En un acto de amor profundo que entrelaza el presente con la memoria, Luis Alberto Martínez, de 57 años, donó uno de sus riñones a su yerno Leo, tras un proceso de año y medio para confirmar su compatibilidad.
La historia, narrada a MILENIO, comienza hace tres años, cuando un examen de laboratorio rutinario para un trabajo reveló que Leo padecía insuficiencia renal, una enfermedad cuyos síntomas —mareos, náuseas, dolor de cabeza— suelen confundirse con estrés o cansancio. Su única esperanza para una vida normal era un trasplante.
La decisión de Luis nació de un lugar de empatía y experiencia personal. Hace 28 años, perdió a su hijo mayor, de seis años, por la misma enfermedad.
"A mí me hubiera gustado que mi hijo tuviera la oportunidad que yo le estoy brindando a mi yerno", compartió conmovido a MILENIO. Para él, esta donación es darle a su hija y a su nieta la oportunidad de tener a su esposo y padre a su lado.
Tras una cirugía de seis horas este jueves, ambos se recuperan satisfactoriamente en el hospital. Leo permanecerá en aislamiento unos tres meses en casa, mientras Luis, quien contó con el apoyo total de su empresa, solo deberá mantener un control nutricional.
La donación que rescata el pasado y protege el futuro
El acto de Luis Alberto Martínez le ha dado a su yerno Leo no sólo un riñón, sino la posibilidad de una vida entera.
“Los doctores comentan que sí hay síntomas, pero normalmente uno los interpreta por otra cosa”, explica Leo desde su cama de hospital.
“Normalmente hay mareos, dolor de cabeza, náuseas. Y pues muchas veces pensamos que me duele la cabeza por estrés o me mareo por no haber comido”.
Durante tres años, su vida dependió de la hemodiálisis.
“Para esta enfermedad no hay otra solución”, afirma con serenidad. “Realmente hay o el trasplante o seguir con tratamiento hasta que aguantes”.
La solución tenía nombre y apellido, y no estaba en una lista de espera anónima, sino en la familia. Cuando se planteó la necesidad de un donante vivo, la respuesta surgió de un lugar profundo y herido.
Luis Alberto, suegro de Leo, no dudó. Hace 28 años, perdió a su hijo mayor, de apenas seis años, víctima de la misma enfermedad. Aquel dolor, latente durante décadas, se transformó en el motor de su decisión.
“A mí me hubiera gustado que mi hijo tuviera la oportunidad que yo le estoy brindando a mi yerno, para poder tenerlo conmigo todavía”, comparte Luis, su voz cargada de una emoción que atraviesa el tiempo.
“Son muchas situaciones que te ayudan a valorar la vida y a tomar esa decisión de darle una oportunidad a mi yerno, a mi hija y a mi nieta de que tengan con ellas a su papá y a su esposo”.
Para él, esta donación es un círculo que se cierra, un acto de justicia poética contra un destino que una vez fue cruel.
“Te queda ese gusto por la vida, de que estás dando amor, estás regalando una oportunidad de vida que a mí me hubiera gustado que mi hijo la tuviera hace 28 años”.
Su motivación desarma cualquier temor. “No hay ninguno. Te queda ese gusto por la vida, de que estás dando amor”.
El intrincado camino de la compatibilidad: más que un gesto de voluntad
La donación, especialmente en vida, no es un acto que dependa únicamente de la buena voluntad.
Es un proceso científico y riguroso que duró año y medio para Leo y Luis. Como explica el protocolo de selección, la compatibilidad se determina bajo criterios estrictos:
Compatibilidad sanguínea (ABO y Rh): Es el filtro primario y fundamental. Un error aquí desencadena un rechazo inmediato.
Compatibilidad física: El tamaño del órgano del donante debe ser adecuado para el cuerpo del receptor para que funcione correctamente.
Compatibilidad inmunológica (HLA): Se analizan marcadores genéticos para minimizar el riesgo de que el sistema inmunológico del receptor ataque al órgano nuevo. Una mayor coincidencia mejora el pronóstico a largo plazo.
Prioridad clínica: En las listas de espera de donantes fallecidos, se prioriza a los pacientes en estado más crítico.
Una nueva normalidad, paso a paso
Tras la intervención, exitosa, se marca el inicio de un camino de recuperación distinto para cada uno, donante y receptor.
Leo, el receptor del órgano, permanecerá hospitalizado entre cinco y siete días, antes de afrontar un aislamiento domiciliario de tres meses y un tratamiento inmunosupresor de por vida para evitar el rechazo del órgano.
Su expectativa es clara: “Ya tengo varios conocidos que ya son trasplantados y ya tengo varios testimonios de que les va muy bien”.
El donador Luis, por su parte, retomará su vida con un único cambio significativo: un control nutricional estricto.
“Te retiras algunos alimentos que ya sabemos que nos hacen daño, pero los seguimos consumiendo: exceso de grasas, harinas, alcohol, conservadores”, detalla.
Contó, además, con un apoyo fundamental: el de su empresa, donde labora en la elaboración de plásticos. “Tomaron la decisión de apoyarme y decirme que estaba bien lo que yo estaba haciendo”, reconoce con gratitud.
Un llamado a la empatía informada
Más allá del milagro personal, la historia de Luis y Leo se erige como un testimonio poderoso sobre la donación de órganos en vida. Luis aprovecha para lanzar un mensaje a la sociedad, pidiendo empatía e información.
“Que seamos más empáticos con las personas que necesitan de nuestro apoyo, de nuestra salud”, reflexiona. “Y que nos informemos para que veamos que no es de que te vaya a pasar algo que vaya a disminuir tu calidad de vida”.
Subraya la seriedad, pero también la viabilidad del acto.
“Hay que tomar una decisión muy fuerte que no se puede tomar a la ligera, pero con toda la información que existe actualmente, yo pienso que se puede llegar a ser donador altruista”.
En un mundo donde las malas noticias acaparan los titulares, esta historia brilla con la luz tenue y persistente de la solidaridad familiar. Es la historia de un suegro que, al salvar a su yerno, honra la memoria de un hijo y protege el futuro de su hija y su nieta. Un recordatorio de que, a veces, los actos de amor más extraordinarios tienen la forma de un órgano, y la profundidad de una vida que se entrega para que otra continúe.
La imagen de Luis recuperándose junto a Leo, a quien le ha dado un nuevo amanecer, es poderosa. Es la prueba de que la donación es un acto de amor profundo, un legado de vida.
Sin embargo, su historia personal es también un espejo que refleja la realidad de miles. Frente a los 6 mil 674 jaliscienses y más de 19 mil mexicanos que esperan, el sistema requiere no solo de héroes anónimos en momentos de tragedia, sino de una conciencia social proactiva e informada.
La donación de órganos es, en esencia, el acto humano más solidario: la posibilidad de que, en medio de la pérdida o desde la plenitud de la vida, se siembre una semilla de futuro para otro. El viaje de Leo y Luis nos recuerda que, a veces, el regalo más grande no se envuelve en papel, sino que se guarda en el silencioso y vital espacio de nuestro propio cuerpo.
JVO