Las matas de hierba seca son perfectas para ocultar secretos. De esta manera, Cuitla se convierte en un territorio cuyo ambiente se torna hostil entre las lluvias violentas que complican el sendero, mientras las ramas marchitas arañan las piernas. Es el hogar perfecto de coyotes, víboras y alacranes. Allí sucede la tragedia que cambia las vidas de Lupe, quien trabaja como sirvienta para la familia Lascuráin, y de Margarita, la niña de la casa. Estos son los personajes de Agua turbia (Hachette, 2026), la novela en que Marcela García Robles Gil explora las decisiones que toma una muchacha sometida por el miedo, en tanto que su identidad se contamina por el veneno de la represión.
“Me gustó el sonido de la palabra, me pareció sonora, por eso Cuitla. El significado lo supe después”, dice Marcela García Robles. Cuitla viene del náhuatl cuitlatl, que significa excremento, estiércol o porción de suciedad. Sin embargo, en la obra se construye como el pueblo apartado, rodeado de tres cerros donde los pobladores, esparcidos a la distancia, se ven obligados a surcar la vereda para descender a Los Amates y así ganarse la vida. La descripción que logra Marcela García Robles sumerge al lector en una dimensión cargada de olores, sensaciones y sentimientos que exigen resistencia, pues la experiencia resulta visceral.
Desde el inicio, la geografía permite identificar la distancia real e intangible que marca el poder en la relación que vive Lupe con la niña Margarita y su familia. En esa relación se separa la precariedad del lujo y la comodidad. En estos límites, la identidad toma un papel importante, pues está definida por fuerzas invisibles como la religión, el nivel socioeconómico, las “buenas costumbres” y el miedo al castigo en el contexto social mexicano de los años ochenta y noventa. “Viví, crecí en Monterrey, una ciudad de provincia. Viví en una generación en la que eran muy importantes el deber ser, la observación de lo que estaba bien y lo que estaba mal. Había blancos y negros. El gris era ‘te vas para el mal’. Esta novela es la exploración de los grises”.
Marcela García Robles profundiza sobre su idea del miedo como contraparte del amor: “El miedo es un veneno que nos hace tomar decisiones oscuras para protegernos y proteger a los demás. Pero cuando el miedo es psicológico, enturbia cualquier decisión”.
Agua turbia explora los matices por los que atraviesa la psique de Lupe: sus sentimientos son pájaros negros que habitan en su interior y revolotean formando una tormenta que la lleva a lugares cada vez más oscuros. “Siempre quise narrar en primera persona porque me parecía que la voz de Lupe era muy potente. A través de su mirada conocemos su sufrimiento, su culpa, su silencio y agonía”.
Esta gama de oscuros permite pincelar una narrativa en la cual la bondad, la nobleza y el amor despuntan como un minúsculo rayo de luz del que es necesario agarrarse para sobrevivir. La novela respira a través de saltos cronológicos que acentúan la tensión a través de los recuerdos de Lupe. “Cuando pasamos por un proceso difícil, sobre todo en las relaciones interpersonales, tendemos a repasar”, dice García Robles. Sin embargo, esta manera de liberar presión, funciona para agregar nitidez al terror que se vuelve imperceptible, pero cuya presencia genera angustia.
La belleza aparece incluso en los rincones más sórdidos de la experiencia humana. “En Cuitla, a cierta hora, llega la niebla y lo cubre todo. Los coyotes chillan de frío y en esto veo una belleza absoluta; incluso en la hostilidad, con los coyotes, pues hay un ambiente reflexivo, de silencio”, y García Robles evoca la obra del pintor español Francisco de Goya, cuya pintura explora imágenes que rozan lo grotesco. “Insisto, me gusta lo que puede ser para una persona algo bueno o para otra algo malo, y que de ahí surja el hilo que va a estirar todo este cuestionamiento intimista en el lector”.
La literatura, dice García Robles, es una válvula de escape y una pulsión, una forma de explorar los grises que la realidad no siempre se permite nombrar. Escribir desde el horror y el dolor no es una elección estética sino una necesidad. Así, el espacio de escritura se convierte en un refugio en el que aparece la voz de Lupe, cuya experiencia cambia drásticamente por la violencia, el silencio y la represión, lo que la orilla a tomar decisiones y explorar sentimientos que desdibujan la manera en que estaba acostumbrada a pensarse a sí misma. “Si es real, tiene que ser con todos los matices, también los que no nos gustan”.
En la narrativa de Agua turbia, el paisaje verduzco y ponzoñoso de Cuitla se encuentra con el suelo de mármol, las casonas y la riqueza de Los Amates. Lupe narra su experiencia con un lenguaje cultivado en el campo árido del norte. Mientras su identidad queda enzoquetada, fruto de las decisiones que ha sido orillada a tomar, hasta que la frontera de la moral se difumina, queda la pregunta obligada: ¿hasta qué punto la víctima puede convertirse en victimario?
AQ / MCB