Andarse por las ramas | Un relato de Dorothy Dean Walton

Historias del cafetín del barrio

Un encuentro casual en un autobús londinense entre dos mujeres, una de ellas turista en busca de Philippe Conticini Café en Camden, la otra una inglesa que le recomienda algunos lugares.

Camión londinense rojo de dos pisos. (rawpixel)
Dorothy Dean Walton
Ciudad de México /
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Philippe Conticini Café, 192-193 Camden High Street, Buckstreet Market, London

Protegida del viento dentro del autobús No. 1 —de esos típicos camiones londinenses rojos de dos pisos— nada me distraía. Íbamos rumbo a Hampstead Heath, al norte de la ciudad.

Sin embargo, quería hacer un desvío, tomarme un café latte en el Philippe Conticini Café en Camden, donde el día anterior había probado el mejor latte que se había hecho desde la invención de la leche pasteurizada. (Por cierto, ¿cuándo se inventó la leche pasteurizada?)

De esos vagos pensamientos, me distrajo una mujer mayor, elegante con su sombrero y gabardina, quien subió al autobús y se sentó a mi lado, presentándose como Meredith Ramsbotham.

“Tienes que ver el tejo plantado en Russell Square en memoria de T.S. Eliot”, me dijo, al enterarse de mi obsesión empedernida por el poeta.

Recuerdos borrosos

Cuando le revelé mi destino final, me dibujó un mapa improvisado de Hampstead Village, Hampstead Heath, el estanque del páramo y una mansión “maravillosa” cuyo nombre no consiguió recordar.

De repente una mujer con acento cockney sentada en el asiento de delante se volvió hacia nosotras. Nos avisó que el camión estaba dando un rodeo.

“Desde luego, no está siguiendo el camino que esperaba”, comentó Meredith.

Desvíos personales

Meredith, cuando era joven, justo antes de una entrevista crucial para obtener una beca para estudiar en una importante escuela de arte, descubrió que había perdido su cartera.

Todo lo que logró decir al jurado ese día fue: “He perdido mi cartera, no sé cómo voy a volver a casa”.

Uno de los miembros del jurado le ofreció una libra, lo cual no era suficiente para el viaje de vuelta. Ella aceptó la libra, pero era demasiado tímida para decirle que no bastaba para cubrir la tarifa.

Después, por casualidad, se detuvo en una comisaría. Un policía abrió un cajón, sacó una cartera y le preguntó si era suya. Efectivamente, lo era. (También ganó la beca.)

Distracciones comunes

Después de escuchar su relato, le hablé del café al que me dirigía para el pequeño desvío planeado, ofreciéndole la tarjeta de visita del mismo.

Mientras tanto, ella anotó mi dirección como referencia en un pequeño cuaderno de espiral, descolorido y con las esquinas dobladas, lleno de tarjetas y trozos de papel que se desparramaban desordenadamente dentro y fuera de sus páginas arrugadas.

Meredith se levantó para salir del autobús; el cuaderno cayó al suelo, su contenido se esparció, ella se dio la vuelta bruscamente, corrió a recogerlo todo y me dijo adiós con la mano desde la calle.

Una vez en Hampstead Heath, me perdí irremediablemente al intentar seguir los círculos y garabatos del boceto de Meredith. Había descartado mi intención original —me había olvidado por completo de la cafetería.

En realidad, decidí olvidarla. ¿Fue lo mismo que olvidarla?


*Dorothy Dean Walton formó parte del consejo editorial de poesía de la revista The Chicago Review. Escribe ficción, guiones para cine y no-ficción creativa.

** Estos relatos también pueden encontrarse, tanto en inglés como en español, en el blog Third Place Cafe Stories (https://www.thirdplacecafestories.com).

AQ / MCB

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