Lo que se esperaba de ella era que se limitara a zurcir los calcetines de su marido y de sus hijos. Había estudiado Filología, Lexicografía e Historia y también había sido bibliotecaria, pero para muchos no era más que Doña María, la esposa de un catedrático de Física y una piadosa ama de casa. Eso, en la España de la posguerra, significaba tener mucha suerte, pero su pasión por las palabras la llevó a emprender una de las labores más arduas y valiosas para nuestra lengua.
Un día, mucho antes de ser retratada para la posteridad como una viejecita de cuento, María Moliner (1900–1981) estaba sola en su casa y se le ocurrió agarrar una hoja y una pluma. Enseguida se apoyó en el comedor familiar y empezó a esbozar un diccionario que fuera capaz de “guiar en el uso del español tanto a los que lo tienen como idioma propio como a aquellos que lo aprenden” porque, francamente, el de la RAE tenía muchas deficiencias y era muy enrevesado. En ese momento pensó que tardaría unos “dos añitos” en acabarlo. Al final, meter el lenguaje vivo en dos tomos tan gordos y pesados como sencillos y útiles, le llevó quince años. Consiguió publicarlo hace medio siglo, con la ayuda del escritor Dámaso Alonso, y la otra tarde la editorial Gredos presentó la cuarta edición de “El María Moliner” (como se le conoce) en la Biblioteca Nacional de España.
El acto se convirtió en un homenaje a la también impulsora de la Red de Bibliotecas Rurales, porque el quincuagésimo aniversario de la publicación del Diccionario de uso del español está arropado por un documental (María Moliner. Tendiendo palabras, de Vicky Calavia) y una ópera (María Moliner, de Antoni Parera Fons). Durante poco más de una hora se habló de manera solemne sobre la autora aragonesa, se destacó su humildad y se anunció que la edición renovada del repertorio lingüístico de los hispanos incluye más de 5 mil nuevas entradas, entre las que se encuentran palabras como dron, bótox, homoparental, tuitear y distopía y otras tantas del español latinoamericano, con el objetivo de hacerlo más global.
Lo interesante llegó cuando se abordó la “mitificación” de María Moliner porque, aunque nunca ingresó a la RAE, está más presente entre nosotros que la mayoría de los académicos con sillón. Quizá el maravilloso culpable sea Gabriel García Márquez, quien unos días después de la muerte de la lexicógrafa escribió en su columna, publicada al mismo tiempo en varios periódicos de diferentes países, que se sintió como si hubiera perdido a alguien que, sin saberlo, había trabajado para él durante muchos años, porque hizo “el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua y más de dos veces mejor”. Gabo no exageraba porque estos dos tomos son más claros, más prácticos y, sobre todo, más vivos que el DRAE, sin olvidar que constituyen una de las mejores herramientas para todo aquel que dedique sus días a escribir con el mismo entusiasmo con el que Doña María trabajaba buscándole el rastro a las palabras para luego zurcirlas, como también hacía con los calcetines, en el comedor de su casa.