Uno de los motivos cordiales de Dante Alighieri para inventar su Limbo —ese paréntesis en el eterno dolor infernal— fue el de encontrarse con sus admirados poetas de la antigüedad y, también, para poder decirnos: “y entre tanto genio el sexto fui yo.” De cierta forma, la festividad del Día de Muertos abre su camino de polen para reunirnos con nuestros fieles difuntos como en un día de campo, ideal para un banquete gastronómico como socrático.
Como en este 2026 partieron varias presencias tutelares de la vida cultural y artística de México, quiero traer aquí su espíritu y recordar el paso en la Tierra de algunos de ellos. Con la muerte de Roger von Gunten y Pedro Friedeberg, el grupo de la Ruptura despidió a dos de sus últimos miembros, desaforados e intrépidos, a cual más, en su afán de crear nuevos universos inquietantes. El primero, desde el color y vía una imaginación adánica en las latitudes de la del Bosco, movido por un furor dionisíaco sin tregua; el segundo, artífice de una geometría de seducción y vértigo, puso en jaque a la tercera dimensión tramando una arquitectura donde el laberinto y el espejo son puertas sin retorno. ¿Recreaciones de Piranesi? ¿Diálogos con Borges? El equilibrio de su mano lúdica y sensual queda como un fetiche del arte mexicano del siglo XX. La centenaria Geles Cabrera tuvo, en los últimos años, un reconocimiento a su trabajo escultórico con la exposición Partituras corporales en el Palacio de Bellas Artes a finales de 2025 y comienzos de 2026; de manera especial, sus tallas en piedra —aunque trabajó en terracota, bronce y papel— evocan la cadencia musical de la creación y la curva amorosa de la materia.
Con la muerte de Vicente Quirarte, todavía en una etapa de madurez literaria, perdimos a una de las figuras de nuestras letras contemporáneas. Escritor de varios géneros como su admirado José Emilio Pacheco, cimentó su propuesta en el rigor formal en confluencia con un estilo hospitalario. El centro de la Ciudad de México, la mujer amada, el vampiro y sus símbolos, las ballenas y Melville, el siglo XIX mexicano, el hombre araña, el viaje y sus metáforas, la familia y sus fantasmas fueron querencias, escenarios y sujetos de sus obsesiones en los que encontró, una y otra vez, una razón de ser en medio del caos y la ruina, de la locura y la mezquindad. La bella dama sin piedad también llevó a su reino, durante este año, a varios poetas; el tapatío Gabriel Martín, el moreliano Salomón Villaseñor, el sonorense Miguel Manríquez y el capitalino Luis Téllez Tejada cantan ahora en la otra orilla, desgranan epigramas y tuercen el cuello a un cisne de niebla. Partieron también, con misiones cumplidas, los historiadores Ricardo Pérez Montfort y Fausto Zerón-Medina, la psicoanalista Estela Ruiz Milán, el jurista, bibliófilo y académico Fernando Serrano Migallón, el narrador Salvador Castañeda, quien escribiera la novela emblemática de los años de la guerra sucia, ¿Por qué no dijiste todo?, el dramaturgo Alejandro Ostoa, las coreógrafas Farahilda Sevilla y Graciela Enríquez, los fotógrafos Bernardo de Niz y Emmanuel Montero…
Más allá de los lugares comunes, siempre disponibles para resignificarlos, la muerte de un creador nos priva de una visión del mundo intransferible, interrumpe de golpe los sutiles mecanismos a través de los cuales ampliaba —con su lucidez y sus intuiciones— nuestro horizonte y el inventario de lo real y lo imaginado, dotando de intensidad, plenitud, extrañamiento y desasosiego ciertos instantes de nuestra vida. A punto de cerrar el presente pase de lista de ausencias, incompleto desde luego, leo en las redes sobre el asesinato del joven poeta jalisciense Juan Pablo Gómez Salazar, ocurrido en Sinaloa; después de su secuestro, que no concluiría con su liberación, no obstante que su familia pagó el rescate, el cuerpo del también promotor de lectura fue reconocido por sus deudos el pasado 19 de octubre. Tristeza profunda, rabia, impotencia frente al Estado fallido, la añeja colusión del crimen con las autoridades cortó la vida de un escritor para quien, seguramente, la poesía era una forma de resistencia, de memoria traída al presente como una bengala en la noche de la ignominia o un puente tendido sobre aguas violentas y turbias.
AQ / MCB