Alberto Tovalín: “Lo mío es pura luz natural”

Entrevista

Luego de treinta años en la fotografía, Alberto Tovalín reúne sus retratos en un libro que cierra un ciclo.

El fotógrafo Alberto Tovalín reúne su obra en ‘Más que un retrato’. (Especial)
Sylvia Navarrete
Ciudad de México /
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Alberto Tovalín (Ciudad de México, 1961) dedica su vida a producir libros sobre artistas diversos, en su mayoría fotógrafos (Joaquín Santamaría, Librado García Smarth, Miguel Covarrubias, Nacho López…). La Universidad Veracruzana, de la cual es colaborador de planta, acaba de publicar la primera monografía de fotos realizadas con su propia cámara: Más que un retrato. El perfil profesional de Tovalín se ha articulado en tres frentes: la lingüística, la edición de arte, la creación fotográfica. Veamos cómo interactúan en su cálido temperamento hiperquinético, en la exigencia del trabajo impecable, el entusiasmo de la amistad y el placer de existir.

Siendo la foto tu pasión, ¿por qué estudiaste lingüística?

Se me daban los idiomas, planeaba ser intérprete-traductor, irme a la ONU, etcétera. Mi hermano Alejandro, arqueólogo, me dijo: “No, mejor estudia la ciencia del lenguaje”. Solo la ENAH tenía la carrera de Lingüística; en la UNAM no había más que Letras. Me fascinó la sintaxis, la semiótica. Paralelamente, retomé mi afición de años mozos: a los diez años de edad usaba la Brownie de mi papá para sacar escenas familiares, luego con mis primos compramos una Yashika de 35 mm y aprendimos a revelar en un cuarto oscuro que instalamos en el sótano de casa de mi abuela en Observatorio. Desde entonces me interesó el retrato, no tanto por la identidad del modelo como por crear atmósferas, conceptos, formas. Mi amigo el pintor abstracto Francisco Castro Leñero era mi gurú. El rollo conceptual de la imagen, no como registro sino como forma dentro de una composición, junto a mis pláticas intelectuales con “Paco”, determinaron mi camino.

Tus modelos (bailarinas, fotógrafos, pintores, escritores) suelen pertenecer a tu generación y a tu círculo de allegados. ¿La amistad es una condición para un buen retrato?

Se nota cuando hay una afinidad afectuosa, aunque no es algo que persiga. Sí coincide la admiración hacia los modelos. A Vila-Matas y Savater apenas los traté. A Juan Villoro lo conozco mejor y sin embargo es el único que sale serio en esta serie: “Me retrataste como el sobrinito de Chéjov, parezco ruso”, me dijo. Quizá tengo la capacidad de establecer un contacto especial y que la gente simpatice y colabore en mis locuras.

El sentido del humor impregna todas tus fotos. En ambiente relajado y de connivencia, la gente se ríe.

Corría el año 2005, a Sergio Pitol le acababan de dar el Premio Cervantes. En el estrado del teatro de Xalapa donde le hicieron un homenaje pusieron el retrato que le hice amplificado en formato enorme. Al llegar, Villoro exclamó: “¡Eres el fotógrafo de la felicidad!”

¿Por qué descontextualizas el modelo de su profesión?

Es lo contrario de lo que hace Rogelio Cuéllar: José Emilio Pacheco en su biblioteca o Gerzso frente a un cuadro. Por el contrario, yo uso las cabezas no como máquina pensante sino como una calidad o expresión plástica. La portada de mi libro así funciona: en Xalapa, mi amiga catalana Lola Bolarín estaba pintando, corté una hendidura con navaja en el lienzo y allí metió su rostro. Lo titulé Naturaleza lunar. También realizo fotos del instante, como la última al maravilloso Ricardo Pérez Monfort poco antes de morir. Luego me da por embarrar los cuerpos: en La Virgen del atascón, con el cual el restaurante La Garufa ilustró su menú, cubrí a la modelo con espagueti y ensalada, como un ejercicio de texturas y a la vez un acicate gastronómico.

Dices: “Tiendo a formalizar todo lo que veo a través de una estructura”. ¿Cómo incide la lingüística en tu trabajo de editor y de fotógrafo?

Estudiar semiótica enfocó mis intereses. Sirvió para conceptualizar mi foto. También para enfrentar un reto como editor: concatenar historias e imágenes en un discurso bien construido que dé significado a un conjunto visual.

¿A qué alude el título de tu libro: Más que un retrato?

El retrato como lo concibo va más allá del registro de un personaje, trasciende al instante capturado o provocado. Es una construcción, no una selfi. El brote de la risa sí es importante(“el momento decisivo”, diría Cartier-Bresson). Sin embargo, para mí es primordial crear un momento en el que la forma tiene un perfecto lugar en un determinado espacio con una luz bien definida. He hecho desnudo en una época, algún paisaje o foto documental, pero lo que me sale del coeur es el retrato.

En proporción, retrataste a más mujeres. ¿Por qué te gustaban tanto las bailarinas?

Casi en un mismo porcentaje, quizá sesenta por ciento mujeres y cuarenta por ciento hombres. Casualmente, mi amiga Rocío Guzmán era parte del grupo de “danza bizarra” UX Onodanza de Raúl Parrao, unas puestas padrísimas. Con el fotógrafo Raúl Ortega nos invitaban a sus funciones, a las de Barro Rojo, Contempodanza, Serafín Alponte, Altares. Era un tiempo de gran efervescencia de la danza contemporánea en México, con grupos de excelente calidad y abundantes públicos. Podría hacer un libro entero de mis fotos de danza.

¿Fue tu época más propositiva?

Me dedicaba cien por ciento a la foto. Daba clases de Lengua y Literatura Mexicana a nivel preparatoria en el CUM. En 1986, al constatar que no había libro de texto con el programa de la UNAM, escribí y financié una gramática del español que vendí a todas las prepas afiliadas en la Ciudad de México, lo cual me permitía vivir holgadamente. Con mi coautor Estanislao Sandoval y con Sergio Bogard del Colegio de México, vendíamos cinco mil ejemplares al año. Íbamos a ver a los maestros: “¿Cuántos grupos tienes?”. “Cinco de cincuenta alumnos”. “Pues allí te van doscientos cincuenta ejemplares”.Así me estrené como editor, aprendí cómo se hace un libro(aunque de tipografía y cajas aún no sabía nada). La portada es de Miguel Castro Leñero. Los ejemplos culturales para analizar sintácticamente eran cagados: “Juan García Ponce escribió De Ánima: ¿cuál es el verbo, el sujeto y el objeto directo?; “Paco” (Castro Leñero) le regaló a Irma (Palacios) unas flores; Roberto Turnbull viajó a Madrid, etcétera”.

¿Y tus primeros catálogos de exposiciones de foto?

El primero me lo encargó Enzia Verducchi, entonces joven secretaria de Cultura de Campeche, como un homenaje al arqueólogo Román Piña Chan: El Señor de la piedra (1999) es mi visión íntima de 24 horas en la vida de esta eminencia de edad avanzada, leyendo el periódico en su cama, recibiendo a los estudiantes por la tarde, en reuniones familiares el fin de semana. Enzia, como coordinadora Nacional de Literatura del INBA, me invitó a idear el segundo: Los conjurados (2008), que retrata a 51 escritores mexicanos de treinta a cincuenta años de edad. Así lo titulé porque me encanta Borges.

¿Has hecho trabajos alimenticios?

Nada de publicidad, ni de coches o bizcochitos, ni de product shot. No tenía ni equipo ni flashes. Lo mío es pura luz natural.

Curaste en 2016, junto con José Antonio Rodríguez, la retrospectiva de Nacho López en el Museo del Palacio de Bellas Artes, y coordinaste la edición del libro correspondiente: un proyecto mayor.

Soy autodidacta en curaduría. La primera exposición que curé fue la del fotógrafo venezolano Alexander Apóstol en La Esmeralda: cuestiona los estereotipos de género de manera lúdica y burlona. En 2004 curé contigo la exposición de gabinete de Miguel Covarrubias, en el Centro de la Imagen. José Antonio Rodríguez era mucho más ducho que yo en la materia. De él aprendía armar un relato conciso.

¿Y tu labor de promotor que empezaste con las famosas Crónicas Fotográficas?

Hacía una agenda cultural con pintores que transformé en una agenda fotográfica en la que deambularon muchos artistas. En eso, en 1994, organicé un foro de fotógrafos independientes en Xalapa, ciudad que escogí para descentralizar y porque su universidad era la única del país con licenciatura de foto. Dio pie al primer encuentro de Fotografía México-Estados Unidos (1995), que consistió en conferencias magistrales, revisión de portafolios, publicación de memorias, convenios interacadémicos, con apoyo de profesionales de FotoFest de Houston, de Arizona, de Nueva York… Jóvenes egresados que acudieron de todas las regiones de México se integraron y despuntaron: Gerardo Montiel Klint, Alfredo de Stéfano...

¿Sería posible hoy organizar foros semejantes?

Las circunstancias y condiciones son diferentes ahora. Los años noventa fueron una época fabulosa, un boom con artistas de primera línea. México era el epicentro de la foto en América Latina. La cantidad de libros de foto que se producía aquí era la misma que producía el resto del continente. Se fundaron el Consejo Mexicano de Fotografía, el Centro de la Imagen, la Bienal de Foto, Fotoseptiembre, el festival internacional Abril Mes de la Foto en Mérida del grupo Imagen Alterna, las revistas Luna Córnea, Cuartoscuro y Viceversa… El fotoperiodismo era preponderante. Nada subsiste de esos encuentros, desaparecieron esos organismos. Ya nadie hace nada de eso.

¿Resurgía la foto después del auge de la década de 1930?

En los años treinta la foto era un fenómeno aislado, en los noventa culminó la gran fiesta de ese medio. Por desgracia, el Centro de la Imagen agonizó con la dirección errónea de Alejandro Castellanos; no ha remontado, dispone de escasos recursos. La foto tomó otros cauces de difusión con las técnicas digitales. Aunque Ramón Reverté me asegure que los libros de foto siguen siendo un nicho importante, otros opinan que venderlos se ha complicado. Por mi parte, los libros de foto los leo y los hago, y leo muchas veces para hacerlos.

¿Sacrificaste tu propia creación al editar con tanta entrega la obra de los demás? ¿O es un maridaje?

Todo enriquece. Es un trabajo conjugado. En este nuevo libro convergen mis retratos y mi trabajo de puesta en página. Revisaron las versiones sucesivas Mata, Pablo Ortiz Monasterio, Teresa Peyret, Reverté, y me ayudaron a cerrarlo. ¡Que viva el retrato, que viva la amistad! Lo demás lo juzgarán los lectores.

“Ver fotos de juventud es como releer cartas de amor en un domingo lluvioso”, decía Robert Doisneau. ¿Este nuevo libro es “más que un autorretrato” de Tovalín lingüista, fotógrafo y editor?

En la pandemia digitalicé mis negativos y la historia fue creciendo. Compendia treinta años de mi andar, deja un testimonio de mi intención en la fotografía a través del retrato de tres generaciones de mucha gente querida. Cierro un ciclo: este rápido filme que recorre etapas de mi vida significa un sube y baja emocional. Laura González y Adriana Konzevik escribieron los textos; el diseñador Paco Ibarra me aguantó cuatro años haciendo versiones y más versiones; la UV aportó los recursos, así como los patrocinadores: Parametría, Redexplorer, Mar Adentro, Forrajera La Posta. Tengo muchos amigos fotógrafos, y fotógrafas (David Mawaad, que es mi maestro de la edición, Mata, Alicia Ahumada, Valtierra, Laureana Toledo, Pía Elizondo, Maya Goded). Ya murió Carlos Jurado, quien era muy cercano. Visito a Graciela Iturbide, una mujer maravillosa de un humor negro fundamental. En esta vida vertiginosa, es difícil verlos a todos. Espero que este libro motive un reencuentro. Se presentará el 22 de agosto en la Librería Rosario Castellanos. Será una fiesta enorme para mí.

AQ / MCB

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