Aspirantes ejemplares

Los paisajes invisibles

La polémica por el examen de admisión de la UNAM reabre el debate sobre el mérito y la necesidad de procesos de ingreso presenciales y confiables.

Biblioteca central de la UNAM. (Wikimedia Commons)
Iván Ríos Gascón
Ciudad de México /
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Al abordar “su tiempo” en Tiempo mexicano, Carlos Fuentes relata que el paso por las aulas de San Ildefonso de la Facultad de Derecho de la UNAM, no fue una experiencia plena: en primer lugar, su aspiración intelectual distaba mucho de las leyes, y en segundo, esa licenciatura era una especie de puerta falsa para acceder a la “cultura”: “Muchos estábamos allí porque, habiendo declarado en casa nuestra vocación por las letras o la filosofía, recibíamos una respuesta categórica: –Te morirás de hambre. Primero haz una carrera y luego dedícate a lo que quieras. Don Alfonso Reyes, cuando le consulté mis dudas sobre una carrera hacia la cual no sentía la menor inclinación, me contestó: –México es un país muy formalista. El título es el asa que los demás emplean para levantar nuestra tacita.”

Aquello ocurrió en la segunda mitad del siglo XX (Fuentes lo fechó entre 1953 y 1963), pero eso es lo de menos. Lo de más es que la idea del gran autor de Visión de Anáhuac mantiene su vigencia pero con un matiz distinto, pues en el México del pasado, el título no era únicamente el mango con que se levantaba el tazoncito personal sino sinónimo o garantía de esfuerzo, mérito, aptitud. Ingresar a la universidad implicaba, en ese tiempo, prepararse y demostrar que se era digno de un pupitre.

En “mi tiempo”, la evaluación de ingreso a la Máxima Casa de Estudios era presencial. Debíamos acudir totalmente desarmados pues, incluso, quienes lo aplicaban proporcionaban el lápiz número 2 con que se llenaban los reactivos. A muchos nos tocó hacer la prueba para el bachillerato en las gradas del Estadio Azteca, apoyados en una tabla que también repartían los instructores. Estaban prohibidos los cuadernos, las calculadoras. Ni qué decir que los acordeones significaban descalificación en automático, acordeones que hoy, paradójicamente, son válidos hasta para votar.

En el México jurásico, hacer trampa a fin de conseguir un número de cuenta de la UNAM era muy complicado. Y conste que el timo es deporte nacional: en los negocios; en el comercio; en la administración de las arcas públicas; en el futbol; en las promesas de candidatos y partidos; en el conteo de votos. La cultura de la estafa se ha normalizado hasta cuando se pregona el humanismo porque la realidad demuestra que estamos más lejos de la Cartilla moral de don Alfonso Reyes y más cerca del cínico adagio que se atribuye a Gonzalo N. Santos, fundador del PNR: “la moral es un árbol que da moras, o sirve pa’ una chingada”.

Escandaloso, en efecto, resultó el examen de licenciatura que aplicó la UNAM. Había que ser demasiado ingenuo para confiar en la probidad de todos los aspirantes en el tiempo de la internet, las tabletas, los celulares, principalmente en el visor de una computadora que registra al individuo al otro lado de la pantalla y de las múltiples herramientas que provee el mismo ordenador. Ventanas activas, aplicaciones, conexiones remotas. Súmele a esto la responsabilidad de la empresa encargada de la vigilancia y otras anomalías que se han denunciado: cursos sospechosos, “asistencias” vía mensajería, suplantación de identidad.

En el México de hoy, el título ya no es un asa metafórica. Es solo un enfadoso requisito que los bribones necesitan para levantar su pocillo en la encarnizada ruta del arribismo, pues la estafa ya no es inmoral. Si plagiar una tesis para obtener el mentado pergamino o conseguirlo fast track a través de colegios o universidades patito está de moda, ¿qué más da recurrir a los acordeones informáticos o a los soplones ocultos?

La UNAM solo cuenta con una alternativa justa. Repetir el examen de manera presencial es lo único que garantizará un lugar a los aspirantes que obtuvieron por esfuerzo propio el mejor puntaje. De lo contrario, tendremos que darle la razón a Peña Nieto cuando en el Foro Económico Mundial sobre América Latina (2015) dijo que “la corrupción es un asunto de orden a veces cultural”.

AQ / MCB

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