En un mundo atravesado por la incertidumbre, la aceleración constante del cambio y la irrupción de la inteligencia artificial es relevante analizar las lecciones obtenidas durante la pandemia.
Sergio Roitberg reflexiona sobre las transformaciones sociales que dejó la experiencia humana a través de covid-19 y a partir de entrevistas y observaciones, en su libro Somos Otros, plantea que la pandemia fue un punto de inflexión histórico que redefinió nuestra relación con el trabajo, con la autoridad y con la información. Al mismo tiempo, nos preparó —quizá sin darnos cuenta— para habitar el mundo que vivimos hoy.
¿Dónde surge la historia de tu libro Somos Otros?
Viene de mi raíz periodística. Siempre me han asombrado las transformaciones sociales, y esta es, probablemente, la más importante que hemos vivido en la historia de la humanidad. Era como si estuviéramos viendo una película y, de pronto, alguien apretó el botón de pausa. Esa pausa nos dejó paralizados durante un tiempo . A mí no me entraba en la cabeza: estaba realmente impactado por lo que estaba ocurriendo.
Recuerdo que, en marzo, venía de visita a la Ciudad de México —yo vivo en Miami— y, cuando llegué al aeropuerto, me encontré con algo completamente inédito. Una de las pocas cosas que sé hacer bien es moverme rápido en aeropuertos, especialmente en el de Miami. Pero esta vez estaba vacío. Nunca había visto algo así. He cubierto huracanes, situaciones extremas, incluso el 11-S, y nada se comparaba con ese silencio. El mundo se había detenido.
Ahí entendí que esto era demasiado grande como para ignorarlo. Iba a tener consecuencias profundas. Empecé a comentarlo y muchos me decían: “¿para qué quieres hacer eso? Nadie quiere recordar la pandemia”. Pero los que tenemos alma de periodistas llevamos ese impulso dentro —ese gut feeling—, y pensé: si nadie quiere hacerlo, entonces hay que hacerlo. Y aquí estamos.
Me gusta cómo lo describes: una pausa. Porque lo que realmente nos transformó fue cuando volvimos a ponerle “play”.
Totalmente. Se terminó ese “cassette” y empezó otro. El aislamiento nos fue transformando poco a poco. Primero, cambió nuestra relación con la autoridad. Había muchísima información, pero también desinformación. No sabíamos en quién confiar. Veíamos a un médico explicando la evolución de la pandemia con gráficos, y detrás aparecía el presidente de Estados Unidos contradiciéndolo. Las señales eran confusas.
Entramos en lo que yo llamo la era del unknown, de lo desconocido. Y eso nos transformó: en la velocidad con la que vivimos, en nuestra capacidad de resiliencia.
Antes pensábamos que la resiliencia era aguantar. Pero en la pandemia entendimos que no es solo resistir, sino recibir el golpe, reorganizarse y salir a pelear. Un restaurante que cerraba sus puertas se convertía en supermercado o empezaba a hacer entregas a domicilio. Eso es resiliencia. Y ese fue uno de los grandes aprendizajes que nos llevamos cuando la vida volvió a ponerse en marcha.
¿Te refieres a esa necesidad de volver rápido a la normalidad, de recuperar la vida como la conocíamos?
Exactamente. El cambio empezó a gestarse durante el proceso, pero como fue tan duro y nos hizo sentir tan vulnerables, la pandemia quedó asociada a algo doloroso: pérdidas, crisis, incertidumbre. Nadie quiere volver ahí.
Sin embargo, la vida sigue. Y la mayor prueba de eso es que, a pesar de todo, salimos adelante.
Por eso decidí no escribir un libro sobre lo que pasó durante la pandemia —eso ya lo sabemos todos—, sino sobre lo que vino después y reflejar la crónica de lo que paso en la pandemia, desde la persona que está en Turquía hasta la que está en El Salvador o México. Porque ahí es donde están las verdaderas transformaciones.
En el libro mencionas dos grandes cambios: la forma en que vemos el trabajo y la forma en que el trabajo nos ve a nosotros. ¿cómo explicas esto?
Sin duda. Antes, el trabajo era un lugar físico: la oficina, la fábrica, el banco. Hoy ya no es un lugar, es una actividad. Podemos trabajar desde casa, desde otro país, desde un avión o un coworking.
Esto parece un cambio tecnológico, pero en realidad es cultural. Antes organizábamos nuestra vida alrededor del trabajo: dónde vivíamos, nuestros horarios, incluso nuestro tiempo libre. Hoy es al revés. La gente va al gimnasio a las once de la mañana y trabaja después. Eso era impensable antes.
También cambió la idea de estabilidad. Antes, tener un trabajo fijo era sinónimo de seguridad. Hoy, en este mundo del unknown, la seguridad pasa por tener habilidades, por saber adaptarse y cambiar rápido.
La pandemia fue mucho más que una crisis sanitaria. Fue una sacudida existencial. Nos hizo preguntarnos: ¿dónde quiero vivir?, ¿con quién?, ¿qué quiero hacer de mi vida? Y eso transformó profundamente nuestra relación con el trabajo.
¿Y por qué crees que todo se aceleró tanto después de la pandemia?
Sí, pero también hay algo más profundo. En una entrevista, alguien me dijo algo que me marcó: “en la pandemia entendimos que la vida no era un ensayo, sino la función”.
Nos dimos cuenta de que somos protagonistas de nuestra propia historia y de que todo puede cambiar muy rápido. Eso nos hizo sentir vulnerables, y esa vulnerabilidad nos empujó a vivir más rápido, a exigir más de nosotros mismos.
Esa velocidad se trasladó a todo. Y ahora, con la inteligencia artificial , esa aceleración es aún mayor: todo sucede más rápido, todo está disponible al instante.
Tu expertise es la comunicación. ¿Cómo cambió la pandemia la forma en cómo nos informamos y cómo nos relacionamos con la información y con los demás?
Durante la pandemia vivimos una sobrecarga informativa. Consumíamos información todo el tiempo, pero también empezamos a cuestionarla.
Aprendimos —aunque todavía estamos en ese proceso— a filtrar, a curar, a preguntarnos de dónde vienen las fuentes.
Si lo vemos en perspectiva, la pandemia fue una especie de entrenamiento para lo que estamos viviendo hoy con la inteligencia artificial. Nos obligó a desarrollar criterio, a seleccionar mejor, a desconfiar un poco más.
Y eso, al final, puede ser una ventaja enorme en este nuevo contexto.
AAL