A los hombres hay que tratarlos como a los cenzontles,
para que no se vayan. Eso le advirtió mi abuela
a mi madre. Así aprendió que los hombres comen primero,
que el plato más grande es para mi padre
y si solo hay un trozo de carne
ya tiene dueño.
Aprendió a correr si le llamaba,
a entrar en la cama cuando lo ordenaba,
a adivinar sus ansias, sus malos sueños,
y adelantarse a las madrugadas frías
para cubrir sus pies de hombre.
Aprendió a callar cuando él gritaba,
a sonreír tímida a los invitados
cuando el alcohol le fermentaba la cabeza,
a limpiar con maestría manchas de sangre,
sudor, saliva, orina, vómito, más sangre.
Todo para que el cenzontle
no se vaya de casa.
Este poema pertenece al volumen Por todos los hombres que me quedé esperando, me convertí en un ciprés (Fondo Editorial de Querétaro, 2026).
AQ / MCB