Lo que mata no es la bala (Ediciones B, México, 2016) debe ser la primera novela de Alberto Mansur porque la segunda de forros solo informa de un abogado “que litiga pleitos de negocios”. Pero eso importa poco; lo que debe ocupar nuestra atención es la mudable naturaleza de su ritmo y su temperamento, una virtud ausente en la mayoría de los representantes del thriller en México, cada vez más propensos a concebir historias y personajes que se obstinan en permanecer iguales a sí mismos del inicio hasta el final.
Hace falta una buena dosis de inconformismo y desde luego talento para escribir una novela significativa con los mismos ingredientes que utilizan las demasiadas y prescindibles novelas que se adhieren al género negro y naufragan en el cliché: un reportero de dudosa moralidad, un narcotraficante bendecido por la Santa Muerte, un político matriculado en la escuela de la traición, una belleza morena que se define por sus caderas y su ambición, una rica heredera que despilfarra sexo y mariguana. Mansur ha transformado esa materia inerte en savia literaria. Lo que en muchos es copia dócil de los expedientes policiacos, en él es temple narrativo que ignora las supersticiones preconcebidas.
Que Lo que mata no es la bala destaca por la naturaleza mudable de su ritmo y su temperamento puede comprobarse en el curso que siguen las vidas de sus tres protagonistas: el reportero, la belleza morena, la heredera, que comparten cama, techo e infortunios en un país que sugiere a México por los servicios que presta a la barbarie. Están enteros en un principio y a medida que corre la trama vemos cómo emprenden su conversión hacia abominables disposiciones del alma. Son juguetes de los hechos y los hechos respetan las normas dictadas por la política convertida en la faceta conciliadora del narcotráfico, y son también rigurosos en la práctica de la manipulación.
Mansur se siente atraído por la violencia pero sabe convocarla. La violación que anuncia la caída de una de las protagonistas se escenifica con las claves del teatro de cámara. La escena inaugural es tan quirúrgicamente sensitiva que no podemos evitar un gesto de repulsa. Por fortuna, esa violencia no augura ningún sermón. Mansur no regaña, no predica, no milita. Narra, narra simplemente con un estricto dominio del tiempo.
Lo que mata no es la bala parece destinada a ejercer un influjo benéfico en el género negro a la mexicana. Ya que desdeña ser un apéndice de los espacios editoriales de los medios noticiosos, se instala por derecho en el mundo libre de la imaginación.