Latet arbore opaco
Aureus et foliis et lento vimine ramus
Abuela, tú eras el resguardo,
ábside apuntando a maravillas,
mas de iglesia que nunca fue de frailes
sino de humano afán y de caminos,
de amplitudes y siembra de promesas,
de proas enfiladas
hacia donde no halla límites el mundo,
y un ver lo que podría ser,
soñarse, oír o pintarse imaginando:
en paraíso de tan prístino inmediato.
Tu sangre fue de anhelo, abuela,
tu ojos, horizontes,
tu amor, una respuesta de entusiasmo y certeza,
un vuelo inagotable en suelta libertad.
Maternidad me diste de infinitos,
de fuego llevo tu ala inmarcesible
que aún tanto me renueva.
Con autorización de la autora, publicamos este poema que forma parte del libro La casa amarilla, coeditado por la UACM y la UANL.
AQ / MCB