran trayectoria: Es que así no es. Y digo: Pues así lo estoy haciendo yo y te aguantas. Ni modo: soportas

”, dice Arlett.

El sonidero ha construido espacios diversos de refugio y resistencia; no sólo se limitan a barrios populares, fiestas, bares; hoy también son bienvenidos dentro de museos, instituciones y universidades, transformándose en fenómenos culturales. El movimiento se expande y, con él, su visibilización y su valor patrimonial.

Sánchez Curi señala que en estos días el sonidero se encuentra “hasta en lugares que antes ni se imaginaba. Lugares donde antes se le consideraba de naco. Así se decía, de gente inculta, de los barrios populares. Porque nació en Tepito, en Peñón de los Baños, en las colonias donde vive la gente pobre, las clases populares”.

Te recomendamos...
La nueva “Condesa Sur”. Tacubaya está a punto de convertirse en otro barrio ‘cool’ de CdMx


Antes se consideraba como algo menor, sin clase, sin buen gusto. Hoy están llegando a espacios como la Condesa o la Roma, famosas por su aburguesamiento, su gentrificación. En esta transformación, es fundamental que se sigan escuchando las voces de sonideras, disidencias e infancias para avanzar hacia un ambiente más incluyente, marcando una diferencia con la histórica predominancia masculina.

En los espacios tradicionales del sonidero –la calle, las cabinas, los barrios– es difícil que los hombres inviten a las sonideras, por lo que ellas están creando sus propios espacios. 

“Yo quisiera resignificar muchas cosas: todo el trabajo de las mujeres y valorarlo. O sea, sí es pa’ disfrutar, pa’ convivir, pa’ todo esto, pero que también es para ver qué es lo que está pasando a nuestro alrededor”, dice Arlett.
Ante la exclusión en espacios tradicionales, mujeres sonideras generan sus propias plataformas de participación | Fernando Martínez


En el sonidero es importante la palabra: lanzar frases que vuelan por encima de la música. Saludos, despedidas y consignas combinadas con la lírica de las canciones. Estos recados se han ido construyendo y deconstruyendo, al igual que los conceptos de las canciones. Arlett nos explica:

“Una [frase] que uso mucho es la de ‘Tus jefes no me quieren’. Esa creo que es de las favoritas. Es como: tus jefes no me quieren porque soy feminista, porque soy sonidera, porque salgo de noche, porque… pues por todo por lo que se han quejado de nosotras. Porque soy ingeniera, porque hago esto, hago lo otro”.

En la actualidad, se busca nueva música y nuevas palabras para conectar con el público. A esto se le conoce como “trabajar la canción”.

La doctora Sánchez Curi expone: “Si trabajas la canción, quiere decir que con tus frases, con lo que le dices a la gente, la vas a hacer bailar. Aunque a lo mejor no conozca mucho esa pieza musical, pero tú haces que le guste, porque le vibra, le haces que se levante a bailar y que la sienta”. El gran truco consiste en hacer al espectador parte del espectáculo. “La evolución está incluso en cómo te relacionas con la gente, cómo le vas a hablar”, añade Sánchez Curi.

Además de nuevos protagonistas, espacios y mensajes, el sonidero también se ha sumergido en la ola tecnológica que obliga al pasado y al futuro a encontrarse. Entre tocadiscos, discos de vinilo, consolas y memorias USB, las diferencias han creado tensiones en las generaciones pero, a su vez, facilidades.

Pese a su expansión y cambios, el sonidero mantiene una base comunitaria que define su identidad | Fernando Martínez
“Hay pioneras que dicen: No, en mis tiempos no había esto y ellas son sonideras de internet. No es que sean sonideras de internet; las herramientas culturales se volvieron diferentes y ahora hay que promoverte desde ahí para generar seguidores, para que vean dónde te has presentado, con o sin gente, y con qué materiales. Tanto análogo como digital, porque no es lo mismo llegar con una computadora que escoger tu set musical en vinilos”, dice Marisol.
Sánchez Curi lo ejemplifica: “¿Cómo se ha manoseado al reguetón?, el que escuchan en la radio no es el original que salió de Panamá y de Puerto Rico, de los barrios pobres. Eran letras de protesta contra la policía, contra el abuso de la autoridad, contra el gobierno. Todo eso se cambió por hablar de sexo, de drogas y alcohol para hacerlo más consumible y, bueno, ha perdido su raíz política. Y eso lo hace la industria musical comercial”.

Pero el sonidero, argumenta, tiene algo distinto: su raíz comunitaria que lo protege de ser trastocado por la industria.

Del barrio para el mundo

El sonidero creció también gracias a la migración. En los años ochenta y noventa ya no era algo exclusivo de la Ciudad de México: empezó a sonar fuerte en estados como Puebla, Oaxaca, Estado de México y Michoacán. Incluso muchos sonideros, ante la falta de trabajos bien pagados, decidieron migrar a Estados Unidos.

Más allá de la geografía, la verdadera fuerza está en su arraigo comunitario. “El sonidero como tal es del barrio, el de la colonia”, explica Javier Ruiz. Para él, el sonidero sigue vivo justamente porque ha pasado de generación en generación. Es algo que se hereda. “Oye, ¿tu papá no era el del sonido? Sí, pues ahora lo traigo yo, ¿no? Ahora yo soy el sonidero”, agrega Javier.

La participación de mujeres en el sonidero crece de forma gradual, en un entorno que comienza a abrirse a dinámicas de inclusión | Fátima Estrada


Esta transmisión generacional no es casual: tiene que ver con el papel que juegan los sonideros en el tejido social de sus colonias. “Contribuyen a democratizar el espacio público y a resignificar el espacio común", agrega. El sonidero es para la comunidad y surge precisamente de la vida cotidiana en los barrios. Por eso, en casi todos los mercados las celebraciones suelen hacerse con sonideros. No sólo animan el ambiente: también funcionan como un punto de reunión donde la gente de las colonias convive, se reconoce y comparte su identidad.

Aunque lento, el proceso de integrar la presencia femenina ya es un hecho. Cada vez es más común ver mujeres al mando del espectáculo. Por fortuna, el ambiente se ha vuelto cada vez más libre, se fomenta la solidaridad entre mujeres y se crean espacios donde ellas pueden desarrollarse sin limitaciones ni críticas.

La cultura sonidera es bella pero lo es más escuchar de primera mano los retos por los que las nuevas sonideras pasan. En algunas ocasiones los egos pueden llegar a chocar con los nuevos integrantes y surgen las trabas. Y a pesar de que hay veces en las que la comunidad busca apoyar, algunas veces sólo termina metiendo presión: 

“Y esa es una de las razones por las cuales muchos hemos dejado un montón de cosas, por la presión social. Se te acercan y te dicen: ‘no lo estás haciendo bien, y es que así no es, y es que esto, y es que aquello’”, lamenta Arlett.
Para las nuevas generaciones, el reto no sólo es continuar la tradición, sino resignificarla y preservarla para el futuro |Fernando Ramírez


Con todo, Princesa Duende se encuentra entusiasmada por el futuro del movimiento sonidero y sabe que como elemento joven tiene deberes con su comunidad. “Mi generación, las que vienen y las que están tienen una responsabilidad muy grande de resignificar muchas cosas, de recuperarlas y de resguardarlas más”.

El sonidero tiene que terminar

Son las siete de la noche en la pista de baile que se montó en la colonia Huichapan. Desde que las “musas” comenzaron a despedirse la gente se va preparando y aprovecha para sacar sus mejores pasos. Y ellas, al percatarse de esto, motivan a las personas con el micrófono, animan a dar aún más. Pero el sonidero tiene que terminar. Las “musas” agradecen por la tarde-noche tan espectacular.

La gente en la pista se empieza a dispersar. Hay algunos que se quedan justo donde están y sólo ven hacia la tarima. Se despiden las sonideras. Entre el barullo se empieza a escuchar "¡otra, otra, otra!", pero esa noche no da para más.

Así, unos se preparan para salir, otros terminan cansados por la bailada. Sin embargo, a pesar del agotamiento, hay algo que caracteriza a todos los que se alejan de ese lugar: se ven contentos y ansiosos por el próximo evento.

“¡Ahí está para todas las chicas y chicos que bailan bonitooooo!”.



* Fátima Estrada, Valentina Castillo, Adriana Sánchez y Luciano Soto son alumnos de Comunicación de sexto semestre, de la materia de Periodismo Convergente, en el Tec de Monterrey Campus Ciudad de México.


Fact checking: JRH
GSC

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite