Cómo decir adiós en tiempos digitales: ‘Apuntes para una despedida’, de Javier Serena

Reseña

‘Apuntes para una despedida’, de Javier Serena, es la historia de un encuentro amoroso que comienza siendo virtual, y aunque luego se vuelve presencial está destinado a ser efímero.

Portada de ‘Apuntes para una despedida’, de Javier Serena. (Almadía)
Araceli Mancilla Zayas
Ciudad de México /

En su libro Amor líquido (2003) el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman enuncia el fenómeno contemporáneo de la fluidez en las relaciones amorosas en las sociedades occidentales, cuando la permanencia, la estabilidad o un compromiso a largo plazo entre las personas aparece como algo cada vez menos deseado, buscado y conseguido. Por su lado, en La sociedad del cansancio el pensador Byung-Chul Han vislumbra la capacidad de auto explotación de que somos capaces los sujetos actuales, a fuerza del auto rendimiento que nos imponemos, que no viene determinado, como en tiempos de nuestros padres, por un agente disciplinario exterior, que podría castigar al sujeto ante el incumplimiento de sus obligaciones. La obligación del auto rendimiento actual se instala en nuestras vidas por nuestro propio impulso, causando agotamiento, indiferencia, desatención. Aburrimiento, también; y, sobre todo, frustración.

Javier Serena hace pensar en estos libros, leídos hace tiempo, pero que en su novela Apuntes para una despedida (Almadía, 2025) cobran nombre y piel frente a lo que plantean Bauman y Chul Han: el predominio de una manera de relacionarnos que nos aísla cada vez más, el arrastre de un ensimismamiento que no nos permite sopesar nuestras potencialidades personales.

En la historia que nos ofrece Serena, un encuentro que inicia siendo virtual, como son la mayoría de nuestros encuentros hoy en día (tengan connotación erótica-amorosa o no), y que si bien se vuelve presencial, anuncia casi de inmediato su vida efímera.

Lo que sucede, sin embargo, aun cuando es, en apariencia, previsible, va tejiendo el submundo de una pareja que, por razones ligadas a la pulsión artística, al deseo de crear, en lugar de separarse, logra establecer de manera provisional una armonía y un entendimiento que la voz del protagonista no puede más que reconocer.

Al seguir al narrador, quien siempre habla en primera persona, refiriéndose a lo dicho por Maite, compañera de un periodo vital que rebasa apenas un año, vemos escenas de una cotidianidad que revela su carga poética.

Por momentos se advierte la capacidad de vislumbrar un más allá, respirable, libre, que alivie al protagonista de su crisis existencial, que lo lleve fuera de sus ansias por alcanzar una realización creativa. Elvis Presley, escuchado una y otra vez en su última interpretación en vida; y el detener la mirada ante la reproducción de una fotografía de Man Ray, con Meret Oppenheim al fondo, lo atestiguan. Hay momentos de contemplación, de un techo de uralita, frente a un ventanal; de la luz de una tarde en medio de la carretera; de escucha de un zapateado dancístico en un mercado vecino, que son un alivio ante la presión de hacer.

La ciudad de Madrid se muestra entonces como una ciudad acogedora, que en sus plazas, jardines y monumentos; en sus cafés y terrazas va dando cobijo a los personajes, dos, de esta novela, quienes deambulan sus incertidumbres y desasosiego entre sus calles y sitios emblemáticos.

El río Manzanares refulge mediando en las conversaciones. Una dicha momentánea es la que capta el narrador, en medio de las pláticas que la pareja sostiene dándose ánimos, yendo al fondo de sus respectivos oficios: escritor, uno; actriz y guionista, la otra. Si eso no es, al menos, una buena amistad, ¿qué es?

Sin embargo, por alguna razón de los tiempos en que vivimos, podemos estar casi seguros de que las cosas funcionarán solo provisionalmente: ¿es esto a lo que llama Zygmunt Bauman —encarnado aquí en personajes literarios—, como amor líquido? ¿Por qué sabemos de antemano que algo no funcionará, y, aun así, seguimos?

Aquí se halla un punto central de la novela. Tenemos y sostenemos encuentros con personas que, casi de inmediato, lo constatamos, no corresponden del todo a lo que consideramos nuestro ideal, a nuestras expectativas: no obstante, insistimos.

Apuntes para una despedida nos deja ver lo que subyace en algunos encuentros no tan fortuitos que crecen, bajo nuestra sorpresa, inesperadamente. Que surgen cuando lo que necesitamos, sobre todo emocionalmente, emerge, y el otro, la otra, lo ofrece, o así lo creemos.

¿Qué es lo que obtenemos cuando alguien, cuyos modales y costumbres pueden disgustarnos, pero da una salida a nuestra zozobra? Lo que se aprende es mucho, y, no siempre de la mejor manera, como debe de ser, para aprender de verdad, parece decirnos la novela.

Este libro nos habla también de una ansiedad muy de nuestro tiempo. Un afán por lograr el éxito en los primeros intentos. Y el proceso, ¿no importa? El vacío en los lugares a los que se llega, como la ciudad de Turín; la insustancialidad de algunos acontecimientos, la inmediatez en la manera de abordar los encuentros sexuales, ¿en realidad, no dejan nada, aparte de perplejidad?

Todo es, finalmente, factible de ser materia de escritura: la ternura, la coincidencia, el desencuentro y la rabia, todas estas emociones y sentimientos son parte de la experiencia humana, integrada, a veces, en un solo gesto y decisión asumida con fe y sin esperanza. La escritura puede dar cuenta de esta contradicción. Apuntes para una despedida nos lo muestra.

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.