“Mi verdadera patria es el Mediterráneo”: Arturo Pérez-Reverte

El escritor presentó la novela ‘La hipótesis más peligrosa’ en una isla que engloba su filiación por ese lugar y el escenario de sus protagonistas; en entrevista, narra el significado del mar que ha nutrido Europa durante siglos.

El autor en la isla Prócida, Italia, a los pies del Mediterráneo. (Foto: @Jeosm)
Prócida, Italia /
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Arturo Pérez-Reverte ha elegido Prócida, una pequeña isla del golfo de Nápoles, para presentar La hipótesis más peligrosa (Alfaguara, 2026). La isla no aparece en la novela, pero contiene algo de su espíritu: fachadas descoloridas, barcos de pesca, viejos muelles y ese Mediterráneo donde se han cruzado durante tres mil años comerciantes, piratas, soldados, poetas y asesinos. 

El escritor lleva décadas navegándolo. Ahora lo convierte en escenario de una novela de iniciación en la que un muchacho airado descubre, de la mano de un viejo marino, que el mundo es bastante más peligroso de lo que le habían contado. Hablamos de literatura, de guerras, de maestros, de videojuegos y de ese territorio común al que Pérez-Reverte, con los años, ha terminado llamando patria.

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¿Por qué ha elegido Prócida para presentar esta novela?

Porque resume muy bien lo que es el Mediterráneo. Podríamos estar en Grecia, Turquía, España o el norte de África. Hay un paisaje común, una cultura compartida. Prócida no aparece en la novela, pero es un lugar emblemático. Y esta es una novela sobre el Mediterráneo, sobre su historia y su memoria, pero también sobre el aprendizaje de un joven.

Un muchacho que empieza el viaje bastante enfadado con el mundo.

Como muchos jóvenes. Los educamos para un mundo que no es real y, cuando descubren que los hemos engañado, se enfadan. Esa rebeldía es una especie de revancha, de rencor acumulado contra el fraude que ha significado su educación. 

"Me interesaba colocar a un muchacho en ese momento de conflicto frente al Mediterráneo, donde todo ha sucedido ya mil veces. Es un palimpsesto, una sucesión de culturas, guerras, invasiones, amores y tragedias. Y enfrentar a ese joven con un hombre que conoce las reglas de ese mundo".

Reconozco en ese planteamiento algunas de sus lecturas juveniles.

Naturalmente. Está La isla del tesoro, está Un capitán de quince años, de Verne, está El lobo de mar, de Jack London, está Kipling. Todas esas novelas en las que un muchacho descubre la realidad a través del peligro y de un personaje que le sirve de maestro. Me interesaba que el protagonista fuese un joven familiarizado con un territorio hostil, aunque fuese a través de los videojuegos. Eso le permite asimilar determinadas lecciones que de otra manera no habría comprendido.

Usted conoce ese mar como pocos escritores. ¿Cuánto hay de autobiográfico en el libro?

Muchísimo, aunque nada sea exactamente autobiográfico. Navego con barco propio desde 1994. Son más de 30 años de mar, de soledad, de puertos, de temporales. Cuando describo una noche navegando bajo las estrellas no tengo que imaginármela. La he vivido. Y cuando hablo de violencia, de sangre o de miedo, tampoco necesito recurrir a una película. 

"He visto esas cosas. Todo eso acaba convertido en literatura. El marino tiene mucho de mí, naturalmente, pero también está hecho de mis lecturas y de mi imaginación. Y el muchacho también tiene algo mío, porque todos hemos sido alguna vez jóvenes airados".

Sin embargo, tengo la impresión de que esta novela es también una especie de regreso.

Es que uno, cuando envejece, va buscando el lugar donde se siente más cómodo. Yo llegué a este Mediterráneo cuando todavía no estaba masacrado por el turismo de masas; era como entrar en un teatro cuando la función está terminando, pero todavía suena la música y quedan algunas parejas bailando. Tuve la suerte de conocer el final de aquella época.

Y ha terminado encontrando una patria.

Exactamente. Me educaron en conceptos como patria, nación, sociedad... Y con los años he comprendido que mi verdadera patria es el Mediterráneo. Soy español, por supuesto, pero me siento más en casa en un bar de Prócida, en un café de Estambul, en un restaurante de Tiro, en Cádiz o en Nápoles que en Londres o París. Por Homero, por Virgilio, por los héroes, por los mitos, por todo lo que significa. Cada vez me encuentro más confortablemente instalado aquí.

¿No le preocupa que ese mundo esté desapareciendo?

Durante mucho tiempo pensé que Europa estaba destruyendo el Mediterráneo, que se estaba comiendo su herencia cultural. Pero ahora empiezo a sospechar lo contrario: que es el Mediterráneo quien está colonizando Europa. 

"El Mediterráneo siempre fue caos, culturas superpuestas, guerras, corsarios, piratas, mezclas, sangre, sol y sal. Y todo eso está llegando al norte. A Berlín, Copenhague, Oslo, Londres. Es una paradoja histórica extraordinaria. La historia tiene muy mala leche y un sentido del humor bastante vengativo. Quizá Europa merezca esa recolonización".
María José Solano y el escritor en la isla de Prócida. (Foto: @Jeosm)

Volvamos a la novela. ¿Cómo se organiza literariamente una historia que pretende recorrer tantos siglos?

Con mucho trabajo y mucha disciplina. Yo no soy de los escritores que se sientan a esperar que aparezca una idea. Antes de empezar tengo un esquema, una estructura, un plan de trabajo. En este caso elaboré una cronología de episodios históricos del Mediterráneo, desde la Antigüedad hasta las guerras balcánicas. 

"Tenía 15 o 20 posibilidades y fui eliminando. Algunas escenas estaban incluso escritas, pero tuve que quitarlas porque no funcionaban dentro del conjunto. Eso es algo que se aprende con los años: la disciplina de mutilar una novela. Hay páginas que te han quedado estupendamente, pero si estorban, fuera. La economía narrativa es fundamental".

Supongo que la tentación de contar toda la historia del Mediterráneo era considerable.

Y peligrosísima. Cuando un escritor pretende explicar el mundo en una novela, suele equivocarse. Una novela no puede convertirse en una enciclopedia. Hay que sugerir, dejar pistas, permitir que el lector complete lo que falta. Está llena de referencias históricas y literarias que no se identifican expresamente. Quien tenga curiosidad, que las busque. Mi obligación es contar una historia, no impartir una clase.

Además, usted cuenta la historia desde abajo. Sus protagonistas rara vez frecuentan los palacios.

Eso es deliberado. Conocemos la historia a través de César, Suetonio, Salustio, los emperadores y los reyes. Pero casi nunca conocemos la vida de quienes estaban abajo. A mí me interesa el soldado que lleva la pica, no el general que da las órdenes. La historia real sucede a ras de suelo. Quería que todo ocurriese ahí, entre la gente que soporta las consecuencias de las decisiones de los poderosos.

Y entre esas consecuencias está siempre la violencia. Usted ha visto demasiada como para idealizar al ser humano.

PEl ser humano sigue siendo básicamente el mismo que hace miles de años. Hemos desarrollado mecanismos de convivencia, comodidades, teorías morales, pero conservamos los viejos instintos. Basta una guerra, una catástrofe, que desaparezcan el agua, la luz o la seguridad, para que reaparezca el animal que llevamos dentro. 

"He visto a músicos que tocaban el violonchelo convertirse en francotiradores que disparaban contra niños. No me lo han contado. Lo he visto".

¿Por eso dice que Sarajevo era Troya?

Sí. Yo había estudiado latín, había traducido la Eneida, había leído a los clásicos. Y cuando llegué a Sarajevo comprendí que estaba viendo Troya. La guerra es la misma. Cambian los instrumentos: donde había caballos ahora hay drones. Pero las atrocidades, el miedo, la ambición, la crueldad, son idénticos. A veces, cuando recuerdo las guerras que cubrí, tengo que hacer un esfuerzo para distinguir unas escenas de otras. La naturaleza humana cambia mucho menos de lo que creemos.

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Y, sin embargo, no todo en la novela son matanzas. Hay momentos de ternura, incluso de amor.

Porque una novela tiene una música interna. Con los años desarrollas una especie de oído para saber cuándo una escena funciona y cuándo rompe el ritmo. No podía encadenar únicamente episodios sangrientos. Necesitaba mostrar también ese mundo aparentemente civilizado bajo el que continúa latiendo la violencia. Y quería introducir historias sentimentales. El amor, la soledad, la necesidad de afecto... Todo eso también forma parte de la condición humana. Construimos un mundo que nos ayuda a disimular ciertas cosas, pero al final morimos solos.

Hay algo que me interesa especialmente: la figura del maestro. Ese marino que enseña al muchacho sin grandes discursos. ¿Tuvo usted alguno semejante?

Muchos. Cuando tenía 13 o 14 años iba al puerto de Cartagena y conocí a un piloto de barco que me abrió las puertas de un mundo que yo ignoraba. Yo era un chico bien educado y aquel hombre me llevó a conocer marineros, puertos, contrabandistas, prostitutas, gente marginal. Fue mi primer maestro del Mediterráneo. Después, cuando empecé a trabajar como reportero, comprendí que lo mejor que podía hacer al llegar a un lugar desconocido era buscar a alguien que supiera más que yo.

Algo que, por lo que cuenta, nunca le dio vergüenza reconocer.

Al contrario. Yo llegaba a una guerra y decía: “Mira, soy Arturo, soy reportero y no tengo ni idea de lo que está pasando aquí. Pero tú lo sabes. Te invito a una copa y me lo cuentas”. Y siempre encontraba a alguien dispuesto a enseñarme. Cuando llegas con humildad profesional, encuentras maestros en todas partes. Si vas de listo, no aprendes nada. Y descubrí muy joven que el maestro te ayuda a ser mejor.

Aunque no sea necesariamente una buena persona.

Exacto. He tenido maestros que eran auténticos canallas, delincuentes, hombres peligrosos. Pero también de ellos se aprende. En Sarajevo conocí a un francotirador que disparaba contra niños y que después me enseñó emocionado la fotografía de su hija tocando el violonchelo. 

"Comprender esos mecanismos humanos es fundamental. No significa justificarlos. Significa comprender. El mejor maestro, además, no es el que te explica cómo debes comportarte, sino el que te enseña con sus actos. El maestro silencioso suele ser el más valioso".

¿Y cree que los jóvenes de hoy siguen necesitando esos maestros?

No me atrevo a dar lecciones a los jóvenes actuales. Yo nací en 1951 y fui educado por generaciones que todavía pertenecían, mentalmente, al siglo XIX. Soy de otro mundo. Puedo ofrecer mi experiencia, pero no pretendo decirles cómo tienen que vivir. No conozco suficientemente su realidad. Eso sería una impostura.

Pero ha tenido que entrar en ella para construir a su protagonista. Incluso en el mundo de los videojuegos.

Claro. Para esta novela me interesaba comprender el lenguaje de los jóvenes, sus códigos. He recurrido a las redes sociales, a internet y a personas que conocen ese ambiente. Antes, para escribir La reina del sur, tuve que ir a México, hablar con narcotraficantes, escuchar su lenguaje y tomar notas. Ahora dispones de herramientas que te permiten documentarte de otra manera. No sustituyen siempre la experiencia directa, pero ayudan muchísimo.

Me sorprende que un escritor tan vinculado al libro de papel defienda el videojuego como futuro de la literatura.

Es que creo que el gran futuro de la narración está ahí. No sé cuánto tiempo le queda al papel como soporte dominante: 15, 20, 30, 50 años... Pero el videojuego será cada vez más inmersivo. Llegará un momento en que no serás espectador de una historia, sino participante. Podrás estar en las Cruzadas, abordar un barco pirata, vivir una batalla. Y eso será extraordinario desde el punto de vista narrativo.

¿No le parece una perspectiva un poco inquietante?

Muchísimo. Porque cuando puedas vivir todas esas experiencias sin salir de casa, habrá que preguntarse para qué vas a salir. Pero las historias seguirán existiendo. Cambiarán los soportes, se mezclarán unas narraciones con otras. Homero, Stendhal o los grandes narradores seguirán presentes de otra manera. Lo importante no es el papel, sino la necesidad humana de contar historias.

Y de leerlas. Usted sostiene que la literatura nos prepara incluso para el horror.

Absolutamente. Las lecturas te proporcionan referencias para comprender el mundo. Cuando llegas a una guerra y has leído a Homero, a Virgilio o a los historiadores clásicos, reconoces determinadas situaciones. Eso no elimina el horror, pero te ayuda a entenderlo. Hoy tenemos una tendencia a condenar o aplaudir inmediatamente, sobre todo en las redes sociales, sin detenernos a comprender. Y comprender es fundamental. No para justificar el mal, sino para saber cómo funciona el mundo y estar preparado cuando llegue.

También para comprender la propia decadencia, supongo.

Por supuesto. La enfermedad, la muerte, la pérdida de las personas que quieres... Todo eso forma parte de las reglas. El mundo es un lugar hostil, peligroso, difícil. Si no conoces sus reglas, vivir se convierte en una pesadilla. Si las conoces, al menos puedes entender lo que ocurre.

Pérez-Reverte con el grupo de periodistas que asistió a la presentación del libro.

Hablemos entonces de esas reglas. En la novela aparece constantemente la idea del caos. ¿Cree usted en el destino?

Creo que el mundo es un caos, pero un caos que tiene reglas. El truco consiste en descubrirlas. Cuando las identificas, aquello que parecía incomprensible empieza a adquirir cierto orden. Es como el ajedrez. Si no sabes jugar, ves piezas que se mueven de manera absurda. Pero cuando conoces las reglas, entiendes la partida. La guerra me enseñó mucho sobre eso.

¿La guerra como escuela de filosofía?

En cierto modo. La guerra es horrible, naturalmente, pero para quien tiene una formación intelectual y unas lecturas previas puede proporcionar lecciones extraordinarias. Una batalla parece caótica, pero hay ángulos, trayectorias, posiciones, movimientos que obedecen a reglas. Conocerlas no garantiza que sobrevivas, pero te permite comprender lo que sucede. Yo trasladé esa visión de la guerra al mundo. Es lo que podríamos llamar la geometría del caos.

Después de tantas novelas, ¿todavía encuentra algo que no sepa y que necesite averiguar escribiendo?

Cada vez más. Y eso es lo que me mantiene vivo intelectualmente. Estoy muy contento de ser un escritor que tiene menos certezas que dudas. Hay autores que encuentran una fórmula y la repiten porque les funciona. A mí eso me aburriría muchísimo. Cada novela tiene que ser un desafío, una indagación, una manera de intentar explicarme algo que todavía no comprendo.

O sea, que sigue dispuesto a meterse en otra batalla.

Siempre. Uno es joven mientras se prepara para pelear. Cuando termina la batalla, ya es un poco más viejo. Pero mientras preparas las armas, te pones la cota de malla y te dispones a combatir, recuperas algo de la juventud. Para mí cada novela es eso. Una forma de tomar vitaminas, de obligarme a hacer algo nuevo, de comprobar si todavía soy capaz.

Y, mientras tanto, vuelve a su Mediterráneo. A estas islas donde todavía parece que suena la música.

Sí. Supongo que es una forma de regresar al origen. He pasado buena parte de mi vida viajando, viendo guerras, navegando, leyendo y escribiendo. Y ahora descubro que el lugar donde quiero estar es este. El Mediterráneo. No es un mal sitio para recorrer el camino que me queda.

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BSMM

  • María José Solano
  • Historiadora, editora y periodista cultural. Escritora de libros de viajes, en España es cofundadora de Zenda y columnista en el diario nacional ABC.

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